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OPINIÓN

Casa contradictoria

La democracia es la casa de la contradicción, pero hasta ahora, la mejor casa que hemos construido

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Martes, Octubre 26, 2021

Me sorprendió la profundidad, claridad y síntesis con la que Silva-Herzog Márquez resume las principales tradiciones democráticas (La casa de la contradicción, páginas 21-27). Es claro y convincente, en esta síntesis, que nuestras ideas de democracia son complejas y contradictorias.

El recuento empieza con Rousseau, continúa con Bentham, John Stuart Mill, Constant, Weber, Schumpeter y termina con Popper. No es fácil encontrar una descripción tan clara de lo relevante que hay en cada una de estas propuestas ni lo contradictorias que son entre sí.

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De todas, la más popular es también la menos consistente: la de Rousseau. Como en su autor, hay en ella más emotividad que racionalidad.

Rousseau planteaba -dice Silva-Herzog-, una identidad comunitaria; la fusión del individuo en el todo de la sociedad, sin divisiones ni contradicciones. Por eso “es tan hostil al trono como la curul”: no quiere representantes. El pueblo, como unidad, debe tener todo el poder. Un pueblo que supone virtuoso.

Dice el autor de la propuesta roussoniana: “Lo que hay ahí es un dios. Teología democrática que funda un régimen sublime y, al mismo tiempo, aterrador. La sintonía imaginada de todos los ciudadanos en una voluntad exquisita no es más que un permiso de exclusión (si discrepas no eres Pueblo)”.

El problema es que esta “idealización del soberano popular habilita al nuevo déspota”.

La crítica del autor es fuerte. Pero su análisis deja ver el atractivo de la propuesta: un pueblo unido, virtuoso, bueno y sabio, que casi no quiere, o no requiere de representantes e instituciones. Algo atractivo emocionalmente, pero que no resiste el análisis. En ningún lado las cosas han funcionado así, ni parece que puedan funcionar de ese modo.

En el libro no se vincula esta idea con el populismo. Pero creo que la relación es clara. Los movimientos populistas simplifican la complejidad social: consideran que hay un “ellos” y un “nosotros”. El nosotros es el pueblo virtuoso, que tiene derecho a excluir a los que no son pueblo.

Ya habrá oportunidad de comentar el tratamiento de los otros autores. Sus ideas de democracia son tan radicalmente distintas que uno se sorprende que en la misma palabra puedan caber cosas tan diversas. Y contradictorias. Queda claro que la democracia no es una utopía: es la casa de la contradicción. Pero la mejor casa que hasta ahora hemos construido.

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