Deseo capitalista (o sobre los Pandora Papers)

Jueves, Octubre 14, 2021 - 06:51

La investigación no descubrió nada nuevo sobre el comportamiento de los ricos del mundo

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Dos bestias dominan las tierras que habitamos. Una es la política, la otra, la economía. Albergamos dos sueños simétricos respecto a ellas: domarlas finalmente. Una la llamamos mercado libre, la otra, democracia directa. Parece que una cosa no tiene nada que ver con la otra. El mercado libre es el mantra de los neoliberales. La democracia directa, la exigencia de la izquierda. Pero el suelo común es la confianza en que la vida social funcionaría bien sin obstrucciones de ninguna clase. Los anarcocapitalistas dicen: el mercado funcionaría bien sin la obstrucción del mercado. La izquierda dice: la democracia funcionaría bien si no fuese obstruida por los partidos. Lo que unos y otros expulsan es el poder. De facto, el capitalismo ha operado siempre de la mano del Estado. Haríamos mal en fusionar mercado y Estado, arrojaríamos humo a los diversos modos que tienen de interactuar. El Estado no es un órgano homogéneo. Está constituido por luchas de poder que tienden a la monopolización. Pero ahí observamos una “tendencia natural” en el mundo hacia la constitución de un sistema de partidos (la famosa “partidocracia”), usualmente dos (como el “ejemplar” modelo bipartidista de Estados Unidos).

Es ahí donde se hace el llamado a una “democracia verdadera”. Pero se olvida que el problema no es solamente el monopolio realmente existente de los partidos, sino el ejercicio del poder sobre el poder (o del poder sobre los poderes o potencias). La democracia representativa surge de la obviedad de que nadie puede ocuparse de absolutamente toda decisión; no solamente no cuenta con el tiempo, sino tampoco con el conocimiento técnico que muchas veces involucran dichas decisiones. Pero la democracia directa puede esgrimir el incontestable argumento de que una política delegada en otros absolutamente no es política, porque cancela la participación. No existe aquí un maravilloso “punto” entre lo directo y lo mediado, sino complejos y diferenciados usos y abusos del poder. Pero que haya monopolios no significa que ellos duren. Todo el tiempo se espera la noche para saltar al cuello del gigante y degollarlo. Sucede todo el tiempo. Un buen día cae Goliat y le damos a David las armas para sucederlo en sus funciones de terror.

El mercado es evidentemente un campo de lucha: los privados luchan por ganar los clientes y los nichos. Su esencia consiste en competir. Pero no se entienda que ganar significa mejorar. La competencia se hace por todos los medios y el sabotaje es tan válido como la mejora de los propios productos.

Las grandes empresas odian la competencia y la regulación. Su tendencia es también al monopolio. Hace quebrar la competencia, comprarla, arruinarla. Lo que debe maravillarnos es que todo esto constituya un orden, a pesar de todo. Dentro del desorden y la anarquía del mercado hay un orden global bastante predecible. Predecible quiere decir que vemos los mismos comportamientos a escala global, aunque localmente todo sea siempre un albur. Pero si volteamos a ver la teoría de sistemas es fácil encontrar ejemplos donde un “caos” global da origen a un orden global. Smith tuvo el genio de observar esto. Lo llamó ‘mano invisible’ y lo podemos observar en diversos sitios. Desde la ley de los grandes números (por ejemplo, tómese el valor de la altura de 10 personas y no se verá ningún orden, pero conforme aumentan los casos -de manera aleatoria, claro- veremos surgir una distribución normal). En comportamientos complejos, vemos que los agregados pueden presentar nuevos comportamientos en otra escala, que llamamos propiedades emergentes. Pero entonces la pregunta aquí es si y cómo es que los “componentes” de un sistema pueden lograr cambios sobre la estructura global de la cual forman parte.

Que el mercado era el correctivo a los abusos del Estado es una idea que nos fue vendida. Hoy se nos vende que el Estado es el correctivo contra los excesos del mercado; pero en cada caso se asume un lado “bueno” y otro “malo”. El mercado se ha apoyado y siempre se apoyará, aunque no siempre del mismo modo, en el Estado. Y ningún Estado moderno es viable sin asegurar su potencia económica a partir de su injerencia en el mercado. Pero hay un tercer elemento, que se ha llamado la sociedad. Ésta ha servido también como promesa: “ciudadanos y ciudadanas” en contra tanto del mercado, como del Estado. Iniciativas ciudadanas, democracia directa, proyectos locales, se nos ofrecen como el correctivo necesario de los excesos estatales y mercantiles. Pero esa “sociedad civil” está hecha también de intereses de grupo: religiosos, económicos o partidistas. O, dicho con mayor generalidad, no está exenta de la variable “poder”. Ahora, no solamente existe la “sociedad civil organizada”, trátese de organizaciones no gubernamentales, grupos de lobby, movimientos sociales, etc., sino también todas las otras formas de “subjetividad” individual y colectiva, que incluyen la amistad, la familia, la pareja, los grupos de hobbies, etc. Aquí también hay poder. En la cama como en la avenida, en la cámara alta como en Wall Street.

Recientemente salieron los famosos Pandora Papers, que revelaban estrategias de los más ricos para evitar el pago de impuestos. Fundada una empresa en E.E.U.U., ella podía decidir pagar impuestos en otro país, siempre con exigencias fiscales más relajadas. Ponemos poca atención en que mercado y política no se deciden internamente. O mejor, que “el Estado” opera con otros Estados, aliados, enemigos o neutrales. No solamente la Unión Europea. hace pasar decisiones cruciales de cada Estado miembro por Bruselas. Regiones enteras deben actuar políticamente de acuerdo con el Estado hegemónico de la región. México, por ejemplo, no puede tomar decisiones soberanas sin anuencia de Estados Unidos, lo que complica toda relación de la sociedad con el Estado que le sirve de marco legal. Esta condición global involucra lo mismo las sociedades que los Estados que los mercados. No existe “el mercado” como un espacio homogéneo. Éste se diferencia regionalmente, dependiendo de la membresía que se tenga a tal o cual bloque, del tipo de mercancía en juego (electrónicos, gas, mano de obra barata). El orden global es esa extraña resultante de organizaciones, de organizaciones, de organizaciones que ofrece su estabilidad relativa.

¿Los Pandora Papers son en verdad una caja de Pandora? Diagonal al mercado, el Estado y la sociedad, la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿qué actores están en el escenario y cómo opera el poder entre ellos? Eso significa preguntarse qué y cómo desean, es decir lo deseado y cómo se vincula eso con los otros. Significa preguntarnos por lo que produce gozo ese modo de disfrute social. Y significa preguntarse el precio que pagamos por ese disfrute, incluso si es nuestra propia libertad o aun nuestra subjetividad entera.

El ámbito de los fines nos presenta los seres deseantes recíprocamente vinculados, pues nada se desea fuera de lo que los otros desean, lo que es fundamento de la competencia, la guerra y la polémica en general. Pero al mismo tiempo, no se desea en el vacío, sino en un horizonte determinado. Este horizonte es llamado ‘Otro’ por el psicoanálisis o hegemonía (Gramsci) y debe ser entendido como un consenso problemático. Este consenso no significa estar de acuerdo en un tema en específico, sino implícitamente ser aquiescente con un modo de hacerse de las cosas. Puede haber un consenso dentro de la pugna más salvaje en cuanto esa pugna se acepta como necesaria e incluso como un horizonte irrebasable.

No hay nunca un orden carente de contradicciones y agujeros; ellos dan espacio a la (im)prudencia, la interpretación y el talento de las acciones. Los grados de libertad de un sistema son internos (sus estados posibles), pero los agujeros son las zonas grises, los vacíos, las posibilidades interpretativas. Pero hay veces en que ese orden se desvencija y ninguna ambigüedad lo salva. No porque las formaciones de una sociedad estén más allá de sus modelos establecidos, sino porque el conjunto mismo empieza a funcionar con dificultad, es decir, que debe cobrar un precio demasiado alto a sus miembros para seguir funcionado o cuando un sistema comienza a trabajar en conta de sí mismo requiriendo cada vez más violencia, más fuerza y más energía para mantenerse.

La filosofía política entera se decide en este campo que oscila entre: a) la capacidad empírica de maniobra estratégica dentro de los quiebres constitutivos de todo sistema y b) la invención de un sistema nuevo. Siempre parece posible moverse en los resquicios de un orden, pero a la postre, ese orden prohíbe otro orden radicalmente nuevo (no hay ni reforma ni transformación gradual posible). Pero un cambio radical de orden, puesto que no puede producir un ordenamiento total, siempre deja espacio para regresiones (autoritarias en un régimen progresista, por ejemplo) y un fracaso en la implementación de lo prometido. Es así que la violencia puede ser convocada lo mismo por régimen agonizante que se defiende con las uñas que por uno nuevo que lucha desesperadamente por no morir.

El consenso que sostiene a una sociedad es fundamentalmente inconsciente e involucra no solamente las creencias, las aspiraciones y los ideales, sino también estados de ánimo y un fondo difuso sobre el cual se dibuja toda acción. Ese fondo difuso constituye aquellos supuestos no-temáticos: qué creemos de la naturaleza (y que decide qué es una acción propiamente humana), qué creemos acerca de la historia (lejana y reciente, si avanzamos o si nos desmoronamos en la decadencia), qué creemos sobre lo que es posible o imposible. El estado de ánimo es la posición que tomamos respecto a una época en relación con un carácter cultural y de época. El carácter, a su vez, es la posición subjetiva que adoptamos: víctima, agente, indiferencia, vengador. Todo esto debe analizarse en el momento de intervenir políticamente, es decir, en el juego del poder.

El elemento primero del poder es el deseo. El deseo involucra lo que no tenemos, pero que asumimos otro posee, o nos lo puede proveer. Hablamos de aquello que disfrutamos y aquello que creemos nos hará disfrutar, incluso si es solamente el hecho de poder seguir deseando algo. Puede ser el reconocimiento por parte del otro, pero es sobre todo aquella fantasía vaga y última en la cual se dibuja una misión como nuestro destino más propio. La posmodernidad hablaba del fin de los grandes relatos. Pero solamente tocaba los relatos explícitos, discutidos, pronunciados. La mayoría de las historias estructurantes son inconscientes, pedazos de relatos cuasimitológicos más o menos ensamblados que nos empeñamos en cumplir para que el mundo no se disuelva. Peor que el sufrimiento, el dolor y la miseria es el hundimiento del sentido, en el cual somos sujetos. Ahora, las cosas deseadas son el modo objetivo-material donde cristalizan relaciones sociales. La producción de un objeto, más allá de la transformación natural que implica, es un testimonio, prueba y sello de una consumación. La materialidad del mundo ofrece a un sujeto variable y sin sustancia la estabilidad necesaria para durar y transmitirse en el tiempo (historia) y el espacio (geografía). La materialidad del mundo es el modo en que el sujeto puede llegar a los otros. Pero la materialidad solamente tiene sentido para seres corpóreos, que participan a la vez del sentido y la materia, que pueden investir a la primera con lo primero y darle estabilidad al primero por la segunda.

Este entrelazo de la materia y la subjetividad por el cuerpo, los tránsitos entre lo que cada quien persigue y cómo lo hace en un medio intersubjetivo, el marco social que proporciona el terreno de juego, así como sus fallas e inconsistencias, nos dan una medida para el modo en que ejercemos el poder recíprocamente entre nosotros con mira al cumplimiento de fines que forman parte de grandes relatos los cuales, pese a todo, son compartidos y forman un orden social.

Los Pandora Papers no descubrieron nada nuevo sobre el comportamiento de los ricos del mundo y la estructural evasión de impuestos en el capitalismo contemporáneo. Pero al ponerle nombres determinados, apellidos de personas que conocemos, experimentamos el shock de tener que asociar personas que forman parte del culto social con actitudes que consideramos deleznables. Es la banalidad del fraude, la facilidad y naturalidad con la que la concentración de capital, ya obscena en estos casos, busca un incremento todavía mayor, mostrando el imperativo de acumulación que opera en todos los niveles y mostrando que no existe nunca la cantidad suficiente. Y es que en la acumulación lo que cuenta es solamente el diferencial: tener más dinero después de la inversión o tener más dinero que el competidor o perder menos que él.

Lo que debería hacernos pensar esto no es sobre “lo malos que son los ricos”, sino hasta qué punto nosotros quizá hubiéramos obrado igual si hubiéramos tenido la oportunidad. El esclavo es muchas veces esclavo porque está forzado a serlo, pero si accediera al poder necesario gozaría con ser amo, meramente invirtiendo las posiciones. Pese al desprecio que pueda generarnos un gran acumulador de capital, él desprende el glamour del éxito que todos perseguimos por distintos medios. El capital es simbólico y no siempre adopta la forma del dinero. El capitalismo es un modo de ejercicio del poder y no un mero sistema económico. Pese a que lo critiquemos, el verdadero consenso de fondo consiste en que, cuando tenemos la oportunidad, actuamos igual que cualquier magnate, aunque la insignificante escala lo disimule. Da igual si es contra un subalterno, la pareja o el hijo.

El silencioso imperativo del triunfo, la potenciación y el reconocimiento es suficiente como para asegurar la vitalidad del capitalismo, en cuanto que hace de este juego un absoluto, es decir, lo desata y lo libera como la potencia social por excelencia. El truco del capitalismo consiste en que logra que lo odiemos cuando estamos abajo y lo amemos cuando estamos arriba, pero que ahí donde lo odiamos, no hagamos otra cosa que dirigir nuestros esfuerzos a triunfar en él y en sus términos. Su efectividad consiste en poder transformar su rostro desfigurado, es decir, el rostro violento de explotación y miseria, en un rostro radiante que nos seduce, que nos hace vivir, que nos hace producir…desear rabiosamente. No es sólo en el dinero donde se realiza el capitalismo, sino en todo sistema simbólico que nos permita codificar y movilizar el juego del poder.

Es por ello que un movimiento fuera del capitalismo consistiría, fundamentalmente, en un movimiento respecto a lo que deseamos y cómo lo deseamos, nuestros fines y el horizonte donde ellos surgen y perecen, así como la relación que establecemos con nosotros mismos, los otros y lo otro.