¿31 años de democracia en México?

Miércoles, Octubre 13, 2021 - 13:28

En un aniversario más del Instituto Nacional Electoral, vale la pena analizar sus retos y errores

Administrador Público y Politólogo, egresado del Diplomado en Derecho Electoral por el Tribunal Electoral, investigador y estudiante del posgrado en Ciencia Política en la BUAP

El 11 de octubre el Instituto Nacional Electoral celebró 31 años de su creación, por lo que vale la pena recapitular cuáles han sido los alcances, los retos y los errores del órgano electoral en México encargado no sólo de la organización de los comicios, sino del propio fortalecimiento de la democracia.

Desde su diseño constitucional planteado a finales de los años ochenta, y tras una de las elecciones más polémicas en la historia de México, el IFE fue pensado como un órgano autónomo que pudiese organizar las elecciones en un marco de certeza y transparencia, integrado por un Servicio Profesional Electoral, ajeno a las influencias y presiones partidistas. El ideal como en cualquier realidad dista en su práctica; los primeros seis años del Instituto se caracterizaron por la presencia del Secretario de Gobernación, quien por mandato de Ley ostentaba la Presidencia del Consejo General. No es hasta 1996 que se legisla en la materia para “separar” ambas figuras y así poder dotarlo de autonomía plena.

Es en este punto histórico en el que pueden desprenderse una serie de reflexiones sobre el sistema electoral mexicano. El primero es que difícilmente se hubiese podido dar una alternancia en el año 2000 con Vicente Fox, si no se hubiese votado por retirar al titular de Gobernación de la silla del Consejo General. El segundo es que esta ciudadanización del Instituto permitió que figuras no políticas pudiesen participar y dirigir la organización de los comicios, que si bien, hay que apuntarlo, siempre han existido influencias partidistas detrás de los nombramientos de los Consejeros Electorales. Esto marcó un primer paso en el camino de la autonomía institucional.

Ahora bien, los primeros años del reciente Instituto pueden describirse como fructíferos. La elección del año 2000 en el que por primera vez obtuvo el triunfo un partido de oposición por la vía electoral, dibujó el contorno de la democracia mexicana. Esto no quiere decir que se haya completado una transición plena a un modelo democrático, si no que demostró que existían condiciones de competitividad, una consolidación del sistema de partidos, y mecanismos para regular la lucha por el poder sin que esto implicara otra vía que la electoral.

Dentro de la historia del Instituto se puede identificar lo que a mi consideración es el punto de inflexión: la elección del año 2006, en el que la reñida contienda puso en el ojo del huracán la actividad del Instituto e incluso su propia existencia como órgano electoral. La poca regulación de los medios de comunicación masivos, así como la intromisión del Presidente de la República fueron factores que terminaron por crear uno de los mayores momentos de inestabilidad política que ha vivido el país. Sí nos atenemos a lo que el entonces COFIPE establecía, podremos hallar la respuesta que en su momento otorgó el propio Instituto sobre la apertura de la totalidad de los paquetes electorales, y que fue duramente criticada por la opinión pública que reclamaba “Voto por voto, casilla por casilla”, sin duda uno de los slogans que cualquier mexicano recordará. Este conjunto de elementos, como ya mencioné previamente, impactó en la credibilidad del órgano electoral, debilitándolo y resquebrajando los logros hasta entonces obtenidos. Tal vez la solución a tal conflicto yacía en la formulación de leyes que contemplaran los escenarios más competitivos y dificultosos posibles.

Finalmente me detengo a analizar las elecciones del año 2012 y 2018, la primera caracterizada por el regreso del PRI al poder, y la denuncia pública por parte del entonces candidato Andrés Manuel López Obrador por el uso de tarjetas de dinero electrónico, que eran presuntamente utilizadas para la compra masiva de votos. Nuevamente el escenario (aunque en menor medida) volvió a ser desfavorable para el Instituto; la falta de facultades para investigar estos casos, incluso sobrepasaban su ámbito de competencia, algo que la opinión pública no percibía. El año 2018 representó una oportunidad para todos los mexicanos. Por primera ocasión arribó un candidato de izquierda, en una de las elecciones con mayor diferencia porcentual de votos, lo que calmó y tranquilizó a la ciudadanía al no existir el menor elemento para no otorgar la constancia de mayoría a AMLO. Sin embargo, pese a los resultados favorables existentes, también hubo voces que nuevamente cuestionaron el quehacer del INE.

Sin duda se puede concluir que el quehacer del órgano electoral es una de las actividades más delicadas que pueden existir en el Estado mexicano. La organización de las elecciones no solo implica cuestiones meramente técnicas, va más allá; es la propia regulación de la vida política y la lucha por la obtención del poder el que se encuentra en juego, 31 años que han demostrado que, si bien es temerario afirmar que hay una democracia en México, sí existen logros que deben y merecen ser valorados. Tal vez el reto más grande del Instituto es ganar la confianza en la mayoría de la ciudadanía y que ésta se involucre de manera activa; ya los años delimitarán la senda por la cuál transite nuestra incipiente democracia.