El cuerpo, mi cuerpo, está vivo. Pero no todo. Lo vivo no es sino un resultado de un aglomerado que requiere elementos vivos, no-vivos y semi-vivos Mi cuerpo está vivo, pero no sólo él. Está habitado por otros seres. Así que no es un cuerpo viviente por sí sólo, sino un pequeño enjambre de vidas. Pero lo que llamo mi cuerpo, aunque sirva de hogar para otros seres con los que coopera para mantenerse en la vida, no está todo vivo. Los huesecillos del oído se formaron en algún momento del desarrollo embrionario y luego murieron. Llevo algo muerto entre la carne. Y de algún modo, la especificación que sufren mis células madre, indiferenciadas en un inicio, al convertirse en células específicas, renuncian a la potencialidad del inicio. Muere lo posible en favor de lo real y determinado. Igualmente, mi cerebro hiperconectado de niño, irá apagando neuronas para lograr funciones determinadas.
Las células de mi cuerpo no viven en sincronía. O sí, pero de manera global, pues no se rigen por los mismos relojes, los mismos ciclos. Tienen, por ejemplo, diferentes duraciones de vida. Algunas mueren en unos días, otras mueren con nosotros. Así, el cuerpo, que asumo integrado, un acorde perfecto, vive en diferentes velocidades y escalas de tiempo. Su sincronía macro depende de pequeñas y múltiples duraciones. ¿Cuántos relojes dejan sonar su tic-tac en nuestro cuerpo? Ritmos circadianos, ritmos de respiración, ritmos de circulación, de latidos, de producción y reproducción…
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Mi cuerpo tiene huéspedes, tiene partes muertas, tienes partes vivas que siguen sus propios ritmos. Y también posee “seres intermedios”: ni vivos ni muertos. Las células de la sangre, carentes de núcleo y de las funciones básicas que atribuimos a lo vivo, se encuentran como los virus, a medio camino, entre la vida y la muerte. Son bioautómatas sin los cuales no podríamos vivir. El cuerpo posee elementos con diferentes niveles de “vida”, es decir, no todo en él es autopoyético, autoproducción. Lo componen también zombies.
Llevamos lo muerto a cuestas. Células de nuestra piel mueren todos los días. Y eso constituye su superficie. Cargamos también con uñas y cabello, células que van muriendo conforme se alejan del centro de su producción. Pero, también llevamos la muerte por dentro. Las células no solamente mueren por efectos externos, por degeneración, sino que poseen mecanismos de muerte programada o apoptosis. Que la muerte esté prescrita en las células nos confirma la intuición goetheana de que ésta era una invención de la vida para renovarse y existir más allá de los individuos. La melancolía de la célula consiste en que su sentencia de muerte está firmada desde el inicio. De aquí que sea tan peligroso saltar de las metáforas biológicas a las metáforas políticas; demasiado rápido se quiere decir que todos somos células del gran organismo estatal y que nuestra muerte es requerida para que el todo pueda vivir. Pero no existe el todo social. No hace organismo. Lo que no quiere decir que no se constituya en sistema, compuesto por elementos tan heterogéneos como el cuerpo. Mi código genético no es un mero sistema de codificación. En él existen genes de otras generaciones que me antecedieron como especie, especie de documento y monumento de la historia natural. Algunos han sido refuncionalizados, otros actúan como antes, otros son vestigios. Y hay también ahí trozos de ADN de virus que han logrado inscribir parte de su código en el nuestro.
El cuerpo no solamente funciona a través de diferentes sistemas y subsistemas, aparatos y estructuras. También experimenta pedazos de muerte al prenderse y apagarse. Desde el desarrollo embrionario los genes se encienden y se apagan. No hay actividad sin restricción, sin inhibición, sin botones de apagado. El sistema inmunológico, más cercano a un consejo que decide a quién dejar pasar y a quién no que a un bruto sistema de defensa que combatiría lo “extraño” sin ningún criterio, puede matar al cuerpo. La inflamación, respuesta a infecciones, pero también a otros estresores (e incluso al cuerpo mismo, en enfermedades autoinmunes), puede destruir al cuerpo si se desborda, como en la tormenta de citoquinas que conocemos popularmente por algunos casos de COVID-19.
Mi código genético, lo hemos dicho, no es un mero conjunto de instrucciones para construir un ser, sino un programa activo. Los elementos del programa interactúan entre sí e interactúan con el medio ambiente. Escritura y experiencia se entrelazan como dos enredaderas. El ambiente prende y apaga genes, crea entornos de tales o cuales sustancias que afectan la expresión de alguna proteína. A ello, hay que agregar que una cosa es tener mano y otra, cómo se use. Así, además de la escritura en juego que proviene del código y de las cambiantes circunstancias del ambiente, que determinan la relación entre genotipo y fenotipo, hay que agregar lo que aprendemos, tal que ese fenotipo sea utilizado de esta u otra manera.
Yo digo que tengo un cuerpo. No es verdad, porque no puedo desprenderme de él, como de las otras cosas que poseo. Yo soy mi cuerpo. Pero si fuera mi cuerpo, la más mínima mutilación significaría una pérdida de ser. Lo cual no ocurre. Existe el viejo problema de cuánto hay que cortar de un cuerpo para que deje de ser este cuerpo y un cuerpo en general. Es asunto de umbrales, no hay solución directa. Soy-soy-mi-cuerpo-y-también-lo-tengo. Puedo usar mi cuerpo de tal o cual manera porque lo tengo, pero él es, también el punto cero de todo sentir, de todo determinar las cosas en el tiempo y el espacio. Me puedo desprender de mi cuerpo como cuando me desprendo de un dolor a dejar de atenderlo o cuando respiro profundamente. Mi cuerpo también siente con las palabras.
Muy rápidamente queremos trazar la frontera entre lo vegetativo en nosotros, esa vida automática, ciega y anónima y la vida consciente. Pero una se apoya en la otra. Tomemos la respiración, el objeto de meditación por excelencia y elemento clave de muchas prácticas corporales de oriente: yoga, taichi, artes marciales. La respiración es autónoma. No se aprende. No podemos correr el riesgo de olvidar respirar. Y, sin embargo, podemos llevar la atención a ella y controlarla. Se vuelve plenamente voluntaria. A condición de que estemos sentados, tranquilos y que el cuerpo no demande más oxígeno y la acelere automáticamente. Mucho de nuestro cuerpo es así, capaz de pasar del automatismo a lo voluntario y viceversa. Hay un sistema que articula la percepción con la atención y la conciencia. Pero sabemos que nunca percibimos cosas puramente actuales. Cuando nos levantamos, no miramos el cuarto en el que pasamos la noche, lo conocemos vagamente, pero sabemos más o menos dónde está cada cosa, cada rincón. Si ponemos atención descubriremos cosas quizá inusuales. A veces notamos un libro sobre la mesa de noche, que lleva dos años arrumbado, y que se había fundido con el fondo de la habitación. Tampoco podemos mirarlo todo de golpe, sino que tenemos un punto focal que llamamos atención en el cual las cosas aparecen con claridad y distinción, aunque siempre sobre un fondo borroso e indeterminado, pero que hace un horizonte. También tenemos un punto focal temporal, que los psicólogos llaman memoria a corto plazo o de trabajo, es lo que cargamos en el instante, el ensanchamiento del tiempo que nos permite hablar de un ahora, como en espacio hablamos de un aquí.
Este cuerpo mío está vivo. Debemos mucho a Merleau-Ponty en reflexiones al respecto. Está vivo no solamente porque funciona, sino porque siente. Siente cosas y se siente a sí mismo al tocar el mundo. El mundo tiene sentido para él porque significa alimento, calor, techo, o, al contrario, cosas de las que hay que huir, como la lluvia o el depredador. Hacia “adentro” sentimos hambre, sentimos sueño, recibimos señales de todo tipo de nuestro cuerpo. Sentimos. Pero no todo el tiempo. La sensibilidad es intermitente. No porque súbitamente dejemos de sentir, como si se apagaran todos los receptores, sino porque a veces la atención se fuga de los sentidos y todo sucede como si estuviéramos ausentes. O a veces es tan sólo la habituación, por la que el cerebro quita relevancia a lo conocido a un estímulo constante. La vida que llamamos sensible oscila con la atención. Ningún dolor existe sin fluctuar. Durante el sueño no dejamos de sentir, pero este sentir ya no penetra en la conciencia, que ha ido a sumergirse en sus alucinaciones. Pero un dolor nos puede despertar, prueba de que el cuerpo no ha dejado de sentir. A veces incluso traducimos las sensaciones en la narrativa de nuestro sueño, como cuando soñamos la urgencia de ir al baño hasta que nos despertamos precisamente por ello.
Solemos separar la sensibilidad, porque es pasiva del entendimiento, que es activo. Supuestamente. Pero solamente sentimos porque hay movimiento y variación en general. Sea que se mueva la cosa o nosotros. Incluso ahí donde miramos fijamente una naturaleza muerta, nuestra atención pasa por los bordes de las cosas, por las diferencias entre ellas, por los matices, por todo aquello que llamamos saliencias. Por las saliencias distinguimos una cosa de otra, una región de otra, el fondo de la figura. Y no solamente distinguimos en el espacio, también las saliencias nos permiten distinguir entre un momento y otro, entre la inminencia y lo crónico (como ese dolor que ya nunca desaparece y solamente atendemos cuando desborda sus niveles usuales). Sentimos activamente. Buscamos recorrer tal superficie, una piel. Disfrutamos del transcurso del café desde los labios hasta la lengua y luego la garganta. Incluso decidimos sobre la comida al pasarla de un lado u otro de la boca donde nuestros dientes son mejores o donde sentimos más el saber. Y, obvio, está el cerebro, que constituye el objeto percibido a partir de eventos anteriores, a partir de anticipaciones y tendencias como las que describe la Gestalt.
Éste, mi cuerpo, es también parlante. No es que haya cuerpo, por un lado, y lenguaje, por el otro. Como si el cuerpo fuese barro inerte (materia prima) a la espera del hálito divino, que es el lenguaje, el logos, la forma. Hilemorfismo: la forma viene de afuera y se impone sobre una materia neutra. Tampoco es que el cuerpo “orgánico” esté ahí, ya hecho, autónomo, sin contaminación del sentido, de relaciones básicas de significación, capaz de operar tanto en el continuum del mundo perceptual, como en el mundo discreto del sí y el no. Ya solamente la presencia y la ausencia de la madre anuncia la formación y la negación del lenguaje. Es un prejuicio muy viejo pensar que la naturaleza es el mundo de la necesidad y la presencia, donde no falta nada, es decir, el mundo mecánico por excelencia. El “espíritu” sería la ausencia, algo que no existe en el mundo objetivo o natural, pero que extrañamente lo interioriza, la refleja y lo modifica por el pensamiento y el lenguaje. El espíritu solamente sería algo para sí mismo o para otro espíritu, mientras que el mundo de las “cosas” se convertiría en lo nulo para él, una colección neutral a la espera de que el santo sentido lo “descubra”.
Este no-ser del espíritu y el ser mecánico de la naturaleza, o esta división entre lo presente y lo ausente (se dice que el sujeto es una nada, un espectro, un eterno dolor por su falta de ser, anhelo de realidad) no solamente hace inexplicable cómo se “comunican” cuerpo y espíritu, sino que idealiza la mente y trivializa la naturaleza. Los trata como dos regiones homogéneas. Pero la naturaleza conoce la ausencia, no se agota en un momento presente, como en la imagen de Laplace. La tendencia, la memoria, el reflejo, están en diferentes modos en la naturaleza, hasta llegar al comportamiento teleológico (orientarse por fines, es decir, lo que no existe actualmente) y a la relación intencional (pesar, recordar, percibir algo que no se agota en la cosa “real”, sino que se despliega como presentación para alguien). Es así que el animal, y no solamente el humano, posee mundo, comprende, interpreta, juzga a su modo.
Y el mundo humano -como lo hicieron notar los estructuralistas- está lleno de automatismos, de comportamientos inconscientes, de una terquedad casi natural. Tanto así que la llamamos segunda naturaleza. Pero no es segunda, ni tercera, ni cuarta, sino algún número mucho más avanzado, pues la naturaleza no es un bloque homogéneo. Lo atómico, lo cósmico, lo físico, pues, existe junto a lo físico-químico, lo químico-biológico, lo biológico-inteligente, lo inteligente-parlante. La naturaleza tiene niveles, modos, etapas. Hablar de ella en conjunto como si no tuviera estructura, ni evolución, ni acabara en la inteligencia como producto suyo, es una trivialización.
El cuerpo se expresa y luego habla. Pero no deja de expresarse y los mecanismos semióticos, en vez de ser reemplazados por uno sólo, más bien se complica, se enredan, se potencian. No es un pedazo de carne al que un día le pongan el hierro candente del lenguaje. No se entiende cómo podría un bistec aprender a hablar, sin que él mismo no estuviera ya diferenciado y articulado, si no hubiese una forma primitiva de semiosis, si no hubiera una protológica, una protosignificación, etc. Que haya saltos cualitativos del icono al signo no es contraargumento. Cualquier que haya tenido la paciencia de observar el surgimiento del lenguaje en un niño verá que éste no viene de golpe. Se va entrelazando con el cuerpo y las experiencias. El niño juega, hace hipótesis, hace generalizaciones, deforma las palabras para probar sus efectos, lanza interjecciones, luego mandatos. A veces son miradas, a veces palabras, a veces señas, todas ellas altamente efectivas para el mundo intersubjetivo. El lenguaje tarda tiempo en aprenderse y no se fija sin que la singularidad de la experiencia lo tiña. Por ello, desde temprano, el infante disfruta decir tales palabras por encima de otras, le gusta producir efectos sobre los otros, los prueba, a las palabras y a los otros. A veces escucha, a veces quiere ser escuchado, como mira y desea ser mirado… o no.
Occidente ha resumido todas las oposiciones clásicas: sensible-inteligible, mente-cuerpo, naturaleza-cultura, etc. a una sola: sujeto-objeto. Pero con ello ha hecho del guión una frontera, un hiato, cuando no trata de absorber uno en otro. Pero no hay una sola relación. El sujeto es objeto y sujeto para sí, sujeto y objeto para otros, sujeto para y por otros sujetos, cosa entre las cosas del mundo, pero no cualquier cosa, pues ya las “cosas” naturales son muy diferentes (piedras, plantas, animales, animales simples, mamíferos, primates). Hay una relación con lo ausente en el objeto llamado naturaleza y materialidad en sujeto. Las fronteras se complican y se multiplican: sujeto y objeto, dos idealizaciones, son a veces distintas, a veces opuestas, a veces indiscernibles. La frontera varía. Pero también habría que dividir el interior de esos espacios, es decir, hacer surgir la naturaleza como multiplicidad de estratos o niveles, escalas, tipos de organización, etc. No hay “naturaleza” en general. Pues, por un lado, todo lo es. Y por el otro, en tanto nosotros hablamos de ella, más bien todo debería ser lenguaje. Pero son otra vez, dos extremos imposibles.
Hemos hablado del cuerpo y la dificultad por pensarlo como individuo simple. Es individuo, pero no en todas las escalas. Es individuo cuando existe frente a otros individuos, con los que interactúa y con los que se reconoce y desconoce. Es individuo, pero no porque sea algo simple e indivisible, como la etimología lo sugiere, pues él es un grupo de vivientes y de seres variados. Es individuo, pero no porque su piel sea su frontera última. El organismo es intercambio con otros seres y con su medio circundante, su respiración se extiende más allá de la piel y los genes propios se riegan por la especie. Ese medio, mundo y entorno soporta la individualidad, permite existir, durar, mantener su forma. Es individuo, pero no desde siempre, sino que llega a serlo y puede deshacerse.
El individuo llega a ser. Desde “dentro” como desarrollo. Desde fuera como separación relativa de un fondo continuo. Pero existe siempre en el riesgo de su desintegración (pues no es simple) o de su absorción (en lo común). Yo pienso. Pero no solamente “dentro”, con la cabeza. Pienso con el cuerpo. Las cuestiones abstractas más básicas se aprenden con el movimiento. Hay un aparato sensorio-motriz que sirve de base de toda comprensión abstracta. Pero no todo es interiorización, apropiación. Llego a ser lo que soy en un entorno y con otros. Lo que llamo mi pensamiento no son aquellas capacidades y hábitos “impresos” en mí, sino su ejercicio. Mis hábitos operan en un entorno y no en cualquiera. Cámbiese el medio y mi pensamiento se volverá torpe. Tampoco pienso en soledad. Pienso lo que digo al escucharme y pienso lo que otros piensan diciéndolo. Mi cognición es lo que cosecho de un tránsito de palabras, pensamientos y movimientos que pasan a través de los otros y las otras cosas (su orden, secuencial o estructural). Soy, hacia dentro, una mixtura de todo lo que he escrito en mí. Estoy dividido, pero también interconectado de diversos modos. Y soy hacia afuera, un punto de retorno que pasa por la mixtura de cosas y personas, y diferentes órdenes percibidos, pensados, articulados en palabras. Un individuo, sea cosa, persona, grupo, sistema, es algo limitado que se destaca de un fondo y desde ahí insiste, persiste, resiste. Pero es también lo que es “hacia afuera” por lo que puede hacer con todos sus otros (otras cosas, otras personas). Las restricciones del medio y de los otros son, en ello, posibilitantes: condiciones de posibilidad.
Soy mixtura o la mixtura, produce alguien, que es mixtura, pero que, con todo, llega a ser individuo, sin la cual no habría independencia ni grados de libertad. No habría combinatorias, pues todo formaría parte de un gran continuum que no tolera la asincronía. Debe haber separación para que exista la experimentación, la variación, la multitud de combinaciones. Si al cambiar una palabra de contexto fuese otra absolutamente, no habría variación de sentido, sino un magma oscilante. Si las cosas estuviesen pegadas a su contexto no podrían ser usadas de otro modo. Si no hubiese un individuo que puede cambiar de lugar sin desintegrarse no habría perspectiva. Individuo es lo que puede tratar y se tratado de manera diferencial, sustraído de un destino común inmediato, indiferenciado. Pero si todo estuviese separado, entonces toda relación sería exterior, superficial, casi aparente. Apenas comenzamos a pensar las mixturas.