Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Metafísica

La tarea de la metafísica puede ser vista como una búsqueda de certeza o como la suposición última

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Miércoles, Septiembre 22, 2021

¿Qué hay detrás de todo? ¿Qué hay en última instancia? ¿Hay un fundamento para la significación? ¿Hay una totalidad que abarque todos los sentidos en que usamos la palabra “ser”? Este tipo de preguntas, que podríamos llamar últimas, son el asidero de la metafísica. La metafísica puede ser vista como una búsqueda de certeza, empresa que no disimula su bancarrota. O bien, puede ser vista como la suposición última sin la cual todo lo que consideramos objeto de nuestro saber, nuestro interés o nuestro deseo, se revelaría como imposible. ¿Qué debo suponer para que esto que reconozco como mi mundo sea posible?

En la llamada metafísica clásica se han propuesto diferentes “lugares” o asientos del mundo, específicamente tres: Dios, el alma y el mundo. Esa época que llamamos modernidad se puede distinguir por la transformación de estas tres instancias, que recibirán tres nuevos nombres: absoluto, subjetividad y naturaleza. ¿Es el asiento último de las cosas la naturaleza? ¿Es la subjetividad con su pensamiento y su lenguaje, con su mundo de sentido y experiencia? ¿O es un absoluto que entrelaza ser y pensar, un espacio omniabarcante? Todos estos lugares están vacíos. No porque no haya nada, sino porque no hay nada sustancial. No operan como última instancia. No hay nada que podamos decir de la naturaleza al margen de un marco interpretativo, y por tanto, subjetivo. Esta es la posición trascendental. Pero tampoco podemos hablar de una subjetividad descarnada, fuera de toda singularización corporal y natural. Esta es la posición de la filosofía de la naturaleza.

Más artículos del autor

Nos queda el “absoluto”, concepto que nosotros, los tardomodernos, consideramos una aberración, un producto de la hybris humana. Y, sin embargo, el absoluto metafísico no es el sueño de unificación fraguado por una razón delirante. Es, repito, la incógnita respecto a las suposiciones últimas para dar razón de eso que para nosotros constituye lo inmediato. Dar razón significa simplemente dejar ver los diferentes “espacios” o “universos” donde habitan las cosas, esas regiones donde existe cierto tipo de objetos y relaciones o interconexiones entre ellos. Entendamos por objetos individuos o regiones localizables y que se distinguen de su entorno y que pueden establecer relaciones con otros individuos, trátese de sujetos o de objetos o de máquinas.

“Dar razón” es una expresión que se presta a confusiones. Parece que un sujeto impone su razón en el mundo o que, por el contrario, simplemente presta sus palabras para que el universo hable a través de él, como un mero médium. Pero si prestamos palabra, no es con inocencia, fuera de los intereses que nos mueven. Por ello, ese prestar palabra no puede sino moverse en un umbral. Digámoslo más claramente. Hablamos entre dos grandes tentaciones: hacer de las cosas instrumento de nuestra voluntad o hacernos nosotros elemento de un mundo anónimo e indiferente. No hay aquí un tercero que sintetice los extremos y nos dé la clave de su “síntesis”. Tampoco hay término medio. ¿Cómo mediríamos ese espacio como para poder encontrar la mitad? Es un asunto de umbrales y, por tanto, de discernimiento de umbrales. El discernimiento es aquí un asunto tanto cognitivo-conceptual, como volitivo-valorativo. Es decir, así como debemos constantemente discernir ese umbral entre la pasividad y la actividad respecto a la experiencia del mundo, también debemos discernir entre lo cognitivo y lo volitivo. Evitemos, con todo, pensar que tratamos con opuestos, colocados en los extremos de una línea, como lo positivo y lo negativo de un imán. No son puntos sino espacios en sí mismos. Es decir: lo “psíquico” y lo “corpóreo” no son ni dos puntos separados del espacio (dualismo) ni los términos simétricos de una oposición lógica (contraposición por la negación) ni los extremos de un continuum. Son dos espacios (es decir, con estructura) entrelazados. El enigma es siempre el nexo del mundo. No el nexo de las cosas para constituir un mundo, sino el nexo de los “espacios” o “universos” donde habitan cosas y relaciones. No la unidad del mundo, sino su conectividad, incluidos esas caprichosas topologías que se atraviesan a sí mismas o que no poseen orientación (como la banda de Möbius o la botella de Klein). Y eso implica, también, no satisfacerse con ninguna filosofía, sino siempre moverse entre ellas (incluida esta misma). Igualmente, no seleccionamos un ámbito privilegiado, sino que con mil ojos miramos en todas direcciones la riqueza del mundo y la perseguimos hasta lo invisible, pero no lo incomprensible.

Dar razón es entregarla y otorgarla, usarla al mismo tiempo que se depone. Estas expresiones dudosas, paradójicas o absurdas no son meras construcciones que resultan del ingenio o de la revoltura intelectual, sino de llevar las cosas hasta el límite. Es una pasión de nuestra especie el querer y también el no poder conformarse con lo inmediato. Cuando vemos una línea que se aproxima a otra lentamente, una asíntota, nos preguntamos si ellas se tocarán en el infinito. Esa es la aportación del cálculo, prolongar las líneas hasta el infinito, pero no para sondear lo indeterminado, sino todo lo contrario, para obtener resultados concretos. Los griegos consideraban una suma infinita algo imposible: 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16 + 1/32 no podría dar un resultado concreto. El cálculo nos dice = 1. Se llama una serie convergente. El pensamiento no es distinto. Novalis decía por el pensamiento, no solamente en matemáticas, saltamos al límite para darnos un valor determinado. Los conceptos más insólitos son siempre “bordes” (inicios, prolongaciones, retrotracciones): nada (y sus parientes: el vacío, el cero o el conjunto vacío), algo (desde el diferencial, que está entre algo y nada, hasta la idea de elemento, que puede ser contado), infinito (extensivo, intensivo y, tras Cantor, con todas sus cardinalidades). Operamos con el infinito no para pensar lo que nos desborda, sino también para pensar y actuar concretamente. Kant reconocía que las ideas de vida eterna o de Dios no eran meras muletas para almas desfallecientes o atemorizadas ante la muerte, sino conceptos límite, conceptos llevados al límite o incluso el límite de lo conceptual, con consecuencias prácticas. Y no porque fuesen ideas meramente útiles, sino que ellas se escondían en los juicios más banales como suposiciones últimas de carácter inconsciente.

Hacer metafísica significa pensar el límite, en el límite e ir hasta los límites de lo pensable. Pero a ello debemos agregar algo singular de nuestra época, nuestro modo de pensar. Para nosotros lo que domina es la multiplicidad. Multiplicidad de interpretaciones, multiplicidad de puntos de vista, multiplicidad de marcos conceptuales, culturales, lingüísticos, etc. Y, sin embargo, no podríamos dar testimonio de esa pluralidad si no estuviera interconectada, si no pudiéramos nosotros tener la experiencia del cambio de mirada, del cambio de principios, del cambio de marcos para juzgar. Se multiplican las caras de los objetos, pero no se pierde su conjunto. Multiplicamos también las miradas, como una bestia de mil ojos, pero ellas se entrelazan, se solicitan, se implican, se insinúan. Ese tránsito y los obstáculos que encontramos lo continuamos a lo largo de todos los espacios, hasta el límite. Sólo que aquí límite no significa llevar las líneas hasta el punto de su intersección con otra en el infinito. Significa, más bien, pensar la complicada topología que entrelaza los espacios (con sus temporalidades propias). En nuestras vidas lo podemos ver fácilmente. El juego que jugamos en la familia, en la oficina, en la escuela, en el espacio público, en el mercado, tiene diferentes reglas, diferentes actores, diferentes grados de libertad. Pero sabemos muy bien que jugamos esos juegos simultáneamente o que pasamos de un tablero a otro: como si jugáramos damas, ajedrez y go. Varios tableros a la vez. Pues bien, el enigma del nexo del mundo consiste en saber cómo se entrelazan esos tableros, qué casillas se comparten, dónde se influencia recíprocamente, dónde son indiferentes o paralelos. No hay una sola relación que rija la conexión o desconexión de nuestros espacios.

Si vamos suficientemente lejos, haciendo metafísica, nos preguntaremos por la suposición última, que es la diferenciada y compleja conexidad de todos los espacios. Esto es vago, indeterminado, una idea nubosa. Funciona bien en ejemplos cotidianos, como los roles sociales. Y funciona bien en términos muy abstractos, como en la matemática. La teoría de categorías, por ejemplo, no trata de otra cosa sino de cómo se constituyen universos matemáticos (el álgebra, el análisis, la topología…) hechos de objetos y relaciones, y cómo se pueden traducir dichos universos entre sí. Metafísicamente es otro asunto, pues tratamos con un ámbito de suposiciones últimas, y se reclama un trabajo laborioso que recorra dichos universos y nos muestre los tránsitos y obstrucciones entre ellos. No podemos recorrer todos los niveles, todos los estratos, todos los modos, pero sí nos detenemos en esos conceptos en cuanto genéricos: el nivel, el estrato, el modo, y las interconexiones en tanto y en cuanto aquello que encontramos en el mundo (o que producimos) nos lo señala. No es filosofía primera, sino diagonal.

La metafísica siempre se recapitula a sí misma en alguna gran oposición. La más moderna de ellas es: sujeto-objeto. Pero la pregunta es cómo interpreta, cómo despliega, cómo articula esos términos problemáticos, que vuelven una y otra vez. La metafísica se pregunta hoy por la naturaleza compleja de los términos de sus oposiciones. Dejan de ser puntos (como la verdad y la falsedad) o elementos de una oposición (un término como negación del otro) y se vuelven territorios, con su estructura interna. Es así que la diferencia entre los términos, que parecía tan simple, se complica, varía a lo largo del espacio y del tiempo. Los espacios se entrelazan, se alejan, se funden, fundan o se desfondan, etc. Quizá uno de los conceptos centrales de la topología de la diferencia sea el de quiasmo, que le debemos a Merleau-Ponty. Nosotros, humanos, comprendemos la naturaleza. Todo lo que digamos de ella depende de nuestra cognición, nuestros conceptos y palabras. Y, sin embargo, ese pensamiento no solamente está encarnado, sino que es producido por la naturaleza y es naturaleza. Naturaleza y cultura pierden su oposición, pero no su diferencia; uno deviene el otro, pero sin dialéctica. No es la única figura que enlaza naturaleza y cultura, pues desde otro foco de atención, no son dos cosas distintas. En cada región la diferencia de nuestras oposiciones puede variar.

Nosotros no producimos el nexo del mundo por el pensamiento. Pero tampoco lo encontramos ya hecho, terminado. Nos movemos en el umbral, entre espacios, en los bordes y los límites. Pero como no es posible decidir a priori, sin mirar el asunto y la situación, dónde colocarnos entre los diferentes polos de espacios multipolares, entonces, no nos queda más que la prudencia, lo que significa, a la vez, razonar y escuchar. Estamos en la difícil situación en la que fuera de una región con una forma desconocida, nos confrontamos con riesgos y tentaciones. De manera simplificada estamos siempre tensados por dos fuerzas: la potencia de intervención que nos entrega a la producción de cosas, de obras, de proyectos, de discursos y épocas; y la potencia de lo otro. Nuestra fuerza propia, claro está, por su cualidad material y efectiva, se independiza todo el tiempo de nuestra voluntad para volver como lo ajeno. La tecnología, hecha para beneficio humano, enajena, agota los recursos naturales y arruina las condiciones de reproducción de la vida. Lo mismo la naturaleza: a veces es ese delicado equilibrio que nos sostiene, a veces, la potencia ciega que crea paisajes y seres sobre la base de la destrucción y la catástrofe. El mundo ya está ahí, antes de producirlo, pero no del todo. Nunca se termina de producir. Y también, no produce nada sin reutilizar lo que la misma naturaleza ya había puesto ahí antes.

La pregunta por las suposiciones últimas no puede conducir a un proceso único, sea natural o histórico, sino a los nexos que une la historia natural con la historia cultural y a las obstrucciones que las separan. Tampoco puede conducir a una última instancia, a un suelo o a un “espacio”. No nos conciernen por tanto las cosas “primeras”, como si estuviesen escritas antes en sentido temporal u ontológico de lo que sucede real y efectivamente, ni tampoco las cosas últimas. Estamos siempre en medio. Las cosas están aquí o allá, es cierto, pero no solamente tenemos una multitud de cosas y perspectivas de las cosas, sino universos de cosas, que no constituyen una totalidad, capaz de ser abarcada con un puñado de principios. El “uno” que suponemos está dividido, distribuido, estratificado, modalmente diferenciado y, con todo, entrelazado. Es así que la suposición última de nuestra época no es un gran espacio, ni su mera multiplicación indiferente, sino un complejo y cambiante entrelazo. El nexo como pregunta última. Entre una cosa y otra. Entre tú y yo. Entre nosotros y ellos, y ello. Entre lo cultural y lo natural. Y repito, nexo en plural, porque ni la naturaleza ni la cultura, ni ninguno de los términos que aquí mencionamos de pasada son espacios cerrados, completos, con una frontera única que defina sus vecindades con todo lo otro.

De aquí se sigue no solamente la pregunta por esta suposición última de nexos no-simples entre regiones de lo existente, es decir, sus entrelazos, sus estructuras, sus interpenetraciones, sus separaciones relativas, etc., sino también una ética. Es la ética del umbral. Preguntarse siempre por la proximidad respecto a la fantasía de una potencia o de una pasividad absolutas. Preguntarse por dónde nos colocamos respecto a los imposibles de lo mismo y lo otro, la inmanencia y la trascendencia. Un ejemplo: ¿cómo nos colocamos frente a la naturaleza? ¿La tomamos como mero recurso a disposición de nuestros fines? ¿La divinizamos en un intento desesperado por salvarnos de nosotros mismos? Ese punto difícil o, si hablamos de espacios, esa región donde contrabalanceamos todos los peligros, donde evitamos todas las salidas simples, donde complicamos todas las divisiones triviales del mundo en géneros, estratos o regiones, tal es la tarea modesta y a la vez desproporcionada de la metafísica. 

Vistas: 682
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs