Como punto de partida de este texto, declaro que lo escribo haciendo mía la postura de Boaventura de Sousa, al pronunciarse a favor de orientar nuestros esfuerzos a partir de lo que denomina utopías realistas; el poner la vista en horizontes que se alejan conforme nos aproximamos a ellos, constituyendo más un sentido de vida, que un punto de llegada, o algo irrealizable. Aquí la esperanza en movimiento, con impacto transformador de aquellas realidades que le dan contexto.
La postura de Boaventura se alinea perfectamente con la propuesta freiriana de transformación consciente de la realidad -Praxis-. Ante el espectro de realidades que nos cuestionan y resultan insatisfactorias, la pretensión de transformación resulta valiosa y atractiva por sí misma, sin embargo, debemos reconocer que, para intentarlo siquiera, primero debemos conocer en profundidad, aquello que pretendemos transformar. No se puede actuar sobre una realidad que se desconoce, y para conocer, hay que investigar.
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El sistema educativo mexicano, lo mismo que cada esfera de nuestra realidad contemporánea, se ha visto impactada por la contingencia sanitaria provocada por el Covid-19. En estos diecisiete meses que ha durado esta situación, se ha evidenciado la necesidad de contar con el conocimiento necesario para intentar enfrentar las nuevas condiciones en las que se realizan los procesos educativos, sin embargo, más allá de esfuerzos aislados, no existe una entidad capaz de hacerlo de manera sistemática, articulada y profunda.
La emergencia sanitaria representa una magnífica oportunidad de análisis de coyuntura, que podría generar aquella información capaz de establecer las bases de una nueva forma de concebir y realizar la educación, a partir de las realidades inciertas que dan marco social; pero también, representa el momento de reflexión sobre la propia estructura sobre la que ha estado montada la educación en nuestro país. El conocimiento de coyuntura representa pues, la oportunidad de impactar esa estructura de sistema educativo nacional, fincado en las postrimerías revolucionarias y que hoy, francamente resulta anacrónico; la propia Secretaría de Educación Pública con sus cien años, es muestra viva de ese paradigma.
La investigación educativa colocada como plataforma de la innovación, posibilita no solo refrescar las prácticas docentes, haciéndolas más pertinentes y efectivas, sino que extiende su alcance a los vuelos de una nueva concepción de Ser Humano, de Sociedad y de Educación, capaz de dar cabida a todos los saberes e integrarlos de manera complementaria.
La utopía se dirige a encontrar una entidad orientada a la generación permanente de conocimiento sobre el campo educativo, como natural componente de una totalidad compleja. Una entidad, que se nutra de la participación especializada de instituciones educativas, de los esfuerzos e interés de organizaciones sociales con vocación en el campo educativo, de los saberes contextualizados de los profesores y figuras educativas en su carácter de actores directos, de la perspectiva y necesidad particular de padres de familia, así como de la experiencia y requerimientos de aquellos que colocamos como los destinatarios finales, los estudiantes.
La Secretaría de Educación del gobierno del estado de Puebla sería el agente aglutinador lógico de este esfuerzo; abriendo la posibilidad de una tercera dimensión de generación de conocimiento, que implicaría directamente a su estructura y funcionamiento, como objeto de estudio y de transformación.
Califico de realista a esta utopía, dadas las condiciones del espectro social con el que se cuenta en Puebla, sin embargo, acepto que enfrenta dos obstáculos a vencer: 1. El nulo interés mostrado hasta ahora, por la investigación educativa como generadora de conocimiento; y 2. La prácticamente inexistente experiencia de diálogo y trabajo en colectivo, por parte de la dependencia responsable de garantizar el ejercicio del derecho a la educación en nuestro estado.