Hacía falta una calle sola,
hacía falta el cigarro solo en el cenicero,
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hacía falta que el sol saliera en otra parte.
Cumplimos años que siempre nos pasan más rápido, pero nos mueven más lento, creciendo y siendo en los mismos lugares, sabemos las calles, los peligros y las rutinas de rutina, los infiernos son presupuestados y los cielos que quedan para sonreír sin ruido de caos los compartimos con otros que huyen al mismo sitio, para coincidir algunos días hasta morir, pero jamás en palabras mientras respiramos.
Hay canciones que siempre van a recordar una mesa, en un restaurante con alguien que ya no está, y de momentos así es que vamos llenando un vagón que toma traumas como estaciones y dichas como borracheras de whisky sin cruda.
Los dolores del mundo solo son del mundo, pocos han sufrido con él realmente, aunque muchos gritan como si lo entendieran, rezamos los fines de semana poniendo en el relleno de lo que decimos a todos, pero enfatizando con fe sólo en los que nos importan, estudiamos porque el cerebro es capaz y cambiamos la ropa cuando tenemos que aparentar la dignidad.
Hay silencios tenues en los semáforos con rojo y por ahí a alguien que aún ama escuchar se le ocurrió poner en la radio a Dylan o algo de Sabina, ella coqueteó desde la banqueta, pero un verde con una manada de idiotas atrás nos obligó a seguir con la misma vida. Y así de cotidiano es ir muriendo en una sociedad que hoy pelea por la asexualidad en las letras de las palabras, pero clasifica a las generaciones en sirve y no sirve; en el manual de respeto esta amar a los animales, la naturaleza y la diversidad de lo que sea, solo para no provocarle al estómago más ácido del que de por si le espera en casa.
Antes nos mataban las guerras, ahora lo hacen los virus, ahora morimos por exceso de azúcar y no por hambre, los anhelos de la humanidad hablan de vivir más pero los humanos ignorantes solo quieren vivir bien y al amor lo buscamos cómodo y a la mano, aunque nunca se sienta como debe.
Somos esta evolución de millones de años que perdió su identidad con la moda del siguiente mes y que odia a lo auténtico cuando se entera que defenderlo a veces trae soledad y úlceras.
Somos la aspirina para un día difícil en el que siempre sonreímos porque no somos pendejos, el llanto es hipócrita porque al acabar con seguridad le dice a todos que todo está bien, aunque las chances de sentirse mejor otra vez huyan en ese tren.
Estamos muriendo y lo vemos con pesimismo. Hemos cambiado la manera de vivir, comprar, relacionarnos, pero no en la que nos arriesgamos, nos engañamos con saltos desde más alto pero con mejores paracaídas; nuestro mundo sigue siendo nuestras calles y nuestras ciudades, así de insignificante, así de poco grande. Y de vez en cuando como hoy cerramos los ojos, aceptamos que aún no somos millonarios, que no han crecido ni las nalgas ni los pectorales, que hace tiempo no sucede nada importante, o por lo menos nada que no se remedie con sanax, tafil, marihuana o correr, y volteas a entender que vas en el auto con alguien que no debes, pero te entiende.
Nada de lo que pongo en esta servilleta es una ecuación o fórmula de motivación, lo único que puede dar un toque de anarquía y gracia a la vida no está en Instagram o Twitter, solo deberían tomar un vuelo barato, con una mochila, a otra ciudad, a otra rutina, con otros amores, con otros rituales, por lo menos deberíamos intentar volar, caminando mañana por diferentes calles.
@RafaGoli.