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OPINIÓN

¿Del vacío de autoridad a la alta complejidad?

La secretaria de Educación ha tenido una presencia marginal con pocas competencias de liderazgo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Septiembre 6, 2021

“Las sociedades que tienden a imponer al máximo y en todos los dominios la autoridad del centro estático son de baja complejidad. Las sociedades de alta complejidad favorecen las pluralidades del policentrismo y las espontaneidades del acentrismo”.

Edgar Morin, Método V. La humanidad de la humanidad, p. 210.

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Este lunes 6 de septiembre del segundo año de la pandemia más grave por su propagación en prácticamente todo el mundo y por su letalidad altísima, se inicia la segunda semana de clases con las escuelas reabiertas a las que van llegando muy a cuentagotas unos pocos alumnos -menos, mucho menos de los que se planeaba tener al hacer la división de grupos para reducir los aforos a las aulas- tratando de recuperar lo perdido en cuanto a experiencias de socialización y aprendizaje formal.

Estudiantes y profesores llegan con una mochila cargada de experiencias buenas, regulares y malas, de vivencias constructivas y también de desgaste y pérdida de gente cercana y querida, pero la etapa de diagnóstico no se va a ocupar de que todos puedan explorar esa riqueza de lo que sí se aprendió sobre la vida -que es lo que centralmente debería enseñar la escuela- sino sobre los aprendizajes “perdidos” o no logrados de todo el sobrecargado plan de estudios de cada asignatura.

Porque en el fondo, a pesar de tantos discursos acerca de que la vida ya no será igual después de estos meses terribles del -o la- COVID-19 que aún no terminan, a pesar de tanta palabrería que afirma que la humanidad ha cambiado con esta experiencia, parece ser, por lo que se está viendo en estos primeros días que en términos de convivencia y de cambio educativo, en realidad no hemos aprendido nada.

Si en los meses de forzado aprendizaje desde casa los profesores y los estudiantes desarrollaron nuevas capacidades y tuvieron que responder con innovación al reto de no poder seguir en sus rutinas cotidianas; si entre estos aprendizajes estuvo el darse cuenta de que cierto nivel de desorden y aún de caos si se combina con un orden y una planificación flexible y menos encarcelada en avances programáticos y burocracias planificadoras produce resultados positivos en términos de un proceso más significativo y útil para la vida, eso quedará en el pasado -perdón por mi pesimismo- porque volver a las aulas produce un efecto casi automático de retorno a los viejos rituales bancarios y repetitivos.

Si en la gestión escolar a distancia se aprendió -ahí sí creo que poco en la realidad por el peso de la supervisión basada en la desconfianza y la fiebre de las evidencias- que se puede administrar bien una escuela sin necesidad de controles centralizados y vigilancia permanente de los docentes, que cuando se confía y acompaña en lugar de vigilar y castigar como diría Foucault, se pueden lograr resultados muy positivos siempre que existan los medios necesarios para que cada educador o educadora haga su trabajo.

Porque si en estos meses se avanzó aunque sea unos milímetros en el trabajo colaborativo entre los padres de familia y los profesores con la meta común de sortear los desafíos formativos de la llamada “escuela en casa”, el retorno al espacio escolar abierto puede y tal vez ya esté generando nuevamente la actitud de depositar a los hijos en la escuela y desentenderse de la co-responsabilidad de la educación formal de los niños y niñas y la desconfianza mutua entre educadores y familias.

En resumen y volviendo a plantear un tema que he tratado varias veces en este espacio porque me parece crucial y necesario insistir en él, creo que la pandemia obligó al sistema educativo nacional y a las instituciones educativas en particular que normalmente funcionan desde una forma de organización de muy baja complejidad, a avanzar unos pasos hacia la alta complejidad, aunque desafortunadamente existe el riesgo enorme del retorno a lo acostumbrado o incluso de un retroceso hacia un sistema más centralizado, vertical y autoritario debido a todos los protocolos de prevención a los que obliga la pandemia.

La tendencia hacia organizaciones de baja complejidad -en educación, en política y en los sistemas sociales en general- es hasta cierto punto natural porque como dice Edgar Morin en su quinto volumen del método titulado La humanidad de la Humanidad:

“Es cierto que la organización rígida, centralizada, jerarquizada y especializada presenta ventajas a condición de que el centro disponga de competencias muy ricas. Puede tomar decisiones eficaces, transmitidas a los organismos especializados, y controlar su ejecución. Pero semejante organización es muy lenta para recibir la información que emana de lo bajo de la sociedad, que debe dar todos los pasos jerárquicos, y la transmisión de la decisión, que pasa por los mismos pasos, se ve retardada. La rigidez de semejante organización la incapacita para reaccionar rápidamente al alea y al cambio”.

Edgar Morin, Método V. La humanidad de la humanidad, p. 213

En resumen, la organización vertical ubicada en el control centralizado de todas las decisiones como es la que prevalece en nuestro sistema educativo y en las escuelas y universidades en general, tiene la ventaja de la eficacia porque se toman decisiones que se transmiten por caminos establecidos y únicos y se controla su ejecución, pero tiene la enorme desventaja de que responde muy lentamente a los cambios y reacciona de manera muy torpe ante contingencias como la pandemia y en general ante las demandas cambiantes del mundo actual.

La condición para que un sistema de baja complejidad sea realmente eficaz, dice Morin, es que el centro que toma las decisiones “disponga de competencias muy ricas”. No es el caso de nuestras autoridades educativas actuales. La nueva secretaria del ramo ha tenido una presencia muy marginal y en general se percibe como una persona con pocas competencias de liderazgo y visión de futuro como para conducir este sistema vertical y controlador que tenemos y que fue reforzado con la (contra) reforma educativa del gobierno actual.

Si a esta falta de competencias múltiples y ricas se añade la nula prioridad que en los hechos, no en las palabras -para usar su mismo eslogan del Tercer Informe de Gobierno- el presidente actual ha dado a la educación, evidenciada en la reducción drástica del presupuesto, la desaparición del organismo que construía y daba mantenimiento a las escuelas, la vuelta a un sistema opaco -que nunca se terminó pero se había intentado al menos en la normatividad y con algunos resultados reducir en la reforma del 2013- y la dependencia del Mejoredu de la SEP con su consecuente debilidad que remplazó a un INEE autónomo y con capacidad de hacer contrapeso analizando, investigando y generando orientaciones para la autoridad, tenemos un panorama como el actual en el que las escuelas parecen estar a la deriva.

Sin embargo, estas condiciones que en apariencia son negativas podrían ser la oportunidad para que, como decía al final de mi artículo de la semana pasada, se inicie la construcción desde debajo de esa alta complejidad necesaria para transformar nuestra anquilosada y deficiente educación.

Porque como dice Freire: “la única manera de aumentar el mínimo de poder es usar el mínimo de poder… si tú tienes un metro de espacio y no lo ocupas, el poder mayor te ocupa ese metro de espacio…” (video disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=amA_xoBh4f4). Sería hoy el momento, la oportunidad de oro para que los educadores con auténtica vocación y amor por la formación de los futuros ciudadanos ocuparan esos metros de espacio que está dejando este vacío de autoridad para empezar a construir de forma colaborativa y organizada un sistema educativo más participativo, dinámico, democrático y verdaderamente comprometido con el desarrollo integral de los niños y adolescentes para que se formen como agentes de cambio de esta sociedad en crisis y desmoralización.

Ojalá empiece a generarse este movimiento y el retorno a las escuelas no se convierta en el regreso a un pasado en el que la educación no sólo no era parte de la solución sino parte del problema de las enormes desigualdades, de la violencia, la pobreza, la exclusión y la discriminación.

Porque como dice el mismo Freire: “la libertad se adquiere mediante la conquista, no como un regalo. Debe llevarse a cabo constantemente, de manera responsable”.

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