El que no crea en fantasmas no comprenderá nuestra época. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Eso concierne a los objetos y a las personas. No es que alguna vez estuvieran ahí, es que hoy están todavía más lejos. Llamamos virtualidad, de manera vaga y confusa, a la extraña existencia que cobran las cosas debido a la intervención de la informática. Pero ya la memoria es la primera forma de virtualidad, en tanto que retiene las cosas cuando ya han desaparecido. El lenguaje, esa memoria autónoma, soporta también las cosas en su ausencia. Llamamos memoria a la retención del pasado. No tenemos un nombre tan prestigioso para esa facultad de proyección del futuro, para la anticipación. Recordar, compuesto del prefijo “re”, otra vez, y “cordius”, corazón, nos da la idea de volver a pasar por el corazón. Deberíamos hablar entonces de “procordar”, de lanzar el corazón por delante. La existencia es presente de manera muy pobre. Ella se compone mayoritariamente de ausencias: memoria y proyección.
La memoria no es una fotografía. Es un modo de retener activamente lo pasado. Es, sí, huella de lo acontecido, pero también reacomodo. Reacomodo de lo acontecido para poderlo inscribir de alguna manera y también reacomodo constante. Nunca contarás tu historia de la misma manera. Y, mientras duermes, se agitan las aguas de la memoria. Los fantasmas son aquellas existencias que nos persiguen desde el pasado. No son fenómenos, cosas que podamos apreciar clara y distintamente, estudiar científicamente. No podemos alumbrar un fantasma, sino que él posee su propia luz, sin ser luz propiamente. Sabemos también que los fantasmas, si están presos de su pasado, en cuanto nos hablan, nos dan tareas y, con ello, un futuro: por ejemplo, venganza, descubrir al culpable de su asesinato. El futuro no es tampoco un plan, por ejemplo, el diseño de una casa. Es un conjunto de proyecciones superpuestas a veces más, a veces menos claras. Pueden apuntar lejos o muy corto. Los rayos de luz que proyectamos al futuro pueden dar vueltas hacia el pasado o cerrar sus ojos ante él. Son rayos curvos, o mejor, filamentos de un tejido que entreteje pasados, presentes y futuros. Nosotros no somos nada, excepto el nudo que entrelaza esos hilos que de por sí se pierden: el pasado en lo inmemorial, el futuro en la posibilidad, el presente en su puntualidad evanescente.
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Nuestras imágenes nos arrojan una dualidad: nudo-rayo o topológico-luminosa. Todo ello para decir lo siguiente: como individuos no somos una sustancia, sino un nudo de tiempos espectrales. Y también: somos meramente un punto focal, la convergencia de rayos que no inician con y no terminan en nosotros. Óptica y topología nos permiten dar una idea materialista de la subjetividad, sin ceder al fisicalismo.
Las cosas son extrañas. No están nunca solamente ahí. En buena medida, debido a “nosotros”. Por ejemplo: la taza en la que bebí café hoy por la mañana. El tiempo pasa: bebo el contenido, lavo la taza, la seco, la guardo. Ya no está más ahí como “la taza de mi café”. Ese “estado de cosas”, pasajero por naturaleza, será conservado en mi memoria. La taza tendrá una vida segunda en mi mente. Y quizá yo después hable de ello con alguien, diciendo cuánto disfrute ese café en esa taza. Así que la taza prolongará su existencia hacia otro lado, en las palabras, alcanzando a otras personas. Ha pasado de su potencialidad material a su actualidad significativa (de mi experiencia), es una potencialidad capaz de actualizarse en el lenguaje, pero es potencial nuevamente en cuanto lenguaje capaz de desplegarse en otro “sitio”. En cada “tránsito” aparecen (y desaparecen) modos de ser de los objetos y relaciones entre ellos. Como una enredadera, la taza va extendiendo su vida en diferentes medios, registros o espacios. Quizá alguien incluso, mientras habla conmigo, por aburrimiento, se ponga a dibujar la taza de la que le hablo, dando así una existencia gráfica a ese nimio objeto mañanero. Esta ramificación es extraña. Esa taza solamente la vi yo, pero ahora, existe en diversos modos para diversas personas y queda presta para enlazarse con otras cosas en diferentes medios o modalidades. Es como si la cosa, con una estructura mínima, como un germen, experimentara una transubstanciación para obtener una existencia como “representación” en mi memoria, luego como palabra, luego como imagen, etc. En este tránsito, aparecen y desaparecen relaciones internas y externas.
Una frase de Proust sobre la memoria, que inspiró a Bergson y a Deleuze, nos da una clave al respecto: “real, pero no actual, ideal, pero no abstracta”. La memoria está ahí, realmente, produce efectos en nosotros al alegrarnos o entristecernos. Se puede relacionar con otros recuerdos y con cosas y eventos actuales. Sin embargo, no se confunde con lo recordado, que sabemos algo pasado, perdido. Lo recordado es puramente ideal, pero no es una abstracción. San Agustín hablaba en sus Confesiones sobre la paradoja del olvido. Muchas veces sucede que me doy cuenta de que he olvidado algo. Si lo hubiese olvidado por completo, entonces no sabría de su olvido, se habría borrado por completo de mi alma. Sin embargo, si no lo hubiera olvidado, entonces no me vería en esta situación por principio. Unas veces las cosas olvidadas dejan su huella en otras cosas, las marcan, las recuerdan. Otras veces hacemos listas, de modo que sabemos que algo falta cuando la confrontamos con las cosas. Por ejemplo: hacemos un catálogo de nuestros libros. Sabemos que un libro falta cuando confrontamos la lista con los libros actuales. La falta surge de la confrontación de dos órdenes de cosas, por un desajuste en la información. Husserl dice en sus Lecciones sobre la conciencia interna del tiempo que a cada cosa percibida actualmente se le agrega una memoria que retiene lo que ha sucedido inmediatamente. Cuando subimos una escalera no estamos absorbidos en el presente de cada escalón: recordamos inconscientemente el escalón inmediatamente anterior, lo que nos permite saber de dónde venimos. Igualmente, proyectamos un futuro inmediato, no de lo que haremos mañana, sino del próximo escalón, para conservar una dirección. Husserl nos dice que la memoria primaria es como una cola de cometa que se adhiere a la cosa percibida en presente. Pero en cuanto creciente, podríamos hablar de un cono. Así, a cada cosa actual se le agregan dos conos, uno hacia el futuro, otro hacia el pasado.
La espectralidad que signa nuestra época se sigue de un escalamiento sin precedentes en los sistemas de escritura. Éstos incluyen no solamente la digitalización como un cambio de medio, sino también un cambio en la presentación, recuperación y procesamiento de información en general. No lo hace un cerebro, o sí, pero con auxilio de una máquina-cerebro, el ordenador, que piensa en su lugar. Si Platón temía que con la escritura dejáramos de recordar, con la computación debemos temer dejar de pensar. Los cambios no solamente son tecnológicos, sino también técnico-científicos. La matemática no es potente meramente por su capacidad de explicación, sino de predicción. Incluso en los fenómenos que no se comportan con la docilidad del mundo mecánico existen matemáticas para lidiar con lo probable y una gran gama de conceptos matemáticos capaces de darnos capacidades comprensivas a futuro. El futuro es la dimensión en la que vivimos durante el “corto siglo XX”, como se expresaba Hobsbawm. El famoso nihilismo europeo, con su denuncia de la y su carga de conservadurismo (autoritario la mayoría de las veces) tuvo como contraparte necesaria el futurismo. El de Marinetti y el de muchos más. Futurismo de lo posible, futurismo de la revolución, futurismo del superhombre, futurismos tecnológicos, incluso futurismos teológicos o mesiánicos. Pero este futurismo vivió sin duda de la inflación del concepto de posibilidad. El futuro fue la moneda de cambio con la que nos endeudábamos al hablar con náusea del presente. Ahí estaba el porvenir, el fin de la historia, el fin del hombre, la muerte de Dios: como pérdida, sí, pero sobre todo como posibilidad, como signo de lo venidero. Nos hicimos profetas, místicos del futuro, incluso afirmando que, si Dios no existió nunca, nada impide que pueda hacerlo en el futuro. Futuro como ser-otro, como posibilidad, como cambio, como invención e irrupción de lo nuevo. Invocábamos el fantasma del futuro, un espectro de posibilidades que se anunciaban.
Pero quizá entendamos algo de la bancarrota del futuro si comparamos una línea paralela a la filosofía a lo largo del siglo XX, más mundana, pero no menos espectral: la economía. El lenguaje nos permite retener lo pasado, presentar lo ausente. Hablamos de la taza de café sobre la mesa que estuvo ayer. Y nos permite hablar del futuro. Hablamos de la taza de té que estará mañana, con gran probabilidad, en esta mesa, si aceptas mi invitación. Lo mismo el dinero. Es valor representado de un trabajo pasado. El dinero no es nada sin un trabajo pasado que lo soporte. Sin ello, es puro papel sin valor. Las palabras pueden perder su sentido, volverse vacías. Sea porque no mientan nada, sea porque, en la forma de una promesa, permanece incumplidas. El dinero también: es el caso del fraude. Pero no sólo. Hay también cosas extrañas como la inflación, que nos hablan de que el dinero adquiere autonomía y se despega del trabajo vivo, de las mercancías. No es que se independice, sino que toma distancia, adquiere grados de libertad. Al igual que la lengua gana terreno sobre la presencia de las cosas expandiendo la experiencia en pasado y futuro, el dinero expande la esfera del intercambio por medio de la virtualidad. El dinero, en cuanto sistema, no requiere representar cosas existentes o pasadas (que fueron existentes en algún momento), sino también las futuras. Pago por adelantado la cosecha que vendrá en tres meses. Pago membresías, servicios y todo tipo de cosas por adelantado.
El caso más evidente es el crédito: recibo el dinero que no tengo para comprar hoy. Adquiero efectividad sobre la base de una promesa, prueba de que las cosas mismas poseen una virtualidad que rara vez les concedemos. Es verdad que lo posible sólo existe en lo actual, portado por este último, pero no hay cosa que esté agotada de tal suerte que no pueda ser de otra manera: interna (lo que significa cambiar, transformarse) o externa (lo que implica enlaces con otras cosas, estados de cosas, ensambles complejos). La posibilidad vive en las cosas como dinámica interna y como relatividad (o “relacionalidad”, para evitar equívocos) externa con otras cosas, participando por igual en la estabilidad estructural de los individuos como en procesos más fluidos. Pero ese es otro asunto. Crédito no significa de facto “creer”, aunque de ahí derive su sentido etimológico. El crédito es hoy el modo en que el acreedor gana poder sobre el deudor. Hoy. Máximo, pasado mañana. Es cuestión de esperar un poco. El especulador vive de ordeñar fantasmas. O, si se quiere, cobra hoy lo que especula que pasará mañana. No solamente vive en el futuro, sino que extrae consecuencias para el presente de futuros probables o improbables, futuros fantaseados, vendidos a los crédulos (sea como un paraíso venidero, sea como el apocalipsis inminente).
Pensamos que las acciones son efectivas porque inciden en el presente. Pero nuestro presente no es nunca meramente presente. En economía, Robin Hood no sirve. No sirve dar todo el dinero y redistribuirlo. El dinero solamente existe circulando, introduciéndose en los intercambios de bienes y servicios, pasados, presentes y futuros. Pero también posibles e imposibles. Usualmente se suelen vender imposibles. El capitalismo, por ejemplo, vive del futuro: nos dice que la desigualdad es un estado pasajero, que el futuro todo se balanceará. Vive del futuro también de la gente que se endeuda, es decir, roba a una persona que todavía no existe. O bien, programa el robo a futuro. En el cine se ha tratado la figura del policía que puede otear en el futuro y que puede prevenir un crimen antes de que suceda. Pero no es ciencia ficción. Hoy dejamos que la extorsión se lleve a cabo de manera planeada: robos a futuro son asegurados por sistemas de pensiones leoninos.
Si queremos acciones efectivas, ellas no pueden dirigirse en contra de lo espectral, como si pudiéramos, finalmente, traer las cosas a la tierra, cogerlas con ambas manos, pesarlas y sopesarlas objetivamente, en una sola báscula. A la existencia, no solamente humana, pero dejemos ese asunto, pertenece la virtualidad efectiva de lo pasado y lo futuro. Y existen todos los enredos que se quieran. El pasado del futuro. El futuro del futuro. El pasado del presente. El presente del futuro. No solamente especulamos sobre las cosas, sino que especulamos sobre las especulaciones. No vendemos solamente cosas, sino que vendemos la deuda de las personas. Si las cosas poseen una potencia, que llamaríamos virtualidad de primera potencia, la memoria introduce una virtualidad de segunda potencia al darle efectividad. Una virtualidad de tercera potencia la introducen los sistemas simbólicos, que permite hacerse objetos de sí mismos: el dinero que opera sobre el dinero (y no como mero mediador entre transacciones de mercancías), el lenguaje que habla del lenguaje (y no de cosas fuera de él).
II
Lacan estuvo siempre fascinado por la óptica. Parecía tratarse de una metáfora que combinaba de manera perfecta el carácter etéreo, evasivo, de lo espiritual, pero en un marco materialista. Expliquémonos. Desde Platón la filosofía ha estado ligada al ver. Es lo que significa el griego la palabra idea. Aristóteles tomaba la visión por el más perfecto de los sentidos. Decimos que algo claro es evidente. Explicar significa aclarar. La época ilustrada se llama también de las luces. Siempre tratamos de llevar luz a pasajes oscuros de una obra. La luz ha sido en la filosofía occidental sinónimo de razón, lo que hace aparecer ante nosotros las cosas al iluminarlas naturalmente.
Lacan, sin embargo, no se interesó por la luz metafísica, sino por la luz artificial. Le atrajeron siempre los efectos ópticos, las ilusiones geométricas y, de manera muy especial, los meteoros. Los meteoros son el efecto óptico producido por el movimiento de algún cuerpo en otro lugar. El punto más álgido de la metáfora de la visión en la filosofía se puede encontrar en el siglo XX, en la fenomenología. Fenómeno significa precisamente aparecer. Es lo que ha sido traído a un claro para ser comprendido, al ser extraído de un bosque denso y oscuro. Pero Lacan vio la luz como una materia particular capaz de crear efectos. Lo que vemos, lo que aparece, lo que percibimos y comprendemos sería, en realidad, efecto de mecanismos capaces de cambiar el punto focal. La conciencia deja de ser así una función, una actividad, incluso un espacio, para volverse eso: una región donde podemos enfocar. La atención es el foco que persigue el movimiento de las cosas. Y hay, quizá, también un foco inconsciente, donde alguien o algo en nosotros no aparta su vista de la memoria de un hecho pasado hace tiempo.
Esta idea la podemos comprender mejor con Benjamin, otro amante de la óptica y su potencia en la fotografía y el cine. En su Pequeña historia de la fotografía, Benjamin afirmaba que ésta había descubierto el inconsciente óptico. ¿Qué quiere decir eso? Nosotros fundimos nuestra atención con nuestro punto focal. Es decir, ponemos atención a lo que aparece enfocado clara y distintamente en el centro de la imagen. La fotografía cuando juega con la profundidad de campo, en realidad hace posible que pongamos atención en el fondo borroso. Claro, la foto, de manera explícita, pretende resaltar los objetos de interés haciendo borroso ese fondo, pero, paradójicamente, nosotros podemos mirar ese fondo, prestarle atención y reconocer cómo es que la figura resalta gracias a aquel. Ese fondo borroso es un atisbo del inconsciente óptico, de eso que no vemos, de eso que permanece latente, mero fondo-fundamento, pero que no posee más densidad que la figura.
Del mismo modo, nuestro sistema ojo-cerebro puede captar solamente ciertas velocidades. El pájaro que vuela veloz es para nosotros un trazo. Una cámara rápida, en cambio, puede captar de manera nítida un instante de ese vuelo, deteniéndolo como si fuese una escultura. Penetramos en la vida secreta del movimiento, lo detenemos, podemos hacerle disección. Aprendemos entonces sobre el foco, sobre la velocidad, sobre la diferencia figura-fondo, en suma, sobre la materialidad de la luz y, con ello, la materialidad del pensamiento. Con la fotografía miramos nuestros modos de mirar. Miramos la mirada en sus variaciones. Con el cine, comprendemos, además, la ilusión completa del movimiento al variar su velocidad o el número de fotogramas. Ambas nos permiten entender cómo se liga la mirada con su encuadre (ese marco donde insertamos lo mirado) y el movimiento con el montaje. Nos separamos de nuestra retina para manipular su parpadeo y manipulamos una pupila de metal para controlar el acceso de luz, captando los seres de la noche.
Regresemos a Lacan. En su seminario sobre los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis juega constantemente con la óptica. Ahí nos da una bella imagen tomada de la física. En ella se ha reconocido el fenómeno de Arago, en el que una estrella aparece ante nuestros ojos sólo si la miramos de lado, sesgadamente. En cuanto dirigimos el foco de nuestra mirada a ella, ésta desaparece. La subjetividad, dice lacan, se comporta de este modo: sólo se le aprecia fuera de foco, mirando al sesgo. La tarea consiste en saber mirar lo que carece de foco, lo que se extiende como halo, lo que no puede identificarse como una presencia.
Con todo, no se trataría, en ningún caso, de reemplazar nuestros realismos de toda clase, por una ontología de la espectralidad. Lo que caracteriza al espectro es producir extensiones de ciertos núcleos más allá de su presencia inmediata, es decir, crear espectros, en el sentido electromagnético del término, ondas, variaciones que se despliegan. No se trataría, tampoco, lo hemos dicho, de colapsar el espectro en lo presente. Derrida ha instruido tremendamente al respecto. Habría más bien que familiarizarse con los espectros y darles dignidad, creer en ellos, dar fe de sus efectos, escucharlos. Pero en definitiva, quien no cree en fantasmas, no está en condiciones de comprender nuestra época.