Quisiera dedicar este texto, a una inquietud que ronda mi pensamiento desde hace algunos días, y que hoy, después de “chutarme la mañanera” , escuchando a la Comisionada de Derechos Humanos de la Ciudad de México y al subsecretario de Derechos Humanos de la SEGOB me veo en la necesidad de expresar. Según aprecio, la intervención de estos personajes, junto con las del representante de la UNICEF y de la secretaria de Educación Pública, estaba dirigida a dar soporte a la decisión de regreso a las escuelas; y es justo en este marco que mi inquietud emerge.
Más allá de regresar o no y bajo qué condiciones, bien valdría la pena revisar los por qués de ambas posturas, en este caso, la oficial que impulsa el regreso a las escuelas. Aunque hubiese diversos componentes de soporte, dependiendo del punto de vista que se analice, lo que aquí refiero es el fundamento insinuado, de la insostenible estancia de los niños y jóvenes, en los ambientes familiares.
Más artículos del autor
Veamos. Por un lado tenemos el dato de que 10,000 escuelas han sido vandalizadas en el país durante el cierre por pandemia -350 aproximadamente en el estado de Puebla-. ¿Qué sociedad destruye o roba equipo, tubería, cable… a una escuela, que debería ser asumida como propiedad de interés comunitario? Por otro, en la citada conferencia, se ofrece un panorama con incrementos brutales en las diversas formas de la violencia familiar (“…en México aumentó 24 por ciento durante el primer semestre del 2021, lo cual se considera un nivel máximo histórico, siendo niñas y adolescentes las más afectadas…”), tales como maltrato físico y psicológico, embarazos en niñas y adolescentes, homicidios y feminicidios infantiles, infligidos, en la mayoría de los casos, por parientes o cercanos. Sin dudar, una situación que además de explicar el por qué 7 de cada 10 niños manifiestan querer regresar a la escuela, debe cuestionarnos como miembros de una sociedad colocada en entredicho, pero también como seres humanos, ¿qué nos pasa?
El justificar el regreso a las escuelas en la inseguridad que viven nuestros niños y jóvenes en sus propias casas, y no por el potencial aporte fundamental de esta institución en el desarrollo de las personas, resulta una tristeza. No digo que sea irreal lo dicho, solo me declaro cuestionado por el justificante.
Si a lo arriba expuesto, le sumamos que las condiciones de pobreza en las que se encuentra la mayor parte de la población en nuestro país de acuerdo al Coneval; se traducen en incapacidad práctica de la familia para atender en su aprendizaje a niños y jóvenes en sus casas, ya sea por tener que salir a trabajar, por falta de recursos tecnológicos o falta de espacios adecuados para el estudio. La situación se agrava y encuentra un impulso más de salida obligada, que de decisión tomada sobre la valoración positiva que se tenga de la escuela en el desarrollo de los niños y jóvenes, así como en el de la sociedad en su conjunto.
De la misma forma en que no debemos pedir a los miembros de la familia que acompaña a los estudiantes en su aventura vital de “asistir” a la educación lo hagan de manera especializada; tampoco podemos exigir a los profesores cubrir las carencias que deberían ser satisfechas desde la casa.
Pequeño detalle, si no es en la familia o en la escuela, los niños y jóvenes encontrarán lo que necesitan en otros entornos y ambientes.
Bueno, eso digo yo.