La historia no constituye entonces, una evolución lineal. Ella, conoce turbulencias, bifurcaciones, desviaciones, fases inmóviles, estadios, períodos de latencia seguidos de virulencias...Es un enjambre de devenires enfrentados con riesgos, incertidumbres que involucran evoluciones, enredos, progresiones, regresiones, rupturas…La Historia es un complejo de orden, de desorden y de organización. Obedece a determinismos y azares donde surgen sin cesar el «ruido y el furor». Tiene siempre dos caras opuestas: civilización y barbarie, creación y destrucción, génesis y muerte...
(Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 41)
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Un presidente de apellidos españoles declarando -en el idioma español o castellano- que “la conquista fue un fracaso” y conmemorando la caída de Tenochtitlán con el término “resistencia indígena” en lugar de “conquista”. Todo esto en un zócalo de la Ciudad de México -escenario rodeado de edificios coloniales en el que se construyó una reproducción escenográfica bastante kitsch del Templo mayor- y rodeado de su esposa y miembros de su gabinete con apellidos también de origen español, francés, alemán, etc.
Un partido político de ultraderecha surgido recientemente en España -Vox- publicando un mensaje el mismo día con la visión contraria en la que se afirma que “una tropa de españoles encabezados por Hernán Cortés y aliados nativos lograron la rendición de Tenochtitlán. España logró liberar a millones de personas del régimen sanguinario y de terror de los Aztecas…” y afirmándose “orgullosos” de su historia.
Estos son dos ejemplos de las posturas extremas, igualmente simplificadoras de la historia sobre el origen de nuestro país que se expresaron el pasado viernes 13 de agosto, fecha en la que se cumplieron 500 años de la toma de Tenochtitlán y la rendición del imperio Azteca y el inicio del período virreinal.
Dos visiones simplificadoras y casi caricaturescas del mismo hecho, que desafortunadamente siguen presentes y tratando de imponer su narrativa a la sociedad, muy especialmente por supuesto, a las nuevas generaciones, produciendo polarización y división y obstaculizando la aceptación de nuestra identidad como nación diversa, multiétnica y multicultural.
Por una parte la visión indigenista romántica que idealiza a los llamados pueblos originarios y que engloba el mosaico de distintas culturas indígenas que ocupaban el territorio de lo que hoy es México a la llegada de los españoles poniendo del lado de los “buenos” a los indígenas -como si hubieran sido todos Mexicas o Aztecas- que fueron derrotados por las armas y del lado de los “malos” a los españoles -como si ellos solos, sin el apoyo de los tlaxcaltecas y algunas otras culturas indígenas oprimidas por los Aztecas- hubiesen ganado la guerra que culminó con la caída de Tenochtitlán e inició la etapa virreinal de nuestra historia.
Por otro lado, las visiones que idealizan también a los españoles que llegaron a estas tierras, ignorando los valores culturales y la riqueza del pensamiento y la organización de los pueblos indígenas, concibiéndolos como no civilizados y viendo a los españoles como en la postura de Vox, como los redentores que trajeron la cultura y el avance a estos territorios. Esta postura defiende una visión romántica que se fija exclusivamente en las aportaciones positivas invisibilizando por completo la violencia, las grandes matanzas, la imposición y la explotación de los recursos naturales, de las riquezas y de las personas nativas que fueron también parte de esta historia que a lo largo de tres siglos fue dando origen a los cimientos de una nueva nación, que tristemente no ha dejado de excluir y menospreciar a las diversas culturas indígenas que viven aún hoy en distintas regiones del territorio mexicano.
Los que asumen la primera postura se dicen conquistados y violentados por los españoles -aún siendo criollos o mestizos, teniendo nombres y apellidos españoles y hablando español- mientras que los que asumen la segunda se consideran descendientes directos y “puros” de los españoles y ven con menosprecio a los indígenas.
La tarea de construir una visión más completa y compleja de nuestra historia patria y de asumir que somos producto de esta mezcla sincrética -en partes constructiva y humanizante, en otras sombría, destructora y violenta- es todavía una tarea pendiente y para cumplirla tenemos que trabajar por una reforma de la enseñanza de la historia en nuestro sistema educativo.
Esta reforma no debería consistir en el paso de una visión extrema a la otra, como parece hoy querer el gobierno federal que se afilia claramente a la visión indigenista romántica del pasado -como todos recordamos, el presidente solicitó al gobierno de España, que no existía en la época de la conquista, que pidiera perdón a México, que tampoco existía en ese momento histórico- pero paradójicamente no ha demostrado dar verdadera prioridad a los pueblos indígenas actuales generando una política social eficiente que les brinde capacidad de agencia para salir de la pobreza.
La historia es creadora y destructiva, como afirma Morin y no se da en un proceso de evolución lineal en la que haya héroes y villanos sino en caminos turbulentos, en bifurcaciones, desviaciones, etapas de estancamiento, latencia y también de virulencia. La historia es, como dice el epígrafe de hoy “un enjambre de devenires enfrentados con riesgos, incertidumbres que involucran evoluciones, enredos, progresiones, regresiones y rupturas” y desde esta visión compleja debería construirse esta reforma de la enseñanza de la historia.
En el proceso de la conquista, el virreinato, la independencia, la reforma, la revolución y en todas las etapas de construcción del México moderno se han dado elementos positivos y negativos, avances y retrocesos, enriquecimiento y pérdida de elementos valiosos, en un camino en el que siempre se combinan el orden, el desorden y la organización y reorganización.
En todas las etapas de nuestra historia -incluyendo este momento de parto violento y doloroso que se conmemoró el viernes pasado a medio milenio de haber ocurrido- ha habido las caras opuestas que menciona Morin: “civilización y barbarie, creación y destrucción, génesis y muerte” porque así es como transcurre la historia que es imposible de planear o predecir con certeza.
De este parto difícil y marcado por la muerte y la explotación pero también por el enriquecimiento mutuo de razas, lenguas, manifestaciones artísticas, formas de vida y culturas totalmente distintas que dio origen al México de hoy han hablado ya muchos historiadores e intelectuales como Octavio Paz en su libro clásico El laberinto de la soledad. De esta necesidad de mirar desde distintos ángulos pero con seriedad y rigor histórico el mundo indígena se han ocupado también historiadores y antropólogos entre los que destaca la gran obra, también ya clásica de don Miguel León Portilla, La visión de los vencidos.
De manera que los educadores tenemos muchas fuentes bien sustentadas sobre nuestro origen como nación y sobre la forma en que lo interpretaron y pensaron los actores de uno y otro lado con las cuales podemos ir construyendo una visión compleja de nuestra historia para generar aprendizajes significativos y formar a las nuevas generaciones de ciudadanos mexicanos desde la aceptación de este pasado plural, dialéctico, multidimensional y complejo para asumir sanamente nuestro origen y construir desde allí la identidad común indispensable para generar una visión también común, del futuro al que queremos aspirar como país.
La condición es construir una reforma educativa que se sustente en la complejidad y evite las posturas simplificadoras, reduccionistas y polarizantes.
Porque como afirma el pensador francés: “La enseñanza debe ayudar a la mente a emplear sus aptitudes naturales para situar los objetos en sus contextos, sus complejos, sus conjuntos. Debe oponerse a la tendencia a contentarse con un punto de vista o una verdad parcial…Jamás accederemos, claro está, a un conocimiento total: el todo del universo siempre será inaccesible. Pero debemos aspirar, por lo menos, a un conocimiento mu!tidimensional”. (Edgar Morin. La vía para el futuro de la humanidad, p. 152)