Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educar lo raro y lo raro de educar

Parece que hasta hoy, en la escuela pasan muchas cosas, pero lo raro es que pase la educación

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 19, 2021

Para Gaby, por treinta y cinco años de razones para seguir caminando juntos

“En latín, la palabra rarus significaba “escaso”. De hecho, tenía el valor afirmativo de lo excepcional. Una antigua máxima —omnia praeclara rara— recordaba que lo excelente es infrecuente. Hasta nosotros ha llegado la expresión rara avis no para describir pájaros, sino a quien posee cualidades extraordinarias…”

Más artículos del autor

Irene Vallejo. Lo raro es vivir. En Milenio Diario, 14 de julio de 2021.

El jueves pasado tuve el honor de organizar y moderar la presentación de un nuevo libro del que soy coautor junto con otros tres grandes investigadores latinoamericanos, los doctores Carlos Calvo Muñoz de Chile, Carlos Educardo Maldonado (de Colombia) y Ernesto Rodríguez Moncada (de Michoacán, México). El título del libro es Necesidades y posibilidades de educación en complejidad: una mirada prismática y está editado por la Universidad El Bosque de Bogotá, Colombia.

Para quien tenga interés en consultar este libro, pongo aquí la liga de la Universidad El Bosque en su página editorial donde podrán revisar un resumen de la obra: https://repositorio.unbosque.edu.co/handle/20.500.12495/5618

Digo que tuve el honor de organizar y moderar la presentación porque más allá de las posibles virtudes y limitaciones de esta obra, participaron en la presentación tres grandes académicos, investigadores educativos y sociales: la Dra. Arcelia Martínez Bordón de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, el Dr. Enrique Luengo González del ITESO y en representación de los coautores, el Dr. Carlos Calvo Muñoz, de la Universidad de la Serena en Chile.

Los tres comentaristas aportaron elementos muy valiosos para el análisis de nuestros sistemas educativos y de nuestras escuelas y universidades en este mundo en crisis o en cambio de época según quiera verse el contexto y de los enormes desafíos que le presenta el mundo actual -antes, durante y después de la pandemia- a la educación para responder con pertinencia al reto de formar seres humanos y ciudadanos que sean capaces de adaptarse al mundo cambiante pero también de adaptar este mundo para transformarlo y no solamente vivir conforme a sus reglas.

Libertad vertical llama Lonergan a la capacidad de levantar la mirada y tener una visión inteligente, crítica y responsable del mundo que le toca vivir a cada quien en su tiempo y tomar decisiones libres y responsables que trasciendan las reglas y costumbres de su horizonte en lugar de tomar buenas decisiones, también responsables y libres pero desde una mirada inmersa en las preocupaciones y criterios de la época que los lleva a seguir las valoraciones y los contenidos intelectuales y morales del mundo en el que viven.

Traigo a colación esta presentación del libro por dos cosas que llamaron poderosamente mi atención dentro de los muchos conceptos y reflexiones que se plantearon en esta mesa virtual. Por una parte, la anécdota planteada por una de las personas que comentaron el libro en la que compartió que un adolescente de quince años le dijo recientemente que la escuela es una fábrica de estrés en la que hay que hacer muchísimas cosas pero no queda espacio para pensar, reflexionar y sobre todo, para vivir.

Por otro lado, el comentario central de otro de los colegas que habló de algo que ha estudiado por mucho tiempo: la diferencia profunda y radical entre educar y escolarizar. Educar es provocar posibilidades de asombro, de búsqueda y de desarrollo en todos los aspectos de la vida de un niño o adolescente, lo que requiere de flexibilidad, dinamismo, no linealidad, apertura al error y a la incertidumbre -estoy escribiendo mi interpretación no literal de esta idea-; mientras que escolarizar implica seguir estructuras lineales, rígidas y preestablecidas que llevan a aprender conceptos y repetirlos, muchas veces sin haberlos comprendido.

Justamente un día antes de la presentación del libro había yo leído el artículo de la gran escritora Irene Vallejo, autora del extraordinario libro El infinito en un junco, del que tomo el epígrafe del artículo de hoy.

En este artículo la autora plantea que siempre se sintió rara en la escuela, extraña y de muchas maneras excluida y señalada como “anormal” por la mayoría de sus compañeros. “Parecía existir un pacto no escrito para difamar al diferente. Convertir en diana las excentricidades de alguien ayudaba al resto a sentirse más integrado…” dice Vallejo en su texto y habla de cómo el miedo a no encajar en la colectividad es un fenómeno universal.

Hoy vivimos en un mundo paradójico en el que por una parte está como de moda ser raro, ser distinto, distinguirse de la masa ante la brutal presión homogeneizante de la globalización del mercado y el consumo que nos pide a todos vestirnos de determinada manera, usar cosas de marcas específicas, pensar de manera homogénea, “gastar dinero que no tenemos para comprar cosas que no necesitamos con el fin de impresionar a gente que no conocemos ni nos conoce” como dice más o menos la frase atribuida al periodista norteamericano Émile Henri Gauvreau.

En este mundo que pretende igualar a todos en lo que piensan, sienten y desean para generar patrones de consumo que permitan a las grandes transnacionales vender sus productos producidos en serie y con tiempos cada vez más cortos de obsolescencia planificada, ser raro es rebelarse contra el statu quo y por lo tanto muchos niños, niñas y jóvenes buscan distinguirse, volverse raros y “anormales” como signo de identidad, de afirmación de su diferencia frente a la masa.

Pero por otro lado seguimos viviendo en sociedades que rechazan a los diferentes, que señalan como “anormales” a todos los que no siguen las reglas de este mundo dominado por el mercado y la cultura del descarte. Vivimos en tiempos que siguen normalizando el machismo, el racismo, la exclusión y la aporofobia -el rechazo al pobre, según el concepto acuñado por la filósofa Adela Cortina-.

Sin embargo, lo raro es que la educación no se inclina por educar lo raro o a los raros sino por reproducir los patrones de normalización de todos estos tipos de discriminación y de difamación a los diferentes en lugar de impulsar sus talentos y sus intereses especiales.

El mundo de hoy sanciona lo raro, lo que se sale de los patrones y al mismo tiempo premia y admira lo raro entendido solamente en la parte superficial del término. La escuela parece hacer exactamente lo mismo.

Los raros, según la etimología de la palabra que señala Vallejo en su artículo -muy recomendable por cierto- son los escasos, los excelentes, los que van más allá de lo establecido. La palabra raro tendría que ser entonces vista desde este significado positivo y constructivo como algo a estimular en la escuela si la escuela se preocupara por educar y no solamente por escolarizar.

Entonces los alumnos “raros”, es decir, los excelentes, los que buscan ir más allá de lo que de forma lineal y rígida se les pretende enseñar -es decir, transmitir para que repitan, no provocar ni explicar para que entiendan- tendrían que ser los que se buscara estimular y premiar, debieran ser los “populares” -para decirlo en término de los estereotipos juveniles escolares actuales- y no los rechazados ni los señalados y agredidos.

Desde esta mirada, los educadores tendríamos que buscar lo raro que hay en cada educando para estimularlo, promover su desarrollo y ejercicio, motivar su aplicación a la vida propia y a la convivencia en la escuela y fuera de ella, en lugar de ignorarlo, extinguirlo y reprimirlo.

En este tiempo de transición entre la escuela cerrada con escolarización a distancia y la reapertura que parece venir a partir del inicio del próximo ciclo escolar a finales de agosto, sería conveniente pensar a profundidad en esta necesidad de educar, es decir, de estimular lo raro de cada educando y promover que los raros se conviertan en promotores de aprendizaje en colaboración con los docentes para lograr que la escuela no sea una máquina de estrés que impide la vida de las nuevas generaciones sino una parte significativa de ella.

Porque parece que hasta hoy, en la escuela pasan muchas cosas, pero lo raro es que pase la educación.

Con este artículo cierro mis colaboraciones del período primavera-verano. Tomaré dos semanas de receso y espero que podamos reencontrarnos a partir del 9 de agosto.

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