Raulito es un médico agradable, de ojos vinosos y hablar pausado. Catoliquísimo, es de esos tipos que ha hecho del dinero su láudano particular y sabe que, en su negocio, no preguntar es una condición necesaria para preservar la prosperidad y la vida.
Con el paso del tiempo ha dominado el extraño arte de lanzar miradas y efectuar palpamientos que dan con la respuesta que busca, sin interrogar demasiado. Han sido suficientes atentados en su propio consultorio, como para arriesgarse a saber de más lo que querrá olvidar en un suspiro.
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Por las mañanas, este hombre entrado en sus sesenta, se baña con los amigos en el club. Repuesto del vapor, desayuna con un íntimo, su banquero personal, que le cuenta las vísceras del negocio, el incremento de las ganancias, le habla de los clientes que anidan secretos inconfesables y de aquellos que domicilian emporios en lotes baldíos.
Platican de los edificios que el cártel de Sinaloa ha construido en Sonata, de las agencias de autos que no venden ni una llanta pero están en notoria expansión y se ríen de las concesiones mineras que amasan no pocos políticos del régimen, pero que están a nombre de campesinos en cualquier terregal de la Sierra Norte.
Terminan la plática y Raulito se dirige a su consultorio adonde le esperan diez, quince pacientes, azuzados por el miedo y el dolor. Apenas se acerca a la puerta que anuncia su homilía particular, Raulito se transforma y deja de ser bonachón para erigirse en el Apoderado General de la Verdad. No habla: pontifica.
Este hombre conoce las entrañas del cuerpo humano como quien visita el buzón hogareño: sabe en pormenor de las dolencias y los fuegos que abrasan a ese hombre acaudalado, a la mujer ventruda, al joven macilento, a la chica esmirriada.
A todos arropa en su sabiduría, al tiempo que se mantiene a distancia porque no los considera de su nivel. Prescribe, despide y ordena que le manden al siguiente atormentado.
Raulito deja la consulta de su indigna grey a las dos en punto. Come en compañía de su pareja en algún restaurante de lujo. Degusta sus alimentos mientras escucha con fingida atención a esa mujer que tiene un atractivo despampanante: ser su prestanombres.
Esa mujer habla y parlotea como quien temiera por su vida en caso de no continuar hilando chismes de quien sabe cuanta gente a la que Raulito desconoce y éste finge soponcios, risas o carraspeos, según sea el caso.
En punto de las cinco, la pareja se despide. El médico se prepara para atender a su clientela, la que de verdad le produce mucha felicidad.
Ya pasaron los años en los que Raulito se ganaba unos pesos de más como abortista de niñas acomodadas y pulcras, a las que algún ganapán perfumado embarazó en una de esas residencias que usan como motel particular. No. Raulito ya no está para hacer trabajos de poca monta; ahora, lo suyo es ser enfermero de urgencias.
Raulito llega a otro consultorio, avecindado en una colonia de trueno y ventisca. Él mismo abre la puerta del lugar y suele entrar acompañado por dos o tres pacientes que ya le esperan. Chayito, su enfermera de confianza, entra en silencio y se dispone a apoyar en lo que se vaya ofreciendo, con manos de orfebre.
Desanudándose la corbata, el médico estrella de los huachicoleros se arremanga a toda velocidad y sin mediar palabra, se coloca en medio de un pequeño quirófano habilitado con todo lo necesario.
Un enorme mueble vomita medicamentos de toda ralea, al tiempo que las paredes lucen desnudas, de no ser por una enorme Virgen de Guadalupe que, veladoras en ristre, se anuncia imponente apenas se atraviesa el umbral de ese hangar de bidón y sangre.
Raulito se coloca sus guantes y procede a revisar a aquel apuñalado, a ese otro baleado, a uno más con quemaduras en las manos y los brazos. El médico de las gasolinas se afana con la presteza de un filarmónico de altos vuelos. Abre aquí, sutura allá, inyecta antibióticos y analgésicos. Raulito es una máquina sanadora.
Si las cosas se complican, manda un mensaje a un colega de confianza, quien llega a apoyar en la faena de Raulito, quien es generoso para pagar a cambio de ver, curar y callar.
Sin hacer gestos, anestesia y entra al cuerpo de aquel obeso asaetado por el fuego enemigo. Apenas esperando el efecto de la anestesia local, protegido de cualquier acto violento del paciente por el Dormicum, Raulito extrae proyectiles como quien escucha Salmos.
Esmerado, cubre con gasas y apósitos para despachar a una pequeña sala de recuperación al baleado y cambiándose los guantes, llama al siguiente atribulado. Chayito abastece, limpia, sutura, inyecta. Junto a su jefe, baila un tango de silencios.
Así transcurre la tarde y la noche. Cinco, diez pacientes después, el médico de los octanos limpia aquel desbarajuste y Chayito prepara todo para el día siguiente. Después, sudoroso, Raulito acomoda los fajos de quinientos y doscientos pesos en un maletín que apesta a gasolina. En realidad, hasta él huele a combustible.
Mañana, le dará a su banquero personal, en el desayuno, un sobre con el efectivo, en promedio unos cien mil pesos. Saliendo del almuerzo, su financiero se encargará de moverlo en distintas cuentas que solo los dos conocen.
Por lo pronto, llegará a darse un baño caliente en su casa, mientras su mujer ronca como si serruchara. Mañana, Raulito se hará de otro líquido más oloroso para trapear el piso: la gasolina no lo deja en paz. Ni lo dejará. Es demasiado tarde para ello.