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OPINIÓN

Las víctimas de la pandemia

En algunos segmentos de la sociedad, hay quienes cavan la tumba propia y de la familia

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Sábado, Junio 19, 2021

Debemos reconocer que la autocrítica no se nos da a los mexicanos. A la inmensa mayoría por lo menos.

Los ejemplos se dan todos los días en todas partes. La aceptación de algo negativo que se hizo o en lo que uno resultó implicado, no es fácil de asumir. El camino del disimulo, la negación, el engaño, el falso concepto de “ser muy listo”, es lo recurrente en todos, pero como que los mexicanos tenemos cierta destreza para ello.

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En algunos casos se debiera llamar, sin eufemismos, cinismo.

Al que cayeron con las manos en la masa en algo delictuoso, pone cara de socarrón y busca escurrirse de mil modos. Otros, para eludir la culpa o responsabilidad de algo, pequeño o grave, siempre encuentran escaleras de escape para rehuir las consecuencias.

Un ejemplo muy claro, y grave, porque va de por medio la vida o, dicho de otro modo, llega a significar la muerte, es el tema de la pandemia por el Covid.

En su momento, en todos los tonos hubo alertas y exhortos para cuidarse. Las mascarillas, el aseo, el evitar salir. Y en términos generales el grueso de la sociedad respondió bien, positivamente. Pero a medida que el punto crítico fue rebasado, vino un relajamiento muy extenso.

Millones de mexicanos le entraron con singular alegría a las vacaciones de fin de año, las pachangas, los viajes a playas y demás lugares de recreo; la afluencia a bares y bailes, etc. Mención aparte merecen los mercados y fiestas.

El caso es que a pesar de la insistencia de las autoridades en el grave riesgo de todo esto, millones de compatriotas se pasaron por alto advertencias y prevenciones. Resultado: se multiplicaron por millares y millares los contagios…y las muertes.

Pero hay un asunto de fondo en todo esto, que tiene que ver con la cultura, con la idiosincrasia de vastos sectores de mexicanos: la irresponsabilidad supina.

Usted le puede aplicar otros calificativos más gráficos con alusión maternal, el caso es sencillamente falta de conciencia. Pero es de un extremo suicida.

Y en esto hay muchos segmentos. Gente que simplemente no cree en lo grave de la infección y sigue afirmando que es un “invento del gobierno”; los que, aferrados a una ignorancia cavernaria, sostienen que son inmunes, invulnerables, y que todo se evita con una untada de Vaporrub y un té de hojas de guayaba.

Los que escudan su negligencia en la famosa conspiración, “esto es pa´reducir un poco la población, ideado por las grandes potencias y los científicos”, dicen. Otros sencillamente no hacen caso alguno y siguen su vida como Pedro por su casa. Pues el tal Pedro y miles de no creyentes, ya residen en el panteón.

¿Es el gobierno culpable de ello?                                                       

Están los que se tapan ojos y oídos ante los llamados a la vacuna. Y, señoras y señores, pasan a formar parte, puntualmente, de los próximos muertos de las estadísticas.

En todos estos sectores, la palabra autocrítica no existe. Ni en su versión mínima. Es más fácil y cómodo el dedo índice señalando culpables, al gobierno obviamente, y levantar los hombres en un displicente gesto de sacudimiento de responsabilidad alguna.

Pero hay una franja de población víctima casi inevitable y cruel de la pandemia y sus apocalípticos; saldos: los millones que sufren de obesidad, sobrepeso, hipertensión y problemas cardiovasculares; esto último no del todo ajeno a lo primero. Las llamadas “enfermedades del progreso”

Un porcentaje de ese segmento tendrá problemas genéticos, patrones de conducta hereditarios, o resultan mártires involuntarios de su condición, porque la pobreza los ha empujado a tal condición.

Sin embargo, otra fracción muy amplia de la pirámide social mexicana está situada en la ineludible mira del destino fatídico debido a un factor clave: la educación. Es decir, la falta de educación, la carencia de conciencia mínima cimentada en el factor educativo, que no existe desde luego. O que, existiendo, es conscientemente pisoteado, arrumbado, crucificado con tres clavos: la flojera o pereza, el desprecio por los valores y la vida, y la ausencia de amor por vivir.

Sus formas de vida, hábitos o ausencia de éstos, su modo de ser, los lleva a no sobreponerse a los problemas de salud referidos, o a no inculcar modos de conducta sencillos, sistemáticos y saludables, como un camino preventivo hacia estadios mínimos de salud.

Esa porción de la sociedad uno la ve a diario en las calles, en los centros comerciales, en los bares y lugares de convivio: consumen comida chatarra de todo tipo todo el día; salen de los almacenes con cargamentos de refrescos, jugos, botanas y bebidas de cola. Desprecian el ejercicio más sencillo, se solazan horas y días frente a los televisores consumiendo toda una gama de porquerías.

Jamás renuncian a las bebidas alcohólicas. Esta parte de la sociedad es la que lanzó denuestos por las restricciones en la venta de alcoholes, y que después hizo colas cuando regresaron las cervezas a los supermercados.

Aquí figuran muchas respetables madres que atiborran de porquerías a sus hijos, por la pereza para hacer una jarra de agua, freír unos huevos o hacer una sopa de verduras. Y los saturan de dulces, golosinas y chucherías engordantes, creando diligentemente máquinas de consumidores irrefrenables semejantes a los pobladores de granjas de cerditos o pollos en cautiverio. Ahí están, gustosas y felices construyendo el ataúd y víctimas de la pandemia.

Para ellos, el culpable será el gobierno, naturalmente. Y ellos, carne y escudo de los grupos manipuladores reaccionarios que medran con la crisis de salud, responsabilizando al gobierno

Pero hay más. Están los millones que no osan levantarse temprano jamás, siquiera para emprender una caminata, trotar o practicar algún deporte, para prevenir sobrepeso o para controlar los riesgos ya citados. De paso hay que decir que esto es gratis, sólo reclama un mínimo de esfuerzo. Disfrutan el tiempo apoltronados frente a las pantallas… cavando lenta pero eficientemente la tumba propia y de los dependientes.

O aquellos otros, capaces de privilegiar la comodísima vida de perros, gatos u otras mascotas… pero no privilegian la vida de los hijos haciendo ejercicio, educándolos en hábitos alimenticios, regulando los tiempos de la televisión… ¡educando en suma!

En todos estos ámbitos la autocrítica ni por asomo existe.

Pasan por encima de esa expresión gastada por el tiempo, pero finalmente cierta: somos los arquitectos de nuestro propio destino.

xgt49@yahoo.com.mx

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