“El proceso de reapertura durante la pandemia ha revelado nuestras verdaderas preferencias y la educación parece no ocupar los primeros lugares. Cambiar nuestras prioridades no será sencillo porque están insertas en un juego perverso de endogeneidad: para hacer de la educación una verdadera prioridad, ésta debe mejorar su calidad pero para mejorar su calidad, la educación tiene que ser una prioridad para la sociedad. Este ciclo se rompe con una autoridad educativa comprometida con los aprendizajes, priorizando a los más pobres. En México está claro que la construcción de un sistema educativo que genere aprendizajes no está dentro de las prioridades del gobierno federal, pero hay otras 32 oportunidades para que la autoridad educativa actúe con responsabilidad y haga del sistema educativo un motor de la movilidad social”.
Rafael de Hoyos. ¿Por qué no abrimos las escuelas? En Nexos, junio 2021, p. 31.
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El tema de la reapertura de las escuelas y universidades con el consecuente retorno a clases presenciales sigue sobre la mesa aunque seguramente por la razón que esgrime Rafael de Hoyos en su excelente artículo recientemente publicado en la revista Nexos acerca de la nula prioridad que tiene la educación para el gobierno federal, el asunto no ha tenido una gran cobertura mediática ni ha generado el análisis que requeriría.
El ruido de las campañas con sus spots repetitivos y vacíos de contenido ha diluido el regreso a clases que ha decretado -como en muchas otras cosas, sin ninguna razón o argumento que lo sustente- el presidente López Obrador para el 7 de junio en todo el país, en lo que parecería más bien un elemento distractor para desviar la atención respecto a lo que ocurra en las elecciones intermedias que se realizarán justamente un día antes.
En el caso del gobernador de Puebla -y tal vez en algunos otros que ignoro- se ha declarado con claridad que la reapertura de las escuelas se va a realizar hasta agosto, al inicio del nuevo ciclo escolar, cosa que suena más prudente y lógica desde mi punto de vista porque no tiene mucho sentido volver a las aulas tres o cuatro semanas para luego entrar en el período vacacional de verano, asumiendo un riesgo sin que sea muy clara la ganancia.
Esta es mi posición personal respecto a la reapertura de las instituciones educativas, aunque la tesis del artículo citado en el epígrafe de hoy es totalmente la opuesta, porque el profesor de Hoyos argumenta como puede leerse en la cita, que la reapertura de espacios públicos durante esta etapa de la pandemia ha demostrado la nula prioridad que tiene la educación para el gobierno, puesto que se han reabierto ya los restaurantes, bares, cines, teatros y hasta gimnasios, pero las escuelas se siguen manteniendo cerradas.
El artículo toma datos de la UNESCO y muestra que América Latina es la región del mundo que ha mantenido más tiempo cerradas las escuelas comparando con el resto del mundo. Hasta el 30 de abril se habían perdido en Latinoamérica 217 días de clases presenciales, 92 días más de los que han perdido en promedio los niños y adolescentes de otras regiones del planeta.
Cita el artículo que en Medio Oriente y África del Norte se han perdido 167 días, en África subsahariana 116; en Asia 107, en Europa 93 y en Estados Unidos y Canadá 46. El artículo trata de explicar -y lo hace con procesamiento estadístico de datos- las razones de esta enorme diferencia de días perdidos de clases presenciales y plantea cuatro factores: un mayor impacto de la pandemia en la región, la precariedad de los sistemas de salud para enfrentar la enfermedad producida por el virus debida a un menor PIB per cápita, la mala calidad educativa que hace que se considere un costo menor el cierre de escuelas para contener la propagación del virus y la menor participación de la mujer en el mercado laboral que generó menor presión social para el retorno a clases presenciales.
El procesamiento de los datos mostró que estos cuatro factores explican 15 de los 92 días adicionales de cierre escolar, con lo cual, dice el autor: “Otra forma de interpretar estos resultados es que las escuelas han permanecido cerradas 77 días en exceso o por encima de lo que se esperaría considerando los factores ya mencionados” (p. 31).
La hipótesis explicativa de estos 77 días de exceso en el cierre de instituciones es realmente preocupante pues se afirma que parece deberse a un problema estructural muy profundo según el cual, como la escuela no aporta los aprendizajes básicos necesarios para la vida de los niños y adolescentes del país, la sociedad no resiente suficientemente la pérdida de días de escuela y por esta razón, no hay una presión social por reabrir las escuelas que haya hecho reaccionar a los gobiernos de manera más ágil para tomar las medidas sanitarias de precaución necesarias y abrir mucho antes las instituciones del sistema educativo.
Este problema, dice el profesor de Hoyos, trasciende a la pandemia puesto que la baja calidad de aprendizajes que reciben las familias de Latinoamérica, especialmente las de los sectores más pobres -que son millones- y la inoperancia de la educación formal como mecanismo de movilidad social y garantizar el acceso a mejores niveles de bienestar en su vida, hace que las sociedades de nuestro subcontinente no demanden a las autoridades educativas la indispensable rendición de cuentas para mejorar progresivamente la calidad de la formación que reciben los futuros ciudadanos.
Debido a ello, es posible que se considere un costo menor el de mantener cerradas las escuelas que el riesgo sanitario ocasionado por la ola de contagios del coronavirus.
Esta hipótesis que suena bastante consistente con la realidad de nuestros sistemas educativos hace evidente que la educación no ha sido una prioridad para los diferentes gobiernos de todos los signos ideológicos que han tenido los países latinoamericanos por décadas. No ha habido una apuesta real por mejorar la educación para promover sociedades con estructuras menos desiguales y más justas que combatan efectivamente la pobreza de muchos millones de personas en la región.
Es ahí donde el autor menciona esta relación dialógica entre calidad educativa y prioridad de la educación. Para que mejore la calidad de la educación, ésta tiene que ser una prioridad para el gobierno y la sociedad pero para que sea una prioridad necesita mejorar su calidad porque si se percibe la formación como un mero requisito que no aporta las herramientas necesarias para una vida mejor, no se va a invertir ni el presupuesto ni la energía colectiva, ni la exigencia social necesarias para mejorar la calidad de los aprendizajes que se reciben en la escuela.
Esta dialógica existía ya antes de la pandemia que obligó a no abrir escuelas, hizo que se mantuvieran cerradas muchos días más que en otras regiones de la tierra y va a seguir operando en la etapa de retorno a las clases presenciales.
En el caso de nuestro país es claro y lo he escrito antes, que la educación no es una prioridad para el gobierno actual -ni lo ha sido suficientemente para los anteriores-. Con una Secretaría de Educación Pública que parece estar desaparecida y por lo tanto no muestra un liderazgo real para romper este círculo dialógico vicioso de mala calidad y poca valoración de la educación; con un Instituto para la Mejora Continua de la Educación -mejor conocido como MEJOREDU- que no tiene autonomía de gestión ni ha mostrado un proyecto consistente y ambicioso para mejorar la calidad de los aprendizajes, con una prisa guiada por fines ideológicos y no pedagógicos para renovar los libros de texto, con un gobierno que prometió revalorizar a los docentes pero ha dejado claro que le bastaba con recuperar la paz sindical y el control corporativo del magisterio, hay muy pocas esperanzas de que reabrir las escuelas haga alguna diferencia.
El autor del artículo que he referido aquí, mira con esperanza las otras “32 oportunidades” de cambio que representan las autoridades educativas de las entidades federativas. Ojalá que algunas de ellas estén realmente pensando en posicionar la educación como una prioridad social que mejore su calidad y trabajando en mejorar la calidad de los aprendizajes para que la educación se vuelva una prioridad.
Más allá de esto, mi esperanza sigue más bien depositada en los docentes que organizados en grupos o comunidades profesionales de aprendizaje emprendan desde abajo este trabajo de ruptura del círculo vicioso que ha hecho que la presión por la reapertura de las escuelas sea prácticamente inexistente.