Jueves, 21 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

En el año de la extinción: ¿crecer o seguir siendo niños?

Es momento de tomar acción en lo que sabemos que debemos hacer y lo hemos dejado para después

Leopoldo Castro Fernández de Lara

Psicólogo, Master en Recursos Humanos, Maestría en Modelos y áreas de investigación en ciencias sociales. Sus temas de interés son los movimientos sociales, las representaciones sociales y en general la psicología social

Sábado, Mayo 8, 2021

Los mexicanos vivimos en un permanente conflicto entre distintas polaridades; por un lado, estamos orgullosos de lo que significa “ser mexicano” (ya sabes, el futbol, la comida, el sentido del humor), y por otro nos avergüenza descubrir cada día un nuevo signo de descomposición social que pareciera compite con una película de terror serie B por sus detalles grotescos.

 

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Por un lado, somos muy cálidos con quienes consideramos familia y damos todo por ellos y en otros momentos despreciamos a quienes tienen un color de piel o una situación económica distinta de la nuestra, hasta el punto de ignorarlos y abandonarlos a su suerte (sean pobres o ricos, blancos o negros). Nos gusta presumir sobre nuestros títulos –todos en este país somos “lics”, “maestro”, “inge”, “conta”, “arqui”- y al mismo tiempo sabemos que los títulos sirven de poco y los trabajos escasean y los que existen hacen pensar que hubiera valido la pena invertir el dinero que costó estudiar en otra cosa…

 

Nos llenamos la boca de promesas y siempre hay un futuro mejor en el horizonte, aunque seamos incapaces de atender el presente o aprender del pasado. Somos un pueblo con heridas abiertas que pretendemos sanar con curitas ideológicos que cada vez funcionan menos. La impunidad es quien realmente gobierna nuestro país y aunque nos han hecho creer que el COVID es terrible en realidad muere más gente por otras razones que no están de moda y que son más graves: obesidad, diabetes, hipertensión, falta de oportunidades, asesinatos, desapariciones, accidentes de tráfico, abuso de sustancias.

 

En resumen, somos como niños. Nuestra mente es infantil y al igual que los pequeños pensamos que ser grandes es actuar como grandes, aunque esto nos aburra después de un tiempo, nos canse y nos haga volver a actuar como niños. Nos vestimos como adultos, consumimos como adultos, pero no trabajamos como adultos, no amamos como adultos. Somos incapaces de comprometernos con nosotros mismos y mucho menos con los otros: somos impuntuales, cuando nos sentimos descubiertos somos graciosos o descalificamos al otro, proyectamos nuestras miserias en alguien más, echamos culpas, nos desdecimos, insultamos, golpeamos, hacemos berrinches, hacemos rabietas y esperamos que nuestra mamá (las instituciones, el dios que hemos creado, etc.) vengan a salvarnos, a rescatarnos de la farsa que hemos creado sin darnos cuenta.

 

Cuando alguien nos pide ayuda ofrecemos oraciones; cuando podemos hacer algo valoramos si esa persona es digna o no y cómo nos devolverá el favor. Cuando podemos pagar poco o robar (sí, la corrupción es robar) lo hacemos y lo convertimos en un chiste para normalizarlo. Si podemos romper las leyes nos alegramos de hacerlo y despreciamos los valores que las generaciones anteriores intentaron transmitirnos.

 

Pensamos que lo más importante sucede en las redes sociales y que el desarrollo tiene que ver con la tecnología. Abandonamos las calles, permitimos que se construyan casas en todos lados y prácticamente extinguimos los parques de nuestro entorno mientras levantamos muros para protegernos de los que no son como nosotros.

 

Todo esto son solo algunos síntomas de algo más profundo que vivimos y que no queremos ver. No queremos crecer, no queremos tomar la responsabilidad y dejamos que los peores de entre nosotros (los que descubren que siendo más agresivos y protagonistas que el resto pueden tomar el poder y nutrirse de él; los políticos) nos controlen.

 

Debemos recuperar las calles, los espacios públicos, el encuentro con los otros sabiendo que los otros no son mi familia, que mi familia es la humanidad y que el sufrimiento de los seres humanos no me es ajeno. El infantilismo que nos caracteriza se puede terminar cuando como individuos nos comprometemos con nosotros mismos y crecemos para ser la mejor versión que podemos ser.

 

En tiempos de crisis se abren nuevos caminos, pero principalmente dos grandes opciones: aferrarnos a lo de siempre (lo infantil) o construir algo nuevo desde la vulnerabilidad (la madurez del crecimiento).

 

No esperemos a que haya otro temblor que nos haga “solidarios”. Es momento de tomar acción en lo que sabemos que debemos hacer. Todos hemos tenido la intuición certera en algún momento de lo que debemos hacer y lo hemos dejado para después. Ya no hay después. Lo que sigue es pelearnos por el agua y si queremos sobrevivir es momento de cambiar… no desde una propuesta política tramposa (del color que sea) sino desde mí mismo. Haz lo que tienes que hacer, haré lo que tengo que hacer y juntos crezcamos y cambiemos esto de una vez por todas.

 

 

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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