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OPINIÓN

Con la voz biológica que se elija

El cuerpo llamado biológico no se agota en ninguna presencia

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Lunes, Abril 26, 2021

Es con esa voz, completamente fabricada y

absolutamente biológica, con la que les hablo

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ahora, estimados señores y señoras de la Academia.

Paul B. Preciado

 

It's no' just that the brain has a history […] but that it is a history.

A reasonable materialism […] would posit that the natural

contradicts itself and that thought is the fruit of this contradiction […]

Plasticity, rethought philosophically, could be the

name of this entre-deux.

Catherine Malabou

 

 

Un craso error de la epistemología contemporánea consiste en restringir la “construcción” al mundo de la “cultura” y especialmente del lenguaje, es decir, asumir que la producción y la invención, corresponden al mundo humano, mientras que a la naturaleza le corresponde lo “cíclico”, lo “cerrado”, lo “predeterminado”, lo “dado”, etc. Esta distribución se ha vuelto no solamente débil a la luz de la nueva imagen que hemos ganado de los átomos, las plantas o los simios, de todo eso que metemos en el saco que llamamos “naturaleza”, sino también ahora que lo “político” pierde cada vez más sus fronteras. La capacidad de intervenir a escala atómica o genética, la posibilidad de acelerar los cuerpos humanos llevándolos y trayéndolos por el mundo antes de que su cerebro pueda adaptarse al huso horario, el desarrollo de fármacos que modifican el pensamiento, más un largo etcétera, hacen urgente (una vez más) redefinir la magnitud y naturaleza del campo de acción de la especie. No basta, pues, ponernos a hablar. Podemos hablar de todo. Y lo hacemos. Lo necesitamos. Pero también hacemos otras cosas. Formamos el cuerpo, de las uñas al cerebro por variados caminos. Eso no-eres también. Lo decimos así, en negativo, porque el cuerpo llamado biológico no se agota en ninguna presencia. Él es el primer ensayo de la ausencia bajo la forma de la memoria: cerebral o genética. Pero claro, para no poner una bala en la sien del sujeto recordemos que los caminos de ida vuelta son múltiples, pero no simétricos. El sexo, decía un querido maestro, es lo que se disfruta con la lengua, en todos los sentidos. Todos los sentidos. Propiocepción (no se toca nada sin tocarse uno mismo), equilibrio (el sentir está atado a la historia de la tierra y su gravedad), tacto, gusto, olfato, vista, oído … y entendimiento. Esta ambigüedad del término “sentido” debemos aprovecharla: multitud de registros y tránsitos-obstrucciones entre ellos. El “conflicto”, de donde bebe toda vida, en todos sus niveles, no sólo se sigue de la imposibilidad de cerrar armónicamente su campo, sino de conformarse con uno solo. Con un solo campo, con un solo registro, con un solo tiempo o un solo espacio. Es todo lo que decimos. Sin querer resucitar el alma del mundo de entre las partículas subatómicas. Así como el artista reconoce la pluralidad de los materiales con los que trabaja, debemos reconocer la pluralidad de lo material. No estamos en la disyuntiva: materialidad de las piedras vs materialidad del significante. Hay mucho más.

 Es ya una ingenuidad epistemológica considerar que da lo mismo lo que el cuerpo sea (o sean) o lo que se haga de o en, sino que lo que realmente importante resulta lo que digamos de él. En eso coinciden Lacan y Habermas: lo que cura es la palabra. En el diván, escuchando fantasmas y deseos o en el espacio público, tratando de superar la distorsión. El primero desalojó de Freud los “restos biologicistas”, como el segundo purgó los residuos “materialista-económicos” de Marx. Se puede vivir bien sin el cuerpo de trabajador y sin la animalidad. Finalmente, ¿no somos seres del lenguaje? Diríamos mejor: seres de la escritura. Y todavía mejor. Seres de las escrituras. Lo cual incluye, desde luego tanto la plasticidad, como la inflexibilidad estratégicas. La necesidad cuando se nos exige ser flexibles y la plasticidad cuando se nos clava a un destino.

En noviembre de 2019, el filósofo Paul B. Preciado pronunció una conferencia ante la Escuela de la Causa Freudiana, en París. Él mismo se presenta como cuerpo trans, de género no-binario. Habiendo nacido mujer en la España franquista a partir de cierto punto de su vida, decide escapar. Escapar de ser mujer. Y si bien comienza a salir de lo que denomina su cárcel por medio de hormonas masculinizantes, no quiere/puede simplemente identificarse con el otro género. Las imputaciones que hace al psicoanálisis hacen preguntarse lo que eta escuela ha hecho con aquel después de cien años de discusión. Y lo que dice sobre ellos y la sociedad parece dirigido a otra época. Pero aquí sólo se confirma las migajas morales que (a veces) podemos recoger después de décadas de luchas. Lo que más impacta del discurso no son las admoniciones, sino el testimonio. O mejor, lo que amonesta es la historia de su vida. En todos los sentidos: personal, pública, biológica, simbólica. Es así porque simbólicamente se ha resistido a la identificación con cualquiera de los sexos, aunque biológicamente haya hecho todo por producir un cuerpo masculino a partir de una mujer biológica. Podría haber hablado de ello. Digo, solamente hablado de ello. Porque, no habló de otra cosa: frente a médicos, psicólogos, quizá también psicoanalistas. Pero no. Se inyectó testosterona. Era preciso y necesario. Había que agitar su relación con la diferencia sexual (que, lacaniamente, no es asunto de identificación, sino precisamente de imposibilidad de identificación cabal) con el cuerpo. En el cuerpo. Había que hacer farmacopolítica, si se quiere. Es el lado que poco se admite en la famosa “biopolítica” foucaultiana: que la administración de lo vivo es correlativa a la posibilidad de su politización. Lo mismo puede decirse de la disciplina: si por un lado nos confina y nos enseña a ver y a pensar de cierto modo, por el otro, nos capacita en cierta dirección. Este es lado que Foucault amputa a la dialéctica señorío-servidumbre de Hegel: el saber del esclavo que incluye, naturalmente, un saber-hacer con su cuerpo. Y eso incluye desde los modos alternativos de curarse las dolencias, hasta el modo de alimentarse y de ejercitarse. El “hacker”, por ejemplo, ha sido entrenado y, si se quiere, “disciplinado” en la informática (el horror para Heidegger, que todavía la llamaba cibernética), pero es su saber-hacer lo que le permite encontrar un agujero en un sistema. Que use aquello para poner su nombre en la página hackeada por un día, para ganarse la vida en una empresa de antivirus o para filtrar documentos clasificados, como Wikileaks, es lo que hace toda la diferencia. Pero al menos a nivel de saber-hacer y de la estructura, no se le puede escatimar al esclavo, todos nosotros, un saber.    

Pues bien, claro que no solamente se inyectó testosterona, sino que se puso a hablar de ello. Pero entiéndase que no se podía prescindir en absoluto del lado corporal-farmacológico. Es así que mientras un trans se inyecta testosterona, el enfermo crónico habla de su enfermedad mientras se medica. El deportista, independientemente de lo que diga respecto a lo que hace, lo más importante es el modo de producir un cuerpo, con cierta fuerza, cierta forma, cierta capacidad de movimiento, ciertos reflejos, todo ello por medio del disciplinamiento más estricto, más duro que la escuela primaria, supuestamente “normalizante”. La farsa de la educación consiste en que, si bien hace todo lo posible por normalizar, no lo hace en el sentido en que explícitamente lo declara; es decir, no normaliza por el currículum como por la pereza, por los comentarios entre clases y en los pasillos. El chisme es más normalizante que la materia de español, que, ya lo vemos, cada vez es menos efectiva. La escuela, que llamamos furiosamente disciplinaria, no puede evitar la deserción, ni la reprobación masiva, ni la falta de interés, ni siquiera puede garantizar ya la “obediencia”. En cuanto a los Estados, su fuerza les viene también de regiones “inconscientes”, es decir, tácitas e informales, más que de órdenes claras y precisas. Ejemplo: el mero llamado a sus ciudadanos a usar un tapabocas, así sea por el egoísta interés de no contagiarse (olvídese contagiar a los demás), ha levantado masivas olas de rechazo, frente a las cuales el Estado es absolutamente impotente.

La conferencia de Preciado es clara en un respecto. No solamente el discurso, sino también el cuerpo es asunto de producción. Pero no porque entonces, debamos atender al “cuerpo cultural”. La distinción no tiene sentido. El cuerpo se extiende por la muda biología de un organismo que meramente se mantiene vivo, por el cuerpo sintiente e inteligente que le corresponde al humano por la evolución y el cuerpo cifrado por el lenguaje. Cierto psicoanálisis no ha acostumbrado a pensar el lenguaje como una “irrupción” en el mundo tranquilo e idílico de la naturaleza. Según esto todo en ella tiene su sitio y su solución. No hay conflicto que no tenga su respuesta prescrita. Hay un cuento, particularmente insidioso, según el cual el ser humano está “biológicamente incompleto” y que por esa razón tiene necesidad de la cultura. Estoy seguro de que, si el cachorro humano pudiera correr en dos patas en instante posterior al parte, no por ello se ahorraría, en 15 años, un desplante frente a mamá. O no importa. Un conflicto con el chamán. O una tristeza por no haber sido mirado o mirada como se lo había imaginado. Sí, lo hace porque tiene memoria, porque piensa y porque habla. Pero bueno, si el ser humano está “inmaduro” en su nacimiento, eso quiere decir que lo humano, anticipa a lo natural. Pues el niño aprenderá el juego de las miradas y de los balbuceos significativos mucho antes de conquistar su cuerpo. Así que podemos fácilmente suponer que el cuerpo se va desarrollando a la par de las identificaciones con los otros, a la par del lenguaje. Nada sucede de golpe. O, como dice por ahí un Hegel inspirado: lo que vemos como el drástico rompimiento de una figura en el mundo (sea en la naturaleza o en el espíritu) disimula un largo proceso de desarrollo silencioso. Nada de oponer continuidad y discontinuidad, sino de elegir la mirada desde donde se quiere juzgar por el momento.  

La naturaleza no es un prius neutral que viene a recibir la forma del lenguaje, como sucede tanto en Aristóteles (con la materia prima que recibe la forma de fuera), como en el Evangelio, que la madre carnal recibe el espíritu, es decir, la palabra, del Padre. El niño llega con su propio talante, con su propia constitución, sus inclinaciones. Llega con un cuerpo escrito por hormonas y alimentos, que serán parte de su comportamiento corporal y tan significantes como las palabras. Eso significa que el cuerpo irá desarrollándose biológicamente a la par de las identificaciones empíricas con los otros. Lo mismo sucede con el lenguaje. Éste no entra de golpe. Suponer que el lenguaje comienza con la introducción de una diferencia ajena a la naturaleza no requiere más que introducir una distancia de la naturaleza respecto a sí misma. Y esa diferencia que suena aquí tan esotérica se llama evolución. Los códigos binarios, pero también ternarios y otros, operan en la naturaleza desde mucho antes de que funcionen en una inteligencia. Y esta inteligencia, es anticipada por el animal. Es como si la psique resultara de una (esa sí) inédita introducción de un régimen de escritura preexistente (en los genes, en los electrones, en los imanes), en un cuerpo y en una mente animales (no se confunda la corporalidad en tanto organismo con su existencia como inteligencia sintiente o sensibilidad inteligente, que “constituye” un mundo, en el sentido fenomenológico del término). El infante no recibe la palabra como la mula el hierro. No podría. No tiene el cerebro para ello. Y el lenguaje no puede imprimirse súbitamente sobre el cuerpo porque éste es demasiado blando, plástico lo llaman. Se está formando. Esta es la simple razón por la cual el lenguaje debe ir tejiendo más fino sobre un cuerpo en movimiento, en formación. Plasticidad sobre plasticidad. Nudo sobre nudo. Y nudo sobre palabras, sobre nudos de trenzas de palabras. Pero nunca gelatina sobre gelatina.    

La plasticidad constructiva, lo mismo que sus resistencias (obstrucciones, insistencias, persistencias y anquilosamientos) pertenece tanto al lenguaje como al cuerpo. Para terminar con el giro lingüístico es precisa una tarea doble: primero reconocer su marca más allá de lo que de suyo reconocemos como lenguaje. El lenguaje más allá del lenguaje. Segundo: inscribir el lenguaje en una familia más amplia de estructuras, discretas y dinámicas, fijas y plásticas, y de sus interacciones: jerárquicas, heterárquicas, biyectivas o suryectivas.   

 

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