¿Dónde está el cuerpo? Sin duda aquí o allá. Pero no sólo. El cuerpo es un lugar en sí mismo en conexión con otros lugares. Se ha instalado en nosotros la convicción de que los cuerpos son como átomos que pululan en un espacio vacío y que a veces se encuentran. Este atomismo llama a los cuerpos de muchas formas: mónadas, átomos, proposiciones, conjuntos, puntos, significantes. Entre ellos no hay nada. Puro vacío. Y cuando se encuentran, no cambian su naturaleza. De hecho, los encuentros y los enlaces son superficiales, epifenómenos, si queremos, que no modifica lo que hay “en última instancia”.
Dos cuerpos que se tocan permanecen, tras su encuentro, lo que siempre han sido: una esfera cerrada, infinitamente distante de todo lo que sucede en su entorno. Es la lógica de la combinatoria. Éste nuestro cuerpo, no concebimos metafísicamente como un cuerpo separado de todos los demás. Cuando toca, no es realmente tocado: es como dos esferas, que solamente pueden tocarse en el diminuto punto. La variante del continuum, que se opone al atomismo, no es más interesante. Ésta dice: no hay puntos, ni nada separado, solamente un magma continuo donde todo se confunde. Las diferencias son variaciones evanescentes en un magma sin cortes. Es el gran caramelo cósmico que late como un gran animal, produciendo un crisol de colores en su sístole y diástole. Pero aquí no hay individualidad, independencia, todo está sometido a una misma duración y a un mismo espacio, aunque cada región pueda tener su viscosidad local. Políticamente el atomismo se llama liberalismo: un conjunto de individuos tomando decisiones de manera supuestamente autónoma, sin tocarse entre sí, sin penetrarse, sin mezcla. Solamente existen resultantes, ley de los grandes números donde la sociedad emerge como el resultado complejo de interacciones individuales. Políticamente el continuum es la voluntad popular unificada, es la multitud revolucionaria que no necesita hablar, ni atravesar el conflicto interno, para poder ejercer su poder de transformación: ella sabe sin saber.
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Pero ¿es que no hay más que estos dos espacios extremos reservados para los cuerpos? Tomemos el ejemplo de la pandemia. ¿Dónde acaba y termina nuestro cuerpo? Yo soy yo y mis bacterias. Por eso guardamos distancia. Nos convencimos de que el cuerpo está bordeado por una membrana que divide el adentro y el afuera como las fronteras los países en el mapamundi. Pero ¿dónde termina mi cuerpo? Soy también mis humores, este entorno que genera mi respiración y que lleva oxígeno y dióxido de carbono lo mismo que bacterias. Esa nube me sigue. Y contagia. Por eso el metro y medio y los tapabocas. Soy cuerpo con ventanas. Orificios de entrada y salida. Pero también innumerables poros de transpiración y absorción. Soy no solamente dos narinas, sino la ramificación que llega hasta los alveolos, donde realmente entra el oxígeno al cuerpo. Pero ahí solamente comienza el transporte, para que el oxígeno pueda llegar al interior de las células. Expresémonos mejor: hay un umbral que da mi nariz y un largo camino con otros tantos umbrales que dibujan diferentes grados y modos del adentro y del afuera. Aquí ni siquiera hablamos del lenguaje: que está dentro y afuera: dentro en nuestra memoria: afuera por su origen (yo aprendo el lenguaje de los otros): dentro-fuera en el constante intercambio que constituye su vida y en ningún sitio, porque el lenguaje, en cuanto estructura, no “experimenta” su tránsito entre los individuos. Se olvida muy rápido que el cuerpo que yo soy comienza con el intercambio.
Asumimos también que el cuerpo es compacto. Sí, tiene huecos y orificios, pero él camina en una sola pieza. Hay quienes ponen el acento en la composición de las partes. Otros asumen su continuidad, anatómica o funcional. Pero entre la continuidad de un hueso y su interrupción donde comienza otro, hay ligamentos, articulaciones, que están hechas de un tercero dado: un cartílago y una delicada transición que produce una continuidad no-simple del cuerpo. Ni una sola pieza ni varias pegadas como un modelo de lego. Digamos algo más. Descartes, el supuesto carnicero que dividió mente y cuerpo perdía el sueño al reflexionar sobre las heridas. Cuando me corto el dedo estoy del lado del cuerpo, de una cosa, que debería funcionar como una máquina; pero ese daño material produce inmediatamente dolor. Eso haría a Husserl introducir un tercer término entre los cuerpos inertes del mundo y la escurridiza “mente”: la carne. La carne es cuerpo y mente, es inteligencia sintiente y sensibilidad inteligente, nada de datos desorganizados de la sensibilidad, sino siempre información relevante para vivir y sobrevivir, para interactuar: más que un movimiento mecánico, menos que un pensamiento consciente. Cuando mi cuerpo se toca a sí mismo, él es sujeto y objeto, cuerpo y mente. Quiasmo: lo llamó Merleau-Ponty.
Heredamos también el prejuicio de que el cuerpo es una suerte de yo, alguien que distingue, primariamente, lo propio de lo ajeno. Lo propio es todo lo autóctono, lo que él ha producido. Extraño es lo que entra en él. Para que el cuerpo pueda aceptar lo extraño debe modificarlo radicalmente, debe negarlo. Es el caso de la comida: ella debe ser, antes que nada, elegida por la voluntad del ser hambriento. Luego, éste tritura la comida, destruyendo su macroestructura. Luego, destruye el siguiente nivel de estructura con los jugos gástricos. Finalmente, nada queda de lo devorado, excepto componentes últimos, moléculas que operan como bloques que pueden finalmente ser aprovechados. El cuerpo domina. Así lo creímos. Pero en la comida pasan todo tipo de moléculas sobre las que no tiene potestad la muela, ni el ácido clorhídrico, ni el metabolismo. Así enfermamos por los nitritos, por ejemplo. Lo ingerido tiene sus derechos por sobre el “ingiriente”, más allá de sus sistemas de síntesis y lisis. De ahí la ingente consideración sobre lo que comemos y cómo lo comemos.
Pero hay más. Yo soy yo y mi bioma. Eso quiere decir que el cuerpo no es un yo, con su adentro y su afuera, sino un conjunto de seres aliados bajo ciertas condiciones. Pensemos solamente en la mitocondria, un organelo que en algún momento de la historia de las células llegó para quedarse. Que posea un núcleo habla de una probable autonomía y de ese arribo a la célula eucariota. Este ejemplo de simbiosis opera transversalmente a las especies y no está escrito en ningún código genético. En el nivel de organismo, yo confío en que mi cuerpo es el único responsable de realizar las funciones de digestión. Pero ésta sería imposible sin la flora que puebla mi intestino. Estoy poblado de seres de los que depende la existencia y operación de esto que llamo “mi organismo”. Nos convencimos de que el cuerpo era un territorio en el sentido de la nación, que luchaba contra los otros, como estúpidamente luchan aquellos contra los extranjeros. El sistema inmunológico lo concebimos como un ejército espartano venciendo huestes de oriente. Pero el sistema inmunológico no produce “defensas” sin contacto, sin experiencia con lo otro. No solamente está poblado el cuerpo de “extranjeros” sin los cuales no puede funcionar, sino que él no puede defenderse de la alteridad de los bichos si no los conoce directamente antes, sino los “toca”. Las vacunas son experiencias controladas de la alteridad, pero no barreras que eviten su contacto, desde bacterias muertas a virus inactivados, hasta los nuevos mecanismos de ARN mensajero, donde se produce una espícula, una parte del virus, lo que desata la respuesta inmunológica. El conocimiento fino de los procesos inmunológicos destruye su burda interpretación como un ejército que ataca estúpidamente todo lo “extraño” solamente por ser extraño y no por ser, sobre todo, dañino. Consideremos también el hecho de que lo que suele matar al cuerpo muchas veces no es el bicho, sino una desproporcionada reacción del cuerpo. En el caso del padecimiento COVID-19 la llamada tormenta de citoquinas que puede producir fallas en órganos (trombosis, hemorragias). Cada vez se establece con más claridad la correlación entre la inflamación, respuesta inmunológica que puede ser muy inespecífica (como puede verse en el caso de enfermedades autoinmunes), y otros eventos y padecimientos como infarto al miocardio (medible por altos niveles en proteína C-reactiva y otros marcadores) y quizá cáncer y diabetes (en concomitancia con factores genéticos y de hábitos).
Heredado también de los cartesianos (más que de Monsieur Descartes) está la idea de que el cuerpo es una máquina o, peor, una tabula rasa, una suerte de materia prima sobre la cual se viene a inscribir el lenguaje, lo propiamente humano. Pero el lenguaje y su operación comienza como un pequeño bicho capaz de escritura, es decir, de registrar, leer y escribir (lo que incluye copiar y repetir en general). Esto lo hace el hablante, pero lo hace también el animal con memoria, lo hace también el sistema hormonal, lo hace también el sistema endócrino (básicamente un sistema de comunicación), lo hacen las células con ese sistema de codificación y construcción que rige al ARN y al ADN. La memoria humana es un modo de escritura más general. Hay memoria en los materiales (que tras una deformación tienden a seguir trayectorias que se encuentran en su historia, como una especie de dependencia del rumbo en la mera materia), memoria genética, memoria muscular, memoria inmunológica… Y es que ¿no hay información donde hay estructura? Si esto es así, no hay separación entre naturaleza e información o entre naturaleza y operación de estructuras y sistemas de escritura. Estamos ya muy lejos del “corte” que supuestamente separa naturaleza y cultura. Éste funciona solamente cuando hacemos de la naturaleza (o del cuerpo, como hemos visto) un pedazo trivial de materia, inerte, sin autonomía, sin estructura. El sistema de escritura humana no opera en los mismos términos que el sistema de escritura genética, pero con todo, no se trata de dos cosas absolutamente heterogéneas. Hay elementos, combinaciones, interpretaciones, errores, copias. Si nos quedamos solamente en el cuerpo humano, para no ser acusados de delirio pitagórico, podemos ver que los diferentes sistemas de escritura se acoplan entre sí y trafican con información por medio de traducciones. Si esos acoplamientos o traslaciones de información entre estructura no podríamos entender lo que hoy llamamos groseramente relación mente-cuerpo. Más bien deberíamos hablar de los diferentes sistemas de escritura y sus interrelaciones, sus acoplamientos, sus traducciones, sus conflictos, etc.
Se encuentra también muy extendida la idea de que la información está hecha de piezas sueltas y reglas de combinación. Por ejemplo, las palabras y las reglas de sintaxis. O las bases nitrogenadas (A, C, G, T) y sus agrupaciones en codones y luego en genes, que a su vez codifican proteínas, que no son sino secuencias de aminoácidos. Pero hay también diferencia, estructura y codificación en el continuum. El enrollamiento del ADN, desde su estructura helicoidal hasta, localmente, el “supercoiling” forman parte de la escritura -y eso implica asentar (escribir), como decodificar (leer), como transcribir (correr el programa para construir algo, como una proteína o una casa a partir de planos)- de la vida. Estamos acostumbrados a la escritura discreta, pero existe el extraño sistema de quipus usado por los Incas, basado en nudos. El mundo de las trenzas y los nudos, lo pliegues y los enrollamientos constituye un universo de escritura sobre el continuum, que le da un carácter de continuidad no-simple y lo hace capaz de ricas estructuras. También el tránsito en el mundo continuo y discontinuo debe considerarse como una traducción entre sistemas de escritura. Las proteínas, por ejemplo, no solamente responden a una codificación, a una secuencia particular de aminoácidos, sino también a su pliegue espacial, de modo que dos secuencias idénticas pueden producir pliegues distintos, lo que se traduce en funciones distintas de esa proteína. También las histonas que participan en el enrollamiento del ADN parecen tener cualidades topológicas responsables de codificación epigenética, la cual interactúa con el conocido mecanismo de expresión (fenotipo) de secuencias genéticas (genotipo).
El cuerpo no es ni última ni primera instancia, ni comienzo ni fin, ni la base ni la cima. Es, más bien, un conjunto de espacios que operan como sitios de escritura. Cada uno de ellos, seguramente, está en tensión “interna” por la existencia de varios “atractores”: son espacios que se jalonean, espacios que en su tensión producen fuerzas morfogenéticas, que dan cuerpo a los cuerpos. Pero los cuerpos poseen sus propios centros, sus propios atractores y sus propias invenciones morfológicas. Se produce un relativo equilibrio dinámico entre diferentes espacios que se entrelazan diferentemente.
En derecho existe la figura llamada “habeas corpus” que deja implícita la segunda parte “ad subjiciendum”. Literalmente significa: “que tengas tu cuerpo para mostrar/presentar”. Su sentido es, tener a disposición el propio cuerpo para defenderse en caso de una detención por la presunción de un delito. Con ello se asegura el derecho de todo detenido a ser escuchado directamente, de tal modo que no se pueden levantar cargos en contra suya sin la posibilidad de una defensa directa. Podemos decir que el cuerpo es la capacidad de ser agente de causas y efectos en una comunidad con otros cuerpos. Si estamos en el suelo o en la cama, incorporarse significa levantarse, con lo cual podemos caminar y realizar las actividades del día. Cuando incorporamos un nombre a una lista significa que ese nombre cuenta frente a los otros. Incorporarse a una conversación significa escuchar, comprender y poder hablar, es decir, participar en ella. Solemos decir también que incorporar algo implica producir una nueva mezcla, producir algo nuevo. Pero si aquí los elementos se funden, lo surge es una nueva sustancia. Hemos reflexionado bastante poco sobre la química de las relaciones humanas: pensamos las sustancias homogéneas o la no-mezcla (como el agua y el aceite), pero no las emulsiones (como agua y aceite después de agitarse) ni las o las suspensiones, ni de los mecanismos de separación, como decantar, sublimar, colar. Como sea, el cuerpo significa siempre participación en un espacio con otros cuerpos. No hay cuerpos absolutamente aislados, ni tampoco un gran cuerpo. Hay cuerpos para otros cuerpos, actual o potencialmente, cuerpos expuestos, cuerpos que se pueden tocar y que se confunden en sus vecindades, cuerpos no solamente con ventanas, sino con tubos de interconexión con otros cuerpos, cuerpos con membranas (tan complejas como las de las células, con canales y sistemas pasivos y activos de intercambio), a veces con bordes difusos. Cuerpos: siempre más de uno, siempre con y para otros cuerpos, siempre con bordes, pero móviles y complejos.