Micro historias…

Domingo, Marzo 28, 2021 - 09:11

La Cama de Oro, La Loba de San José Chiapa, y La Bella dama o “lo que el tiempo se llevó”

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Hay historias que no por pequeñas dejan de ser parte del paisaje urbano o rural. Como las hojas, así sean diminutas, forman parte del follaje de un árbol.

Aquí van algunas.

Esta que ahora cuento me parece que la leí en El Sol de Puebla, hace muchos ayeres.

En la casa que hoy se conoce como de “La China Poblana”, esquina de la 4 Norte y Juan de Palafox, existió no se bien si una vecindad o sólo eran departamentos de personas de clase media.

Ahí vivió un sacerdote. Un día el padre murió y los parientes, como suele ocurrir, empezaron a deshacerse de sus modestos enseres: cajones con ropa, zapatos, libros y muebles, algunos de estos ya desvencijados.

Regalaron algunas cosas y vendieron otras. Entre estas una vieja cama de latón, de esas doradas de cabeceras muy altas. Esta ya estaba ennegrecida por la pátina y el tiempo.

Llegaron por la cama un par de compradores de fierro viejo y antigüedades. Eran dos tipos jalando un carrito apropiado para este tipo de trebejos. Subieron la cama y otras cajas y enfilaron hacia donde seguramente tenían ya cliente para la reventa.

Pero en la 2 Oriente, entre la 2 y la 4 Norte, los tubos de la cama (que cuando la subieron notaron muy pesada), se empezaron a zafar. Se les cae parte de la cama del vetusto carretón y empiezan a tratar de ensamblar nuevamente las piezas.

Y cuál sería su sorpresa, cuando de uno de los tubos empiezan a caer, como en chorro, monedas de oro. ¡Sí, centenarios..! Empiezan a revisar los tubos de la cabecera y patas, y todos estaban llenos de centenarios.

Acomodan apresuradamente todo y retoman el camino a más velocidad, para evitar a los curiosos o algún eventual reclamo.

Seguramente esa fortuna cambió la vida de este par de compradores de viejo, que nunca imaginaron encontrar un tesoro en forma de  “La Cama de Oro”.

Otra historia:

En la hoy famosa población de San José Chiapa, al centro del estado, vivió don Rubén Lara. Él tenía, a paso de carretera, una tortería que era muy famosa en la región, sobre todo entre camioneros y viajeros que cruzaban en esa transitada vía. Se llamaba su negocito “La Loba”, ignoro por qué razón.

Pero quien ahí entraba se llevaba un recuerdo en el paladar, inolvidable. No era una tortería cualquiera. Era un deleite  comer ahí o llevarse para el camino el refrigerio que él preparaba.

Hacía cemitas poblanas tamaño gigante, fácilmente medían treinta o treinta  y cinco centímetros de diámetro. Y otras, del mismo material de las cemitas poblanas pero largas, como una especie de cocoles como de cincuenta o sesenta centímetros. Más parecían trompas de cocodrilo, perfectamente bien doradas, con su ajonjolí y crujientes.

Pero el contenido era superior al continente. Les ponía milanesas, pierna horneada, jamón serrano, queso de dos o tres tipos, pata de cerdo, aguacate, aceite de oliva,  chiles en vinagre y chilpotles, entre otros ingredientes. Todo de manera generosa, no le temblaba la mano.

Las servía levemente calentadas en el horno. Despedían un olor para revivir  muertos. A las redondas les llamaba lobas. En verdad eran un manjar que hacían inolvidable “La Loba” de don Rubén.

Ya era un hombre mayor. De joven, contaba a quien le despertaba algo de confianza y  bajando un poco el tono de voz, había sido “colaborador de don Maximino”, así decía él.

Lo cierto es que había sido parte del sicariato de Maximino Ávila Camacho, cacique teziuteco-poblano con una vida caracterizada por los abusos, el machismo y los crímenes.

Don Rubén hacía muchos años que había cambiado radicalmente su vida, el que conocí en “La Loba” era un hombre de aspecto bonachón, regordete, de muy buen carácter, sonriente, y aparte de sus extraordinarias cualidades culinarias…era coleccionista de monedas antiguas.

Tenía una magnífica colección de estas piezas y, con absoluta discreción, a ciertas personas que lograban penetrar en  su estrecho círculo de amistades,  les mostraba con orgullo  algunas cajas donde, debidamente clasificadas, tenía sus monedas.

Esto trascendió en la región y alguna vez sufrió un asalto por una banda de ladrones ahí dentro de su negocio. Este hecho infortunado  le dejó un daño emocional muy fuerte y a los pocos años falleció.

Su personalidad, la forma de tratar a la clientela y sus famosas Lobas,  convertían su negocio en un alto obligado en esa carretera que cruza San José Chiapa. El tendejón  me parece que existe, pero transformado y sin las características y el imán que le imprimía el inolvidable don Rubén Lara.

Y la tercera:

La dama había sido extraordinariamente guapa. Famosa por su belleza en ciertos círculos de la sociedad poblana.

Un tanto vacía en la conversación, por no decir casi elemental. Talento y hermosura casi no caminan juntas  en la misma acera.

Su vida fue exitosa en eso de hacer fortuna fácil y ascender  ciertos escalones del poder, eso que con frecuencia se presenta como espejismo del triunfo, la gloria o la felicidad.

Capitalizó el físico en la juventud y hasta llegó a modelar para la marca de ciertos productos comerciales.

Transcurrió el tiempo, vino el otoño y el cobro de facturas que suelen venir engrapadas  en los calendarios.

Los años son evanescentes sobre la condición humana. Difuminan aquello que alguna vez tuvo frescura, atracción, brillo  que despertó pasiones y codicia en su derredor.

Se presentó la dictadura que derrota a la belleza: el tiempo.

En cierta ocasión un amigo y yo hacíamos tiempo para realizar un viaje en la terminal de autobuses. De pronto entró la dama. Él la vio y quedó sorprendido por lo que cronos había hecho de aquella beldad de hace muchos ayeres.

 La gordura, arrugas, deformación de los rasgos faciales y huérfana absoluta de atractivos, volvieron a la dama casi irreconocible.

Pero más le llamó la atención su acompañante, quien la traía abrazando:  un hombre gordo, la barba crecida y descuidada, de aspecto costeño, el cabello desaliñado y la camisa sucia, con mala facha, con la apariencia  de un descuidado chofer de un camión carguero.

Mi amigo, con un dejo de sorpresa y filosofía sólo comentó: “lo que el tiempo se llevó..”

xgt49@yahoo.com.mx

 


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