Carta de quien pretende aprender

Lunes, Marzo 22, 2021 - 10:13

Llegó un cambio de paradigma que se centra en el aprendizaje y en los educandos

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Decano UPAEP

Para Enrique Eulogio López Morales (1978-2021), amigo y alumno del que tanto aprendí.

 

“Considero el testimonio como un “discurso” coherente y permanente de la educadora (el educador) progresista…La práctica educativa en la que no existe una relación coherente entre lo que la maestra (el maestro) dice y lo que la maestra (el maestro) hace es un desastre como práctica educativa…”

Paulo Freire. Cartas a quien pretende enseñar, p. 82.

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            Estamos en una época en la que al menos en el discurso teórico y en las narrativas de los educadores, investigadores educativos, formadores de docentes y autoridades educativas se habla de un cambio de paradigma que deja atrás la visión de una educación centrada en la enseñanza y en el profesor o profesora a una perspectiva que se centra en el aprendizaje y en los educandos.

            En lo personal soy más partidario de un enfoque que entienda a la educación como un proceso centrado en la relación pedagógica entre ambos actores: educador o educadora y educandos.

            Desde luego mi posición no es un descubrimiento personal ni algo que no se haya planteado antes, aunque considero que debería hacerse mayor énfasis en ella dada la prevalencia del enfoque que señalé al inicio que implica un movimiento pendular que va del centro en uno de los actores al centro en el otro.

Uno de los autores que desarrolló en su obra un planteamiento muy sólido y aplicable de esta visión de la educación como proceso dialógico entre educador y educando fue el gran pedagogo brasileño Paulo Freire de quien es muy conocida la frase: “Nadie educa a nadie —nadie se educa a sí mismo—, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”

En efecto, para Freire los seres humanos se educan en comunión, en una relación constructiva en la que tanto los profesores como los estudiantes son actores centrales que desde roles distintos tienen que decir su palabra y escucharse mutuamente.

En este proceso dialógico que implica educar, el profesor enseña pero también aprende y el educando va a la escuela o a la universidad para aprender, pero en su proceso y en su forma de aprender también enseña a los profesores que son capaces de estar abiertos a ese otro con el que comparten el aula, el laboratorio o el taller.

Recientemente en una breve charla al inicio de una actividad educativa interinstitucional me comentaba la directora académica de un programa de licenciatura en Pedagogía que uno siempre se acuerda de todos sus estudiantes de las distintas generaciones aunque pasen los años, pero que hay algunos o algunas que quedan más grabados en la memoria y en el corazón porque su apertura y deseo de aprender, su compromiso y sus cualidades dejan una huella y muchos aprendizajes significativos en sus docentes.

Puedo constatar de manera fehaciente esta afirmación porque a pesar de haber iniciado en la práctica docente cuando aún era muy joven y de haberlo hecho de una manera empírica, sin tener una formación pedagógica previa, o tal vez por estas dos razones siempre tuve y trato de mantener una disposición como profesor a aprender lo más posible de mis estudiantes.

No se trata de una pose o de lo que de manera cursi se repite como lugar común cuando uno quiere quedar bien con los estudiantes: “créanme que yo he aprendido más que ustedes en este curso” o lo que dicen muchos de ellos cuando van a realizar algún proyecto de apoyo a comunidades en condición de pobreza: “la gente te da más de lo que tú les das”.

Creo que es algo más profundo y serio, de un proceso a través del cual el profesor va integrando a su propia experiencia, a su forma de ver el mundo y la formación, a sus estrategias, herramientas y discursos lo que va captando y asimilando de todos los estudiantes pero sobre todo de los que resaltan sobre el promedio de cada grupo.

Haciendo una síntesis de lo que considero que tienen como rasgos compartidos estos estudiantes más significativos a pesar de ser totalmente distintos como personas únicas que viven en contextos diversos, creo que el primero de ellos es su interés marcado por aprender, por buscar, por entender bien las cosas que se van trabajando en los distintos temas del curso.

Este interés se traduce por un lado en un compromiso constante con el proceso en el que el docente siente la sinergia que se logra establecer con ellos y percibe sin necesidad de que lo digan, que tiene en ellos a unos aliados en el trabajo que apunta al logro de los objetivos establecidos en el programa.

Por otra parte, el interés se expresa en la generación sistemática y oportuna de buenas preguntas para la comprensión, de interrogantes críticas bien sustentadas sobre lo planteado, de cuestionamientos prácticos y existenciales honestos sobre las aplicaciones y las implicaciones profesionales, humanas y sociales de los diferentes tópicos que se van tratando.

Una característica común más es la capacidad de integrar los distintos temas y captar ese hilo conductor del curso que todo profesor tendría que concebir y explicitar en su planeación del proceso de enseñanza y aprendizaje, además de la integración que van haciendo de sus aprendizajes en las diversas asignaturas y en la vida escolar o universitaria en general.

Desde mi experiencia todo esto sucede en una actitud alegre, entusiasta y positiva sobre su ser estudiantes que refleja altas expectativas de futuro y una capacidad clara para ir construyendo líneas que apuntan hacia un proyecto de vida personal, ciudadana y profesional consistentes.

Todos estos rasgos de expresan como testimonio, como discurso coherente que parafraseando a Freire caracteriza a un educando progresista, entre lo que dicen y lo que hacen.

Cuando el testimonio del educador y el testimonio del educando coinciden, se logra generar una dinámica verdaderamente apasionante de búsqueda en común y de crecimiento y aprendizaje conjunto en el que se hace realidad que nadie educa a nadie, que todos se están educando en comunión y con la mediación del mundo, de la realidad que se va viviendo.

El tema que elegí para el artículo de hoy surge, para variar en estos tiempos de crisis de salud mundial, de la tristísima noticia que recibí el martes por la noche a través de una amiga en común, que me informaba del fallecimiento de Enrique Eulogio, a quien están dedicadas estas líneas.

Él fue uno de estos alumnos significativos que brillan por encima del promedio -en mi experiencia como docente fue uno de los que destacaron entre los destacados- y encarnan de manera clara este perfil de educando que educa a sus profesores.

Tuve la oportunidad de ser su profesor en una de sus últimas materias optativas en la licenciatura. Estudiaba Psicología pero esa clase era sobre educación y la compartía con un grupo de la licenciatura en Procesos Educativos. Interesado, siempre inquisitivo era de los que preguntaban y participaban más, de los que se quedaban dialogando al final de las sesiones, de los que a pesar de su juventud tenía ya una postura intelectual bastante clara -con la que en muchas cosas no coincidía- pero que estaba siempre abierto a tratar de entender otras posiciones distintas a la propia y a aprender de ellas.

A partir de allí, él se hizo presente de manera esporádica pero constante para mantener el diálogo iniciado en las clases a través de una charla de café, de una invitación a impartir un curso al equipo del despacho que ya desde estudiante dirigía, de un compartir memorable en uno de los Lonergan Workshops de Boston College en algún junio del inicio de este siglo o de una llamada telefónica o un mensaje por redes sociales.

Este diálogo se volvió una amistad que trascendió la relación maestro-alumno e incluyó algunos espacios en los que me abrió la puerta de su vida familiar para compartir y conocernos en otra faceta más personal.

Enrique Eulogio fue un alumno de esos que enseñan a sus maestros y lo que más aprendí de él es el testimonio de coherencia entre el decir y el hacer, entre la teoría y la vida, entre lo que Lonergan llama el “irrestricto deseo de conocer” y las decisiones existenciales para seguir la huella de este deseo.

Por eso le dedico esta carta, inspirada en la sexta carta de Frerie sobre las relaciones entre las educadoras (y los educadores) y los educandos en su libro Cartas a quien pretende enseñar. Una carta de alguien que como docente sigue pretendiendo aprender de alumnos como él.

[1] Por el receso de Semana Santa este artículo no aparecerá en las siguientes dos semanas. Reanudaré mis entregas semanales el lunes 12 de abril.


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