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OPINIÓN

El narcisismo y las redes

Trabajo, mercancía y consumo son negocio redondo que opera en la población vía las redes

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Miércoles, Febrero 17, 2021

El narcicismo es la función por la cual retroalimentamos nuestro saber previo, las hipótesis y prejuicios sobre nosotros mismos, el mundo y los demás. Es, ante todo, una función de confirmación. Pero sabemos que ninguna relación observada en la experiencia posee necesidad. Por ello generamos hipótesis y modelos. Esto vale para el mundo de la naturaleza, pero, sobre todo, para nosotros mismos. Nadie tiene acceso directo a su vida mental. Podemos observarnos pensando, recordando o percibiendo alguna cosa o algún hecho. Pero sabemos que lo que habita en nuestra memoria es mucho más vasto que lo que podemos traer conscientemente a un vívido recuerdo. Podemos realizar alguna operación matemática en un momento concreto, como una suma, pero es claro que de forma latente tenemos el conocimiento y habilidad para realizar muchas otras operaciones (como resta, multiplicación, división). Hablamos, pero no somos conscientes explícitamente de las reglas de la gramática que seguimos, etc. 

 

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No hay que adherirse a ninguna teoría extravagante para aceptar que los actos conscientes corresponden a una región muy pequeña de nuestra vida mental. Eso quiere decir que somos en buena medida espectadores de nosotros mismos. Por esta razón generamos ideas, hipótesis y teorías sobre nosotros mismos. Buscamos regularidades en nuestros pensamientos y en nuestros actos y producimos la imagen y el diagrama de quiénes somos. 

En todo esto estamos lejos de ser metódicos. Somos jueces y parte de un proceso de aprehensión no solamente cognitiva, sino fundamentalmente valorativa de nosotros mismos. De entrada, no podemos observarnos en las cuestiones más elementales de nuestra vida mental sin un largo entrenamiento el cual, pese a todo, no nos entrega el territorio completo, sino apenas algunas claves que precisan desciframiento.  

Es verdad que respecto a nuestra autoobservación somos perezosos y complacientes, pero eso no quiere decir que seamos, por ello, amables con nosotros mismos. Lo que de lejos parece mera autocomplacencia es, en verdad, un esfuerzo titánico por sostener la plausibilidad de un mundo imposible, por dar coherencia a un collage compuesto por retazos de los otros: opiniones, modos de razonar, visiones del mundo, mandatos. El narcisismo es un trabajo, el esfuerzo de síntesis que mantiene una “personalidad” operante en el mundo social. Es lo que soporta los roles sociales en la familia, la esfera pública y el Estado. No hay relación social sin la adopción de funciones que se entrelazan con la vida subjetiva de quienes las ocupan. 

Nadie defiende una posición política, por ejemplo, sin jugarse su posición como sujeto. Política, religión y futbol son temas que aseguran conflicto durante la sobremesa, lo que solamente prueba que aquellos operan como estructuras de subjetivación. Somos un partido político, un santo y un equipo de futbol. En esta elaboración nos concebimos como ganadores o perdedores, como deudores o como magnánimos, como resentidos o como crueles “ganadores”. Esta galería de figuras subjetivas es el resultado de una elaboración no-consciente en la que nos posicionamos frente a cada rol que ocupamos y cada función que cubrimos en los diferentes tableros sociales (familia, amistad, amor, trabajo). Pero si el narcisismo es un trabajo, no por ello es un trabajo en favor nuestro. En la economía trabajamos para otros: el jefe, el patrón, la empresa. En el narcisismo trabajamos por las figuras que aseguran los fondos para sostener nuestro personaje. Dicho de otro modo: nadie es nada fuera de relaciones simbólicas que le aseguran su papel social, su misión, incluso sus deseos más íntimos. Por tanto, trabajamos por los santos y equipos de futbol que nos sirven de fondo simbólico (en el sentido económico del término) del cual vivimos. “Sabemos” que cuando el banco simbólico de nuestro santo milagroso quiebra, nosotros mismos nos hundimos con él. Por ello el narcisismo trabaja para aquel banco simbólico que nos asegura un crédito futuro.  

El narcisismo en la operación personal y colectiva que se dirige a sostener activamente la coherencia (por extravagante que pueda parecer desde fuera) de una vida, y está emparentada con la sobrevivencia inmediata en el mundo social. Es la construcción cognitivo-emocional que se ha vuelto lo inmediato para nosotros y que realiza una doble función: sintetiza constantemente una variedad de retazos sociales para lograr una composición singular (que llamamos “personalidad”) y obedece mandatos y roles sociales. Pero el narcisismo no es una mera “imagen” de nosotros mismos, sino un conjunto de funciones y operaciones que permiten al individuo funcionar socialmente de manera cotidiana inmediata. Pero, hay que insistir: el narcisismo es un gasto de energía y recursos de toda clase. Todas nuestras facultades, cognitivas y prácticas son puestas en operación. A través de él buscamos obtener control sobre los pensamientos y actos, nuestros y de los demás. Es lo que nos convence de nuestra agencia y nuestro poder sobre el mundo. Por el narcisismo nos convencemos de que estamos a cargo de nosotros y nuestro entorno y que tenemos influencia sobre los demás. 

 

Pero no se trata de una mera alucinación, de una “imagen” fija de nosotros o del mundo; por el contrario es la convicción práctica necesaria y relevante que necesitamos para actuar de forma inmediata en el mundo, el constante paso al límite, la decisión sobre el promedio, la conclusión más rápida, lo probable y que forma parte de nuestra actitud natural. En la escuela de la Gestalt encontramos ejemplos de ello. No esperamos a que el mundo nos regale triángulos perfectos para reconocerlos, sino que concluimos que tenemos enfrente uno a partir de escorzos o pedazos. Bastan tres puntos en un pedazo de papel para que nuestra mente complete virtualmente ese triángulo de manera automática. Virtualmente cerramos triángulos incompletos, sacamos conclusiones a partir de corazonadas, tomamos las hipótesis por leyes, etc. Kahneman, el economista premio Nóbel, ha dado a esto el colorido nombre de “pensamiento rápido”, pero no se equivoca en reconocer (como lo hiciera Freud mucho antes) su carácter automático y casi inmediato. Son pensamientos que no se piensan, sino que se ponen en funcionamiento. El narcisismo es una máquina que produce ciertas coherencias con el fin de actuar rápida e inmediatamente. Es un mecanismo de economía del comportamiento. Pero Freud, a diferencia del ingenuo Kahneman, no pensaba que tomándonos el tiempo necesario para pensar (lo que este último llama “pensamiento lento”) sacaríamos conclusiones muy distintas. No es la paciencia lo que cambia el resultado de una maquinaria subjetiva. El economista supone que hay “sesgos cognitivos”, obstáculos, que empañan el pensamiento racional. Freud, en cambio, reconoce la existencia de varios sistemas de razonamiento que compiten entre sí. Freud nunca dice que el “inconsciente” sea un lugar de instintos salvajes. Freud habla, en cambio, de un pensamiento inconsciente, con sus propios elementos (representaciones-cosa y representaciones-palabra), operaciones (condensación y desplazamiento) y finalidad (el placer), que compite con el pensamiento del sistema percepción-consciencia (que identifica con la lógica del juicio de tipo aristotélico).   

Pero agreguemos lo siguiente: que el narcicismo sea complaciente en cierto nivel no quiere decir que sea placentero. Por el narcisismo actuamos para sincronizar el mundo circundante con la idea dinámica que tenemos de él, forzamos a los otros a entrar en la órbita de nuestros caprichos para que actúen el papel compatible con nuestra pequeña tragicomedia, aunque esta última sea dolorosa o aunque implique el daño de nuestro cuerpo. Por fuerza y operación del narcisismo luchamos por mantenernos en ese lugar que hace plausible, e incluso un mandato, aquello que consideramos nuestro destino, especialmente frente a un espectador invisible de nuestra vida que es todo menos imparcial (lo podríamos llamar el observador interno con conflicto de intereses). No importa si ese destino es un martirio o nos lleva progresivamente a la autodestrucción o al alejamiento de la gente que nos rodea. Nuestra misión (trágica, gloriosa, de tedio o mecánica), el mandato de lo que debemos ser, todo ello se cobija en los pliegues de la piel de Narciso. Digamos que, cognitivamente, ponemos a funcionar todos los recursos para hacer compatibles los hechos con las hipótesis que tenemos de ellos. En psicología se le puede ver en operación en la así llamada “profecía autocumplida” (y que García Márquez retrata magistralmente en su cuento “Algo muy grave va a pasar en este pueblo”, donde el miedo de que aquello suceda hace que efectivamente pase). Es comprensible que respondamos con agresión a las afrentas que sea dirigen a las obras y actividad del narcicismo, pues de ello pende nuestra frágil consistencia y viabilidad social. Es por ello que no podemos simplemente saltar al abismo donde no existiera ni huella del narcisismo, porque ahí no nos encontraríamos en absoluto. Debilitar el narcisismo consiste en tomar distancia, no desembarazarse de él. Consiste en hacer aparecer su inconsistencia, su terreno de juego y en aprender a escuchar sus coartadas. 

Pero si el poder del narcisismo por controlar las cosas es tan pobre y si la imagen que intenta sostener es tan precaria por parte del individuo, entonces éste requiere constantemente de una confirmación externa. En efecto, el narcisismo no tiene función más propia que convencer a los demás de que nos convenzan de lo que nosotros supuestamente somos. En otros términos: más fuerte que la confirmación de los prejuicios que nosotros intentamos es la confirmación por parte de los otros. No hacemos sino llenar nuestro entorno de señuelos y trampas para que los otros confirmen de nosotros lo que queremos. Tan frágil y lábil es la subjetividad de la especie que los individuos requieren el constante soporte del prójimo y ordenamiento del entorno. Pero si la especie ha sido exitosa, es por su capacidad de contagio de ideas y comportamientos, por una inusitada capacidad de difusión de lo aprendido por uno o pocos de sus miembros a todo el rebaño. No solamente los virus, también las ideas tienen un comportamiento de contagio y no por nada llamamos “viral” a las opiniones, videos o memes que corren como pólvora en internet. En el campo social existe una lucha por capturar a los otros a partir de pequeños virus conceptuales con el fin de arrastrarlos a nuestro juego para que confirmen nuestras posiciones. Es el modo de proceder del candidato, del catequista, del cura, pero también de todos nosotros en un nivel más discreto. 

Un tal Kojève leía la sección señorío-servidumbre de la Fenomenología del Espíritu de Hegel como una lucha de conciencias ávidas de ser reconocidas por las demás, pero poco dispuestas a reconocer. Si avanzamos en dirección de esta hipótesis, resulta que el campo social puede concebirse como un tablero donde el juego consiste en la captura del otro. O para decirlo con más precisión: el campo social consiste en un conjunto de tableros donde cada jugador busca que los otros jueguen en el suyo (con una asimetría que le favorece), sin que por ello abandone el tablero privado de su tragicomedia. Al final, sobre este terreno eternamente belicoso, cada quien pinta una justificación de su condición.  No se trata de someter, sino de lograr que, ahí donde cada quien juega su juego, juegue también el mío en mi favor, confirmado tanto la verdad de mi creencia, como mi efectividad en el mundo. 

La militancia no tiene ningún mérito si no es precedida por un momento de escepticismo radical. El conformismo de masas, el conformismo de grupos, incluso el conformismo individual, no difieren en naturaleza en tanto se mueven en el pobre terreno de la mera convicción. Ser mayoría o minoría solamente cambia las estrategias, pero no el hecho del autoengaño o la autocomplacencia. Toda militancia necesita una vacuna trivalente: escepticismo (respecto a los otros y respecto a sí mismo, sin merma de la convicción), pluralismo (coexistencia de diversas perspectivas compatibles de lo mismo, admitiendo lo diverso de toda aprehensión y el hecho de que el disenso no puede erradicarse de la experiencia humana) y un carácter controvertible (es decir, que debe ser discutido y discutible y no sólo accesible para quien milita; es decir, debe tener aspiración de universalidad: ser para todos y todas y no unos cuantos).  

Podemos preguntarnos hasta qué punto tales o cuales culturas hacen crecer el narcisismo o lo debilitan. Lo cierto es que hoy, en oriente y occidente, el capitalismo tiene su nicho fundamental en la explotación del narcisismo. Hoy hablamos de capitalismo cognitivo y de capitalismo de vigilancia. El primero se refiere al hecho de que hoy la producción económica está orientada al trabajo intelectual y los servicios, muy por encima de las mercancías entendidas como cosas. El segundo se refiere al modo de funcionamiento de internet y sobre todo las redes sociales, que consiste en ganar dinero por medio de la captura, generación e interpretación de información de los usuarios, los cuales juegan, como siempre, el doble papel de mercancía y consumidores. Ya Marx señalaba que el trabajador o trabajadora era convertido en mercancía en cuanto se veía forzado a vender su fuerza de trabajo. Hoy la mercancía son las habilidades cognitivas, el modo en que alguien puede extraer ganancias de nuestras astucias mentales. Pero al mismo tiempo, en tanto arrastrados al mundo cibernético monopolizado, hoy vendemos nuestra atención y la información sobre nosotros (preferencias políticas o sexuales, intereses generales, hobbies, nuestros deseos, patrones de comportamiento, etc.). En ello somos los trabajadores y la mercancía, al igual que sucede con en el trabajo cognitivo, solamente que aquí no hay contrato y no somos conscientes de la manera en que lo hacemos. Y somos también los consumidores, pues toda esa información sobre nosotros se vuelve efectiva en el momento de nuestro consumo. Éste puede estar muy lejos, claro. Cuando se nos manipula para que votemos por tal o cual partido, las grandes ganancias deberán esperar a que el ganador firme contratos para licitaciones, por ejemplo, de obra pública, lo cual tardará tiempo en redituar. Pero la espera lo vale. 

La intricación entre trabajo, mercancía y consumo que opera en la gran población gracias a las redes es un negocio redondo porque permite controlar las variables del modelo de manera precisa. Yo, consumidor, revelo lo que quiero de forma gratuita, con ello recibo publicidad dirigida específicamente a mí (ahorrando costos de dispersión y de mensajes publicitarios que llegan a destinatarios equivocados), luego compro la mercancía diseñada para mí que, sin embargo, está hecha para mantener el funcionamiento de mi narcisismo, de modo que embone con un cierto modo de operación social que garantice la ganancia sistemática de ciertos jugadores. 

 

Internet cumple hoy buena parte de las funciones del narcicismo. Realiza funciones selectivas, sintéticas, de filtro y retroalimentación de lo que proyectamos de nosotros mismos, pero sin intervención de nuestra mente. Un algoritmo realiza las operaciones cognitivas por nosotros. Pero nosotros somos también el material en disputa, es decir, el flotante mercado de trabajo cuya información debe ser capturada por todos los medios (incluida, por encima de todo, nuestra atención, la cual garantiza que permanezcamos en tal o cual página de internet o servicio). El pensamiento es como la respiración: puede operar de forma automática o conscientemente dirigida. Ello lo decide nuestra atención. Es esto precisamente lo que se busca capturar en las redes en primera instancia: nuestra atención, de modo que los objetos que percibimos y que luego recordamos y deseamos sean cuidadosamente seleccionados. Ahora, no solamente percibimos objetos, sino relaciones, en las cuales se mezclan no solamente estructuras cognitivas, sino también volitivas. Al dirigir nuestra atención se convocan determinadas facultades y capacidades nuestras y no otras. A la larga, dichas acciones y capacidades son reforzadas en perjuicio de otras, como la lentitud o la comprensión global. 

 

Internet ha usurpado funciones subjetivas fundamentales y ha logrado acoplarse, como un cyborg, a nuestro aparato cognitivo-afectivo-volitivo. Durante mucho tiempo pensamos que el cyborg era un cuerpo mitad humano mitad máquina. Ahora lo vemos: se trata sobre todo de ensambles entre cognición automática y dirigida. La máquina que ya éramos, ese terreno inconsciente de automatismos, se acopla hoy a los programas de inteligencia artificial (algortimos) de nuestra época. Los programas de un servidor operan entonces sobre nuestras redes neuronales. Lo fundamental consiste en el ensamble de las máquinas de las grandes compañías con nuestra submáquina narcisista. Tú no exploras la red en Google. Google selecciona de ella lo que considera importante para ti … en tanto cliente. Los videos que te sugiere YouTube no son aquellos simplemente relacionados con el que acabas de ver. Son videos seleccionados con fines comerciales. Tus redes de amigos en Facebook están configuradas de tal manera que solamente ves las publicaciones afines a ti, a tu grupos. Ves confirmadas tus creencias. Todos parecen estar de acuerdo contigo y no puedes entender cómo es que alguien puede pensar de manera tan absurda como escuchaste por ahí. Todo gira en torno de tus preferencias, gustos y deseos. El mundo entero, tu entorno y tu horizonte, confirman lo que ya sabes, porque el algoritmo selecciona el pedazo de mundo acorde contigo. Google no te dará la mejor recomendación, hará una estadística basada en el conformismo mayoritario y te sumará a él, reforzándolo. Si el mundo entero está mediado por las redes y ellas seleccionan lo que aparecerá como mundo para ti de acuerdo con un algoritmo que obedece a fines comerciales, entonces tu narcisismo es administrado remotamente por un conjunto de servidores.    


 

Ahora, las redes no solamente recolectan información, no solamente capturan tu atención, tu información y la operación de tus neuronas. En cuanto estructura basada en la retroalimentación (se trata de máquinas corriendo algoritmos que “aprenden” sobre la base de grandes volúmenes de datos), también nos modifican. Las redes operan ya desde la percepción más primitiva: el modo de mirar, el ritmo de procesamiento, el tipo de umbrales y saliencias con las que distinguimos (o no) las cosas en el mundo, las síntesis categóricas que realizamos. Somos educados para mirar y escuchar de cierto modo. Somos entrenados para amar, desear, escuchar o demostrar amistad de cierto modo. Por medio de cuidadosos experimentos e intervenciones de precisión quirúrgica se seleccionan modos de percibir y razonar, modos de desear, modos de actuar. No es sorpresa que, pese a todo, nuestras capacidades de indignación sigan funcionando, pero no así las capacidades de autoorganización y protesta más allá de la firma de peticiones. Internet puede canalizar bien las protestas, el malestar y todo tipo de emociones. Hay mercado y canales para ello, hay grupos, chats, foros, asociaciones para recabar firmar y descargar nuestras consciencias. Pero lo que lisia definitivamente internet es la capacidad de organización, porque ellas nos “pre-organizan” o “pre-estructuran” al tener el monopolio virtual de los medios de enlace humanos. Si el propietario de un camino nos cobra peaje por usar éste, el propietario de Google o de Twitter pide el tributo de nuestra información, pero, además, por su carácter simbólico y cognitivo, no solamente obliga a nuestro cuerpo a seguir ciertas rutas, sino a nuestro pensamiento a seguir ciertas líneas de razonamiento y a nuestros procesos a seguir ciertas modalidades de operación. No se tratará de resistir todo esto, sino de reapropiarse de esas funciones que los algoritmos hacen por nosotros y que hacen ver el mito del Fedro de Platón, donde la escritura supuesta nos haría perezosos y olvidadizos, al no usar nuestras propias facultades, un juego de niños.  




 

  

 

 

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