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OPINIÓN

Apuntes sobre la tristeza

En la medida de lo posible se trata de que no nos vaya peor, apoquinarlo todo

Abelardo Fernández

Doctor en Psicología, psicoterapeuta de Contención, musicoterapeuta, escritor, músico y fotógrafo profesional.

Viernes, Febrero 5, 2021

Una especie de pez oscuro nada en el fondo del agua sucia de la fuente, lo miramos tratando de seguirlo y se nos esconde y después aparece brevemente. Suponemos que es hora de limpiar la fuente y cambiar el agua, pero no tomamos la decisión concreta todavía, seguimos tratando de atrapar el pez oscuro a través de nuestros ojos. Miramos, leemos o escuchamos las noticias en relación con las personas que están muriendo, ya son muchas las personas que están muriendo, tratamos de reconocer quiénes son y dependiendo de la cercanía que tuvimos con ellas en determinado momento, ajustamos una especie de lamento un tanto congelado, relacionado sobre todo a la cercanía de sus parientes. 

Volvemos a nuestra vida con una lentitud ya sintomática, ni siquiera nos la tratamos de explicar pero algo nos dice que estamos cansados de vivir en estos días y recurrimos al viejo truco de dejar pasar el tiempo para que mañana amanezcamos con un poquito más de fuerza y no nos quedemos atorados en ese chapopote espeso del dolor del recuerdo de quien se nos ha ido y la sospecha de cuántos más se nos seguirán yendo. 

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El pez oscuro sigue nadando en el fondo del agua mugrosa de la fuente y nosotros caminamos con lentitud y con sensaciones pesadas en el cuerpo que nos dicen que aún estamos vivos y que quizá nosotros seamos el que sigue. 

En el mutismo extrañísimo nos damos cuenta de que nuestra memoria está dejando de funcionar, que estamos dejando de retener los detalles que vivimos con los demás, que ya no recordamos por qué ni cómo es que fuimos importantes para ellos, por qué se supone que tenemos que quererlos y sentir un tremendo dolor por su partida, aparece un efecto mimetizador en el que el coronavirus lo explica y lo justifica todo, es más, ni siquiera se escucha por ningún lado que dios nuestro señor hubiese decidido traernos esta desgracia por el castigo de sobrepoblar el planeta de esta grotesca manera. 

El referente del cielo, el infierno y el perdón han dejado de tener sustento, estamos anestesiados y no tenemos la más puta idea de lo que está pasando, muchísimo menos de lo que pasará, por más que pretendemos volver a la normalidad, o a la nueva normalidad, o a la antigua normalidad, cada vez nos queda menos claro qué carajo es o era o será la normalidad. 

Cuando la tristeza entera se apodere del mundo entonces no habrá quién nos salve, ni quien nos cuide, ni tendremos a quién implorarle clemencia. Como decía el iluminado de Sabines, solo nos queda el recurso de mirar, solo habremos aprendido a mirar y nada más. 

En todo caso no se trata de que nos vaya bien sino de que en la medida de lo posible no nos vaya peor, apoquinarlo todo, contenernos unos a los otros y dejar el espacio necesario para que cada quién diga lo que necesita decir y creerle, escucharlo maldita sea, darle un lugar de importancia en el mundo simplemente por estar en él. Ese pez oscuro del fondo del agua mugrosa no será el motivo para no sabernos y no sentirnos los unos a los otros, darnos cuenta que es hora de dejar la maldita necedad de competir con los demás, dejar de compararnos todo el día y decidir cuáles razones son las necesarias para igualarme a cualquier ser humano que pase por la calle. Dejar el clasismo de mierda, el racismo, el machismo, el sectarismo, la superioridad, colgar ese traje y la careta e incinerarlos para siempre, sólo así el mundo comenzaría a ser otro, a comportarse de otra manera, sólo así la tristeza podría soltarse como se suelta un perro feliz frente a un prado y llorar hasta apagarnos por dentro. Tarde o temprano tendremos que ceder al hecho de que la tristeza necesita un espacio y comenzaremos a llorar por quienes se nos están yendo y por quienes se nos irán y por nosotros mismos que nos estamos quedando tristes en el mundo. Llorar es una función natural, es como mear, “a ver quédate sin mear cinco meses”, tarde o temprano toleraremos nuestras lágrimas y las de los demás, las lágrimas de los demás también serán nuestras, las creeremos como las lágrimas de la luna que se convirtieron en perlas encontradas dentro del mar. Y comenzaremos a sacar el agua sucia de la fuente con una cubeta, a tirarla por la tarjea, atraparemos al pez oscuro en un poco de agua limpia y lavaremos con calma la fuente, las plantas, las piedras, las demás tortugas, los otros peces de otros colores, una buena cepillada con jabón y mucho agua para enjuagarla: la fuente volverá a estar limpia y los peces, todos los peces se mirarán de nuevo, el negro y los de los otros colores, ese día lloraremos sobre el agua de la fuente para subir su nivel, para compartirle nuestros minerales internos, para saberla y sabernos más humanos, más vivos, más peces, más plantas, más leales a nosotros mismos. 

Encontremos espacios y tiempos para las tristezas, dejemos que corran por el prado, por el bosque, por el mar, lloremos en el mar, subamos su nivel y convirtámonos en olas y en espuma que se pierde sobre la arena. Abrazos y besos para todas y todos. 

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