La virtualidad de las redes apunta hacia la conquista del futuro y la producción de un campo de dominio y segregación apenas venidero. El dinero no sólo representa el valor de las mercancías, sino que fácticamente permite el intercambio económico “en ausencia”. Gracias al dinero es posible realizar intercambios entre mercancías que son solamente futuras y de naturaleza probable. Yo recibo una paga que puedo gastar en otro momento. Con este suelo comparé el huevo la semana próxima, el cual no ha sido puesto todavía por la gallina. El pintor recibe un adelanto por el trabajo que realizará mañana. El préstamo expande la esfera del futuro aun más. Yo me endeudo por grandes sumas de dinero en correspondencia con una gran expectativa. En una hipoteca a años yo actúo hoy sobre la base de un futuro más o menos probable. El valor de las empresas en la bolsa de valores no refleja el volumen de ventas, sino que se deriva de un juicio sobre ellas y su relación con la competencia, pero, sobre todo, por las expectativas que genera. Toda la esfera financiera vive de “percepciones” de riesgo y expectativas de éxito. El límite de la virtualidad del dinero en nuestros tiempos lo encontramos en la compraventa de deuda, lo famosos “derivatives”, donde vemos especulación sobre especulación. Sí, se apuesta por el fracaso de la economía de lo más desfavorecidos, pero se apuesta, de manera especial, por su dependencia a futuro. El mundo contemporáneo conquista el futuro por medio del sistema simbólico del dinero. O, más claramente, algunos conquistan su lugar en el mercado por la conquista del futuro que logran imponer a otros por distintos modos de endeudamiento. En el ámbito del lenguaje, las palabras permiten también la existencia del sentido en ausencia de las cosas. Podemos hablar de cosas ausentes lo mismo que de cosas inexistentes e incluso absurdas. Este mundo virtual lo habitamos con gran naturalidad. Pero éste se entrelaza también con el mundo de los acontecimientos. Los acontecimientos son la cobranza en el medio de la virtualidad. En términos económicos es el momento en el que se cumple el plazo de pago. Es el momento en el que mi casa será embargada. En el lenguaje nos controlamos recíprocamente por promesas. El dinero es una promesa de pago no menos que una promesa política. Todos nos obligamos con los otros por contratos, promesas y vínculos económicos que se basan en juicios sobre situaciones futuras. Lo central de nuestra época es su relación con el futuro, no con el pasado, ni con el presente. Si la bomba atómica cumplía una función de balance en la Guerra Fría (si tú tiras la bomba, yo la tiro también y todos nos aniquilamos), lo mismo realiza hoy el dinero. En efecto: nadie deja que las grandes empresas fracasen, porque los efectos económicos son desastrosos para todos. El entrelazamiento es tal, que toda crisis económica en alguna región puede extenderse a otras: “too big to fail”, se dijo durante los grandes rescates a empresarios y banqueros. Incluso la guerra comercial es una amenaza constante, pero siempre desviada de la misma manera que en la Guerra Fría se llevaban a cabo guerras “proxy”: la URSS contra el bloque occidental en Vietnam o en Corea, pero nunca de frente.
Las grandes compañías de internet ganan dinero comerciando con datos. Eso lo sabemos. Llamamos capitalismo de vigilancia (“surveillance capitalism”) al modo de proceder de empresas como Google, Twitter o Facebook por los datos que recaban de los usuarios. Pero el término es impreciso, por decir lo menos. Los gobiernos vigilan y las empresas entregan la información a aquellos por el precio correcto. Pero el objetivo principal de estas empresas no consiste en vigilar, sino en seducir. La publicidad opera con la sutileza de todo señuelo. Como dice el dicho: si el producto no cuesta es que la mercancía eres tú. ¿En qué sentido somos nosotros la mercancía? Es difícil pensar que mi información pueda ser relevante y que ello pueda ser monetizado si no compro algo. Asumimos que mi información se recopila para mandarme información personalizada tal que yo adquiera un producto. Pero la relación no es así de lineal. Una empresa gana dinero con cada cliente individual, pero razona de manera global. Para ello, se necesitan grandes volúmenes de datos. Lo que se compra es información masiva. ¿Qué se gana con ello? En conjunto somos animales de costumbres, predecibles, estables. No necesitamos que nadie nos normalice. Forma parte del narcicismo humano creer que la naturaleza es predecible y modelable, mientras que él es libre e impredecible. Pero es un asunto de cantidad de datos. Los actos de libertad tienen una mayor radicalidad para nosotros que para el espacio público. Por ejemplo, esa transformación personal que me llevó a dejar mi adicción gracias al deporte me convierte de un consumidor de una droga al consumo del “estilo de vida” deportivo (videos, ropa, aditamentos, revistas, escapadas, clínicas, productos especializados), etc. Incluso mi profundísima iluminación tiene ya un gran mercado (retiros, música para meditar, incienso, eventos con algún gurú, etc.). Incluso mi vida solitaria y puertas adentro se encuentra bajo asedio publicitario gracias al internet en mi celular, mi computadora y quizá después la encontremos en nuestro refrigerador, tostadora, regadera e inodoro. Pero ¿es eso todo? No exactamente. Para predecir masivamente intereses, patrones de consumo, correlaciones (entre mercancías, mercancías e ideas, ideas y revistas, entre inclinación política y estilo de alimentación, etc.) hay que preguntar. Y no solamente somos observados en nuestros “clicks”, sino que somos sometidos a encuestas disfrazadas todo el tiempo. De nuevo, los señuelos: ¿tal usuario dará “click” en esta foto?, ¿cuántas veces al día entrará a tal sitio de pornografía? Para ello internet es un campo de minas. Todo lucha por capturar nuestra atención y luego por poner a funcionar nuestros recursos a su favor. Por ejemplo: un anuncio está encaminado a seducirnos para dar un inocente “click”, trátese de una visita a un sitio, de un “like” o de un “compartir”. Lo que revelamos son los vínculos invisibles de la virtualidad. Qué con qué, quién con quién, de dónde a dónde, por cuánto a tiempo, en qué ritmo o tasa. Relaciones y relaciones de relaciones. Nosotros picamos piedra y somos los trabajadores que revelan la estructura imaginaria y simbólica que estructura las diferentes regiones del campo social. Desde el estructuralismo sabemos que los roles sociales dependen de su interacción con otros role en un campo determinado. Es decir, cómo nos comportamos unos con los otros en cuanto estudiantes, en cuanto padres, en cuanto consumidores de comida, etc. Pues bien, nosotros no vemos nunca el “big picture” que genera el “big data”, sino que quedamos cautivos de nuestra pequeñísima parcela de interacciones. No es distinto a la situación de los trabajadores en la fábrica de alfileres que describe Schmid en La Riqueza de las Naciones. Uno hace agujas, otro cabezas, otro los pega, otro los empaca, pero solamente el dueño ve el proceso de producción. Así, solamente Google y Facebook y sus similares ven las grandes tramas de información. Stiglitz y colaboradores ganaron el Nóbel por mostrar que las asimetrías de información determinan los ganadores en el mercado. Es evidente que hoy se trata de poseer los medios de producción y la información del mercado.
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Hemos dicho en un inicio que el mercado se ha expandido introduciéndose en el futuro gracias a instrumentos simbólicos. ¿Cómo se logra eso en el mundo digital? La gran invención del mercado consiste en introducir el dinero como mediador en relaciones a futuro. Eso lo llama, precisamente, “futuros” (futures) que son los posibles resultados a futuro de una operación económica. Los liberales han justificado el derecho a la ganancia por parte de las empresas porque son ellas las que ponen el capital y, por tanto, corren los riesgos. Pero así como la tendencia de las empresas en el capitalismo es hacia el monopolio (véase tan sólo el reducido número de compañías en el mundo que controlan todas las industrias relevantes), existe una tendencia hacia la anulación de riesgos. Las empresas odian la competencia y los riesgos. Frente a lo primero buscan la quiebra o compra de los competidores (recordemos cómo recientemente Wall Street, apóstol del libre mercado y la no-intervención, saboteó la compra independiente de acciones de la empresa Game-Stop). Frente a lo segundo requieren mecanismos de control del futuro. La deuda es uno de los grandes instrumentos de control, desde el individuo hasta los Estados. Desde la tarjeta de crédito, hasta las grandes hipotecas y los endeudamientos públicos. Pero internet lo cambia todo porque el objetivo ya no consiste en dominar el futuro por la fuerza, sino por la producción de un consumidor futuro.
Pongamos un ejemplo. En los parques, los vendedores minoristas de drogas (los “dealers”) buscan ampliar su cartera de clientes. Mucha gente no comprará porque no tiene interés o no conoce la droga. El primer gancho consiste en dar las primeras dosis gratis. Cuando se genera la dependencia o la adicción, entonces el consumidor hará todo lo posible por comprar más. La estrategia de los servicios de internet (no sólo, pero sí de manera muy marcada) consiste en ofrecer servicios gratuitos y, una vez que se genera dependencia, introducir costos o “mejoras” en un producto. Otro ejemplo: entramos a Facebook por curiosidad. Somos seducidos por su flexibilidad y la posibilidad de conectarse con gente de muchos tipos. Pronto, mis redes comienzan a crecer, incrementadas por la facilidad que nos da Facebook con sus algoritmos para encontrar gente y sus precisas sugerencias. Pronto, Facebook se ha convertido en una red de amistades, laboral y de contactos de todo tipo. Un buen día, Facebook dice que cambiará sus normas, que ahora nos espiará más, que se vinculará con Whatsapp. Todos protestamos, pero no cerramos nuestras cuentas de Facebook. El costo es demasiado. Hemos puesto demasiado tiempo y empeño en construir una red personal que, sin embargo, es privada. Lo mismo pasa con las redes profesionales y académicas: Linkedin y Academia.edu, por nombrar las más famosas, me prometen mayor visibilidad. En cierto tiempo, toda la gente con la que compito está en Linkedin. Necesito sobresalir porque todos estamos, de nuevo, en las mismas condiciones. Se me ofrece entonces un servicio premium: mayor visibilidad. Y comienza la extorsión. Pagué por algo que se ha vuelto inútil y para volver a generar el mismo efecto, ahora debo pagar. Así sucede también con internet. Lo contraté hace tiempo porque resultaba interesante tener acceso a ciertas cosas. Pronto, el mundo entero se montó en ese medio; yo deseo estar ahí, por lo que acabo contratando un mejor servicio. Pero incrementa el volumen de datos, ahora hay música, videos películas: necesito mayor velocidad. Se ha producido al consumidor de algo que en un principio no necesitaba o lo requería en menor medida. Al aumentar el disfrute y la dependencia tecnológica, se genera la misma estructura que la adicción: cada vez se requiere más.
Pero todavía no hemos ido suficientemente lejos. La música en disco cambió nuestra experiencia de la música (hoy nos suele parecer insoportable el silencio; todo tiene música, nuestra computadora, nuestro walkman, el transporte público, las oficinas, los espacios donde se realizan construcciones, etc.), internet y los dispositivos electrónicos cambiaron toda nuestra existencia. Ello porque internet permite codificarlo todo: Sonido y video se transforman en bases de datos. Los controles de videojuegos ya vibran, incorporando así la experiencia cinestésica. Le seguirán los olores y los sabores, quizá por una conexión directa con nuestro cerebro. Sin ir más lejos, sabemos ya de los efectos fisiológicos que tienen los colores de una pantalla en nuestro cuerpo. Los pixeles azules son culpables en parte de nuestro insomnio. Pero hay más. Los colores vibrantes, las ventanas emergentes, ciertas frecuencias auditivas, experiencias envolventes, todo eso cambia nuestro cerebro. Nos hacemos rápidos, pero inmediatos, visuales, pero simples, diagramáticos, pero sin capacidad de mayor discernimiento. Las grandes empresas todavía no ganan lo que pueden ganar. Están preparando a sus consumidores futuros. Están generando la dependencia tecnológica y gozosa que será necesaria para mantenernos perpetuamente pegados al dispositivo. Se están generando los enlaces entre las cosas para que todo esté interconectado y pueda capturarse valor de forma más brutal. El economista neoliberal Fernando de Soto tuvo una idea tan genial como escalofriante: si los pobres no consumen tanto hay que forzarlos. ¿Pero cómo si no tienen nada? Demos títulos de propiedad para hacerlos propietarios. Sus casas carentes de valor se hicieron mercancías. En poco tiempo las “perdieron” (les fueron arrebatadas por el salvaje mercado). El mercado de la tierra es finito. Y por más que se construya hacia arriba y hacia abajo, hay un límite. Lo mismo pasa con toda mercancía que está atada a la singularidad de lo material o a lo perecedero de ciertas cosas (como los alimentos). Pero el mercado se puede expandir hacia lo simbólico y lo virtual, hacia lo imaginario y las sensaciones.
Resulta así que el trabajador, el producto y el consumidor son el propio sujeto. El sujeto trabaja con su entretenimiento y comportamiento social otorgando sus datos a las empresas. Él consumirá el resultado de ese trabajo en las redes, que son más productos virtuales y digitales. Pero él no es el consumidor que pide tal o cual cosa, sino el consumidor que es producido para querer tal o cual cosa. Así se convierte en producto. Además, es un producto en un sentido adicional. Una empresa de internet no lucra vendiéndole cosas a la personas, sino en cobrar a las personas por sus vínculos con otros y consigo mismos. Por ejemplo: que al hacer un “amigo” en Facebook yo contribuya a la riqueza de esta empresa significa que ella lucra con el vínculo social. Cuando Tinder me conecta con otra persona, lucra con mi deseo y mi necesidad de los otros. Cuando Twitter se enriquece con mis mensajes, es porque monetiza mis necesidades de expresión. Es así que se lucra con un vínculo social existente, mientras que se produce un nuevo vínculo que pueda producir todavía mejores dividendos. Internet es un espacio de interacciones que cobra peaje y que en el camino forja mi subjetividad en cuanto que condiciona mi cerebro a descargas de dopamina, introduce un ritmo de pensamiento, de movimientos oculares, me entrena para realizar cierto tipo de asociaciones y modos de razonar que, por ser exitosos (me sirven para usar la red eficazmente) y repetidos innumerablemente resultan seleccionados por mi mente y generalizados. El mercado logra la captura del futuro por el grillete de la deuda. Las redes logran la captura, explotación y privatización del vínculo social. Pero el mecanismo común a ambas consiste en producir al deudor y producir al futuro consumidor. Como se puede apreciar en el documental El dilema de las redes sociales (The Social Dilemma), internet permite un nuevo mercado de “futuros” en un medio virtual.
De nuevo, todo funciona según una estructura de adicción. Internet me permite calmar mi soledad al ofrecerme redes sociales. Pero las redes sociales me aíslan más. Por lo que me sumerjo más en ellas. Hasta que su espacio constituye la gran parte de mi esfera social. Es decir: la primera inteligencia de estas empresas consiste en saber leer lo que más queremos. El trabajo se ha vuelto aburrido. Entonces se ofrece entretenimiento. La calle se ha vuelto peligrosa para que salgan los niños. Entonces se ofrece un canal para infantes. La pandemia no nos deja salir a trabajar. Entonces se refina el teletrabajo. Por esto no basta con denunciar cómo Facebook nos hace solitarios. Ya lo éramos y ellos lo aprovecharon. La pornografía y los sitios de citas surgen de las ruinas del amor en los tiempos del capitalismo. No ganamos nada con denunciar a las redes si no comprendemos el vacío que vinieron a llenar y luego a extender. La economía cubre el agujero de las promesas que dejó incumplidas el Estado, que cubre el agujero de las promesas dejó incumplidas la religión. No es que religión o Estado hayan desaparecido, es obvio que todo lo contrario es el caso, sino que hoy se cree más en el mercado como topos privilegiado de la socialidad frente a la religión y la política. Pero es evidente que el mercado opera solamente porque toma elementos de aquellos. De la religión toma un pretendido orden natural que extrañamente coincide con el bien, es decir, desarrolla una especie de teodicea (la justicia de Dios) sobre la base de la obediencia a las “leyes” del mercado. En otras palabras, si seguimos los mandamientos del mercado, se realizará el bien en la tierra. Del Estado toma la bandera de la libertad, la cual se deposita en los individuos, mónadas del universo mercantil.
Las redes sociales son solamente un scout, un elemento de avanzada que otea el terreno sobre el cual se librará la gran batalla.