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OPINIÓN

Brindis: la esperanza del docente

La Educación es la profesión de la esperanza, actividad que busca un futuro mejor

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Febrero 1, 2021

“…dentro de unos días me veré rodeado de chicos,

de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
…y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo…”

Más artículos del autor

Gerardo Diego. Brindis.

https://www.poemas-del-alma.com/gerardo-diego-brindis.htm
 

         A mis queridos cinco lectores y a todos mis alumnos de licenciatura y posgrado en Educación les he expresado que somos o deberíamos ser los profesionales de la esperanza.

         En efecto, la Educación es la profesión de la esperanza porque como también lo he escrito en este y otros espacios, se trata por un lado de una actividad sistemática y organizada que parte del supuesto de que el mundo tiene posibilidades infinitas de un futuro mejor, o como se diría hoy apegándose a la corrección política -o a la incapacidad de abstracción en la que nos tiene este sesgo general del sentido común que domina el mundo- de muchos futuros mejores.

         Para ello trabajamos cotidianamente, para ello organizamos currículos y guías de clase, desarrollamos actividades y evaluamos a nuestros educandos: para que se conviertan en los ciudadanos con las herramientas intelectuales, físicas, lúdicas, afectivas y espirituales necesarias para imaginar esos futuros y construirlos en colaboración y también en una sana y razonable competencia.

         De manera que somos profesionales de la esperanza porque creemos en la posibilidad de otros mundos posibles donde quepamos todos y donde podamos todos vivir conforme a la dignidad de seres humanos que tenemos y en armonía con todos los demás seres vivos.

         Esa apuesta por otros futuros que requiere de estrategias que la hagan posible y que en nuestro caso como educadores son los métodos, técnicas y actividades formativas que diseñamos y llevamos a la práctica a partir de nuestra reflexión bien informada y formada, lo que hace que un buen profesional de la esperanza desarrolle una praxis educadora y no una mera práctica de capacitación.

         Pero cabe hacerse la pregunta por la forma en que los educadores alimentan esta esperanza y renuevan la energía para seguir ejerciendo la profesión de la esperanza y no convertirse en meros empleados que repiten contenidos y temas de forma mecánica y no significativa para los estudiantes.

         ¿De dónde renueva el docente su esperanza? ¿Cuál es la fuente en la que un profesor o maestra que tiene que repetir cíclicamente cursos a distintos grupos de estudiantes año con año puede beber para que esa esperanza no se vaya secando poco a poco hasta perder la vocación?

         En una reunión reciente tuve la oportunidad de escuchar una ponencia por parte de un catedrático de una universidad española en la que hizo referencia a este poema de Gerardo Diego del que tomo hoy un fragmento para responder a estas preguntas.

         Es verdad que como dice el poeta, en cada curso escolar nos encontramos con chicos y chicas torpes y listos a quienes hablamos y con quienes tratamos de establecer una conversación más o menos amena, inteligente, crítica y responsable sobre diversos conceptos, teorías, métodos, temas, autores y disciplinas.

         Seguramente más de uno bostezará ante nuestros intentos de que aprenda estas cosas -y ahora con el trabajo en línea ni cuenta nos daremos de sus bostezos- y algún otro nos pondrá un apodo o nos criticará. Es cierto que en nuestra carrera docente han pasado y seguirán pasando muchos cursos monótonos y prolijos, muchas horas de clase que a veces se vuelven eternas no sólo para los educandos sino incluso para nosotros mismos que las impartimos.

         Pero como bien dice también el poema, un día -o muchos días, porque si ponemos suficiente atención casi en cada grupo hay al menos un estudiante así- llegará un verdadero discípulo, alguien a quien podremos moldear en “su alma de niño” o de adolescente, de joven o de adulto profesionista y provocaremos reflexiones, preguntas, ideas, búsquedas existenciales y profesionales que lo hagan nuevo y distinto.

         Distinto de nosotros porque no se trata de imponer nuestra forma de ser ni de crear clones o fieles incondicionalmente ciegos sino personas auténticas que sean diferentes de nosotros y de todos los demás, que sean él o ella misma.

         Cuando este milagro educativo suceda -y sí que sucede con frecuencia si trabajamos desde la apuesta y la estrategia de la esperanza- tal vez ese discípulo o discípula nos guardará respeto y cariño  -o tal vez no, pero finalmente esa no es la meta ni lo importante- y llegará a ser uno de esos constructores inteligentes y comprometidos de los otros mundos posibles que la humanidad está hoy más que nunca clamando por hacer surgir.

         Lo dicen mucho en mis cursos y conferencias los profesores futuros o en servicio con quienes trabajo: “con que uno de mis estudiantes capte lo que quiero comunicarle y lo haga vida, habré tenido éxito en mi trabajo”. Tal vez por ello este artículo suene trillado, pero el poema me movió a escribirlo y me parece que no sólo no está de más sino que es muy importante recordarlo constantemente.

         Brindemos pues por ese discípulo o discípula predilectos que renuevan nuestra energía, nos aportan evidencia de que la educación personalizante puede ser realidad y no es un mero discurso y nos hacen ser cada día mejores profesionales de la esperanza.

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