“…dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
…y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo…”
Más artículos del autor
Gerardo Diego. Brindis.
https://www.poemas-del-alma.com/gerardo-diego-brindis.htm
A mis queridos cinco lectores y a todos mis alumnos de licenciatura y posgrado en Educación les he expresado que somos o deberíamos ser los profesionales de la esperanza.
En efecto, la Educación es la profesión de la esperanza porque como también lo he escrito en este y otros espacios, se trata por un lado de una actividad sistemática y organizada que parte del supuesto de que el mundo tiene posibilidades infinitas de un futuro mejor, o como se diría hoy apegándose a la corrección política -o a la incapacidad de abstracción en la que nos tiene este sesgo general del sentido común que domina el mundo- de muchos futuros mejores.
Para ello trabajamos cotidianamente, para ello organizamos currículos y guías de clase, desarrollamos actividades y evaluamos a nuestros educandos: para que se conviertan en los ciudadanos con las herramientas intelectuales, físicas, lúdicas, afectivas y espirituales necesarias para imaginar esos futuros y construirlos en colaboración y también en una sana y razonable competencia.
De manera que somos profesionales de la esperanza porque creemos en la posibilidad de otros mundos posibles donde quepamos todos y donde podamos todos vivir conforme a la dignidad de seres humanos que tenemos y en armonía con todos los demás seres vivos.
Esa apuesta por otros futuros que requiere de estrategias que la hagan posible y que en nuestro caso como educadores son los métodos, técnicas y actividades formativas que diseñamos y llevamos a la práctica a partir de nuestra reflexión bien informada y formada, lo que hace que un buen profesional de la esperanza desarrolle una praxis educadora y no una mera práctica de capacitación.
Pero cabe hacerse la pregunta por la forma en que los educadores alimentan esta esperanza y renuevan la energía para seguir ejerciendo la profesión de la esperanza y no convertirse en meros empleados que repiten contenidos y temas de forma mecánica y no significativa para los estudiantes.
¿De dónde renueva el docente su esperanza? ¿Cuál es la fuente en la que un profesor o maestra que tiene que repetir cíclicamente cursos a distintos grupos de estudiantes año con año puede beber para que esa esperanza no se vaya secando poco a poco hasta perder la vocación?
En una reunión reciente tuve la oportunidad de escuchar una ponencia por parte de un catedrático de una universidad española en la que hizo referencia a este poema de Gerardo Diego del que tomo hoy un fragmento para responder a estas preguntas.
Es verdad que como dice el poeta, en cada curso escolar nos encontramos con chicos y chicas torpes y listos a quienes hablamos y con quienes tratamos de establecer una conversación más o menos amena, inteligente, crítica y responsable sobre diversos conceptos, teorías, métodos, temas, autores y disciplinas.
Seguramente más de uno bostezará ante nuestros intentos de que aprenda estas cosas -y ahora con el trabajo en línea ni cuenta nos daremos de sus bostezos- y algún otro nos pondrá un apodo o nos criticará. Es cierto que en nuestra carrera docente han pasado y seguirán pasando muchos cursos monótonos y prolijos, muchas horas de clase que a veces se vuelven eternas no sólo para los educandos sino incluso para nosotros mismos que las impartimos.
Pero como bien dice también el poema, un día -o muchos días, porque si ponemos suficiente atención casi en cada grupo hay al menos un estudiante así- llegará un verdadero discípulo, alguien a quien podremos moldear en “su alma de niño” o de adolescente, de joven o de adulto profesionista y provocaremos reflexiones, preguntas, ideas, búsquedas existenciales y profesionales que lo hagan nuevo y distinto.
Distinto de nosotros porque no se trata de imponer nuestra forma de ser ni de crear clones o fieles incondicionalmente ciegos sino personas auténticas que sean diferentes de nosotros y de todos los demás, que sean él o ella misma.
Cuando este milagro educativo suceda -y sí que sucede con frecuencia si trabajamos desde la apuesta y la estrategia de la esperanza- tal vez ese discípulo o discípula nos guardará respeto y cariño -o tal vez no, pero finalmente esa no es la meta ni lo importante- y llegará a ser uno de esos constructores inteligentes y comprometidos de los otros mundos posibles que la humanidad está hoy más que nunca clamando por hacer surgir.
Lo dicen mucho en mis cursos y conferencias los profesores futuros o en servicio con quienes trabajo: “con que uno de mis estudiantes capte lo que quiero comunicarle y lo haga vida, habré tenido éxito en mi trabajo”. Tal vez por ello este artículo suene trillado, pero el poema me movió a escribirlo y me parece que no sólo no está de más sino que es muy importante recordarlo constantemente.
Brindemos pues por ese discípulo o discípula predilectos que renuevan nuestra energía, nos aportan evidencia de que la educación personalizante puede ser realidad y no es un mero discurso y nos hacen ser cada día mejores profesionales de la esperanza.