Quizá el tema central que cimbró el intelecto en el siglo XX fue la nada. Silencio. Muerte. Ausencia. Falta. Pero también, por primera vez, este mundo sombrío reveló su carácter positivo, estructural y necesario. Decimos el siglo XX porque es hasta entonces que intuiciones literarias y filosóficas encontraron su firme sitio en las ciencias. En un poema cuya autoría se disputa entre Tobler y Goethe, La Naturaleza, leemos: “¡Naturaleza! Estamos rodeados y abrazados por ella- Incapaces, de salir, e incapaces, de penetrarla […] Siempre construye y siempre destruye, y su taller es inaccesible […] La vida es su más bella invención y la muerte su artimaña, para más vida poseer”. La naturaleza es la madre que pare y entierra a sus hijos. Todo lo nacido está condenado a perecer, excepto este movimiento, que llamamos naturaleza. Y es así, sólo así, que asegura ella la renovación y la multiplicación. Hegel retomó en el siglo XIX un viejo motivo de la literatura: el instante de terror en cual nos confrontamos con la posibilidad de nuestra muerte y de cómo surge así ante nuestros ojos la totalidad de la vida. Con ella explicaba la división entre el señor y el siervo, la fuente misma de la relación social asimétrica. El siervo teme morir y salva la vida. El señor arriesga la vida y gana el reconocimiento. Heidegger también pintó el drama existencial del individuo que mira la muerte de frente, enfrentándose así a la finitud. Pero de ahí emergería la posibilidad de apropiarse de las posibilidades de lo que su vida puede ser. Pero sabemos que esto opera solamente de manera anónima, sin autor. En cuanto nos apropiamos de la muerte como un elemento que puede ser administrado por un bien mayor, nos convertimos en lo más abominable y acabamos incinerando personas. Sigamos entonces en el terreno de la naturaleza.
Un lugar singular en este horizonte lo ocupa Freud con sus reflexiones “metapsicológicas” registradas en Más allá del principio del placer, obra de 1920. También él miró la muerte en los ojos de ciertos pacientes, que quedaban atrapados en un tortuosa repetición de su sufrimiento. No era la repetición que el niño demanda de las situaciones que le matan de risa, ni tampoco aquella repetición que, si explícitamente nos hace sufrir, secretamente nos reserva un goce desmesurado. Esta repetición no es, en sentido estricto, subjetiva, humana. Freud la llamó pulsión de muerte. Lacan la identificó en el lenguaje, en cuanto estructura de repetición autónoma, que no tiene consideración por lo vivo y lo que nosotros queremos preservar en él. Pero permanezcamos en Freud. Dicha pulsión no está al servicio de la conservación individual. La muerte es una herencia que se pasan los vivos entre sí. Digamos algo trivial: antes de lo vivo no existía la muerte. La vida nace con la introducción en el mundo de un cesar. Consideremos una molécula: ésta se puede desorganizar, puede romper sus enlaces, pero siempre por obra de un elemento externo. El oxígeno puede oxidar un metal y correrlo. Pero el metal no se corroe a sí mismo. Hay compuestos que se degradan, pero no mueren. Las primeras moléculas que suponemos antecedentes a la vida, con las que Oparin condimentó su sopa primigenia, son todavía inmortales o, mejor, simplemente no-vivas. En cuanto comienza esa capacidad autopoyética o autoproducción de lo vivo a través de procesos metabólicos, aparece la posibilidad de morir. No es un mero disgregarse, sino un disgregarse que disuelve un nivel de organización particular. La vida comienza con esa membrana que separa relativamente un interior de un exterior y que trabaja para producirse y reproducirse.
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Decimos que es sorprendente la hipótesis de Freud en dos sentidos. Primero, porque traslada una observación psicológica a la biología, invirtiendo la dirección usual según la cual se pretende explicar el comportamiento humanos por sus componentes más elementales. Pero dicha aplicación en sentido “inverso” no supone una ningún hilozoísmo, es decir, no le confiere a la naturaleza una vida espiritual. Por el contrario, Freud reconoce en la vida psíquica una tendencia de autodestrucción. Podría parecer que Freud se adhiere a cierto sentido de la entropía. No sería extraño, dado su explicación del aparato psíquico en términos energéticos y dinámicos. Pero la clave de lectura parece darla Goethe. Que todo lo individual lleve la signatura de la muerte es el precio de la vida misma. La vida supone en cierto sentido, y más la vida consciente, la manutención de un desequilibrio en la naturaleza. Es decir, se trata de un orden o estructura que requiere trabajo para ser mantenida. Hay otras formas más estables (equilibrio) y que no consumen tanta energía para perseverar en su ser. La muerte está ínsita en la vida. Pero Freud dice algo más, a saber, que la muerte misma está escrita y prescrita en el organismo. Esta formulación es sorprendente a la luz del descubrimiento en biología de la apoptosis o muerte celular programada.
La apoptosis es la muerte programada de una célula que obedece a señales de otras células, pero de acuerdo con un elemento de su código genético. Un primer hallazgo que vale la pena considerar es el hecho de que la muerte de ciertas células es clave en procesos morfogenéticos. En el sistema nervioso, por ejemplo, se ha estudiado la muerte celular programada como necesaria para la confirmación de estructuras funcionales. En el caso de los humanos, sucede algo similar en el desarrollo del cerebro. Durante los primeros meses de vida del ser humano las conexiones neuronales se multiplican exponencialmente. Pero parece que el desarrollo de las capacidades cognitivas concretas está asociada a la desconexión neuronal masiva. Es decir, una vez que el cerebro posee una estructura interconectada, como si se tratara de un gran bloque de piedra, viene el proceso de “escultura”, que apaga conexiones y deja otras activas que luego serán reforzadas. Ahora, es claro que, en estos casos, la muerte forma parte de la adaptación y está al servicio de la vida del organismo. Sin embargo, también los organismos y las especies están sometidas a procesos en donde pareciera activarse su instrucción de suicidio. Será siempre un acto arriesgado pasar de un nivel de análisis (las células) a otro (los organismos y las especies), pero hay que notar que fue un tema altamente polémico en biología el estudio del “suicido animal”, lo que parecería contradecir la tesis darwinista básica. Siempre ha sido posible encontrar de nuevo dónde la muerte opera a favor de la vida, pero el resultado no suele encontrarse en el individuo, sino en un conjunto. Aquí podríamos volver a las especulaciones de Goethe: la muerte forma parte de todo lo individual y determinado y es, digámoslo así, la garantía de que algo nuevo emergerá.
¿Pero qué es ese fondo que no podríamos llamar oscuro porque se encuentra debajo o detrás de nada, sino completamente expuesto en el comportamiento de los seres en el tiempo y el espacio? Aquí querríamos llamar a otros fenómenos asociados también con la muerte, como la nada o el silencio. Mira en torno tuyo. Verás múltiples cosas. Verás sus formas. Y verás también relaciones entre las cosas: la mesa detrás de la silla. El cuerpo descansando sobre la cama. Verás acontecimientos, como por ejemplo una parvada de cuervos revoloteando enloquecida en el centro de la ciudad. Pero no verás el fondo. No verás el espacio en el que aparece esa galería de cosas, formas y relaciones. No verás el cuarto del comedor donde están la mesa y la silla. No verás la ciudad que sirve de lienzo para aquellos pájaros frenéticos. No verás, en suma, el espacio en el cual todo ello habita; toma forma, se transforma, insiste, resiste o se disuelve. No reparamos en que una novela o un cuadro novela comienzan con un espacio rectangular en blanco. Mucho menos en que todo habite en un espacio determinado. Si, porque los triángulos y los cuadrados no chocan con las nubes, ni los átomos con las emociones. Cada ente tiene su modo de ser y, con ello, su espacio y sus relaciones posibles. Pero si esto no lo notamos, no se hable del espacio en el que cohabitan todos los espacios, esa especie de fondo silencioso.
Semejante fondo no es una cosa, no es un tema, no es un asunto, sino aquello que acoge las cosas, los temas y los asuntos. Es, sí, algo con forma, porque no admite la existencia de cualquier cosa, ni cualquier configuración (como vimos, solamente aloja a cierto tipo de cosas o entes), pero, al mismo tiempo, no es una mera nada. Pensemos en un caso. Uno entre muchos otros. El espacio de la teoría de la relatividad. Éste posee su forma, es decir, su geometría. Se puede curvar. Pero él no es un planeta, ni una estrella, ni un agujero negro. Ahora, sabemos también que ese espacio no preexiste a las cosas que aparentemente “contiene”. Que la masa de un objeto deforme el espacio-tiempo quiere decir que la curvatura no se impone a las cosas desde fuera, sino que surge con ellas. Como dice Jean-François Gautier a propósito del big bang “La expansión no tiene lugar en el espacio: es el espacio el que se dilata y el big bang no tiene lugar en el tiempo, porque el tiempo comienza […] Sin espacio ni tiempo no hay acontecimientos y si no hay acontecimientos, no hay física”. Pero esa deformación del espacio-tiempo se extiende por cierta región tal que otros cuerpos la “padecen”. Mutatis mutandis deberían sorprenderlos las anticipaciones de Platón en El Timeo, donde nos dice que el espacio (chora) es algo extraño, captable solamente por un razonamiento extravagante, bastardo, centáurico, diríamos: el espacio no es nada, no es lo que habita en él y, sin embargo, tampoco es un mero vacío, porque de hecho lo abordamos, lo pensamos. De lo que no se puede hablar… de todos modos terminamos hablando. Inevitablemente. Desde el momento en que lo exiliamos de la tierra firme del sentido.
¿Cuál es el espacio de los espacios? Para los griegos fue el “cosmos”, lo mismo que para los grandes naturalistas. Para los panteístas y panenteístas, el espacio último fue Dios. Para muchos modernos fue el sujeto pensante, soporte no de las cosas, pero sí de su representación o de su sentido. Para nosotros, humanos con universo, pero sin cosmos, con anhelos divinos, pero sin Dios y con potencias intelectuales, pero sin aseguramiento de un todo racional que pueda ser alojado en nuestra subjetividad pensante, vivimos irremediablemente en un archipiélago de espacios. Pese a todo, no podemos dejar de preguntarnos: ¿en qué aguas se despliega este archipiélago de espacios?
Al preguntarnos por el espacio nos preguntamos por esas aguas donde tiene lugar la disgregación de la Pangea, la deriva continental, por el negro en el que se extienden las constelaciones. Nos preguntamos por ese espacio que transmite las vibraciones de un lugar a otro como cuando tienen lugar un terremoto o un tsunami. Los matemáticos son quizá los pocos en haber tratado sistemáticamente ese fondo que pareciera marcado por un “no”. Dirijamos nuestra atención a la teoría de conjuntos. Todos nosotros nos familiarizamos con su versión más simple gracias a los diagramas de Venn: círculos que “contienen” cosas (en sentido estricto la función clave es la de “pertenencia”) y que producen traslapes con otros. Ahí estudiamos la unión, la disyunción, la intersección. Pero aprendimos también una noción clave: “todo lo que no es un conjunto”. En teoría de conjuntos ese fondo lo constituye el universo menos el conjunto en cuestión. Si nos interesa el conjunto A, su complemento será el universo menos A. Pero no tenemos qué decir qué sea eso. Algo similar opera con los juicios negativos. No es lo mismo decir: “esto no es un gato”, que “esto es un no-gato”. En el primer caso negamos que un objeto en cuestión (una x) tenga el valor de ser un gato. En el segundo, decimos que nuestra x es cualquier cosa excepto un minino. Pero ¿qué es un no-gato? Una hamburguesa, un callo, el número pi o la angustia por las noches.
Mira un paisaje, con sus montañas y sus valles. Verás los contornos, curvas, planicies, quizá algún pico. Pero no verás que todo lo que se destaca lo hace a partir de un fondo. Cualquier cosa a la que atendemos se obtiene por un borde, un relieve, algo que se distingue de un fondo que dejaremos indeterminado. Es similar a esas fotos donde el tema se encuentra enfocado, mientras que el fondo aparece fuera de foco. Se resalta la figura, mientras que el mundo es mandado a un detrás indeterminado, borroso, reducido a un continuum de color sin formas ni figuras. Pero sin ese fondo, la figura no exhibiría su garbo, su definición, su presencia abrumadora.
El fondo y el complemento se aproximan a lo que entendemos por el entorno u horizonte de las cosas. Ellas se encuentran insertas en espacios. Eso que las rodea les otorga un sitio y otras cosas vecinas con las que pueden interactuar. El adorno abandonado en una esquina polvosa de la casa, oculto entre otros tantos seres olvidados, se coge del sentido con las uñas para no desaparece para nosotros definitivamente. Pero la estatua colocada en la rotonda está ahí para que todos, autos y peatones, estén forzados a verla. El centro es casi sinónimo de privilegio: el argumento central, el centro de la ciudad, el centro de un sistema. Pero los centros distraen porque nos convencen de que son independientes y autosuficientes. Somos ciegos a las relaciones entre las cosas, las tomamos por entes sólidos y con propiedades adheridas a ellas. Pero más ciegos somos al conjunto de cosas y relaciones que rodean silenciosamente el foco de nuestra atención y todo aquello que consideramos central, importante, relevante. Lo presente se sostiene ahí por el lienzo que le prestan el pasado y el futuro. Las notas se destacan sobre el callado murmullo de la vida que llamamos silencio. Y todo ese mundo que llamamos subjetivo, de sentido desplegado en el lenguaje y en la historia es lo que sobresale para nosotros en el rumor de lo que con isoportable desdén nombramos naturaleza.