Se trata de no engancharse al facilón deporte que practica el ochenta por ciento de los analistas y comentócratas del país. Ese que consiste en golpear obsesivamente al presidente y a todos los actos u omisiones de su gobierno.
Y digo correctamente golpear. Porque lo menos que uno encuentra son análisis serios. Lo común: comentarios, diariamente, de odio y linchamiento.
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La sistematización incontenible de esa tónica es moda, resentimiento, fobias patológicas, racismo, parcialidad, vulgares mentiras y pereza para escribir sobre multitud de temas que hay.
Sólo con lupa se encuentra, en el veinte por ciento restante, críticas bien argumentadas, análisis fundados, propuestas, alternativas e ideas novedosas.
Caer en ese torrente de descalificaciones a todo y a todos, es conducirse lentamente al hartazgo de los lectores.
Me parece que se agrede al lector o radioescucha, o por lo menos se le subestima, asestándolo dosis diarias de visiones cerradas, negativas, apocalípticas, caprichosas o forzadas, sobre el poder y la cotidianidad.
Algo un tanto parecido sucedió con los contenidos de la revista “Siempre”, hace muchos años. Sus páginas eran extraordinarias. Cada semana, articulistas de primera línea aportaban comentarios, análisis lúcidos, textos reflexivos de una calidad excepcional.
Peeeero, al paso de los años, el público lector terminó adivinando casi lo que cada semana iba a decir fulano o sutano. Se sabía ya tonos, formas y contenidos. Y entonces, se brincaban las lecturas. Perdió atractivo la variedad, se cayó en la rutina, y la rutina es la muerte de todas las cosas.
Caer en esto es como mirarse cada día al espejo y creer que nada hay en el derredor, afuera, arriba, abajo.
Por eso, yo pienso que al tener un privilegiado espacio en un medio, es también una oportunidad de diversificar contenidos, enfoques, el temario es inagotable. Explorar otros campos, otros escenarios, otros medios, otros personajes.
Pensando en ello, un día de estos me asomé por otros lados.
Visité a un maestro que tuve en la secundaria, allá en la federal de Tecamachalco. Hacía más de medio siglo que no veía a mi querido e inolvidable maestro de biología Bernardino Rosas Almeida. Hace muchos años vive en Puebla, en una casa modesta en San Manuel.
Modesta pero rodeada de lo que era su pasión: plantas, árboles, flores.
Fue -y se lo dije en forma reiterada- parte de una generación de profesores de muy alta calidad. Todos eran conocedores de su área, dedicados, estupendos comunicadores de lo que sabían, amenos, rígidos algunos, duros otros. Y Bernardino era el mejor.
Transmitía de modo elocuente sus conocimientos, pero además con pasión, con una amenidad y entusiasmo que se aproximaban a la actuación.
Y algo más: conseguía una cálida y franca cercanía con el alumnado. Nos despertaba confianza para tratar asuntos más allá de las clases.
Jugaba basquetbol con todos, tenía una magnífica condición física. Llegaba diariamente en bicicleta, de su natal San Mateo Tlaixpan, una junta auxiliar de Tecamachalco, distante unos 4 o 5 kilómetros de la secundaria. Era conocedor y fanático del beisbol.
Los alumnos descubrimos ese lado flaco, el beisbol, y a partir de ahí urdimos la forma de distraerlo y lograr que su rigidez en los exámenes mensuales se tornara laxa, y aprovechar eso para pasar las pruebas con ciertas ventajas. Creo que él se daba cuenta, pero consentía con cierta complicidad. Eso jamás demeritó la calidad de sus enseñanzas.
Siempre nos despertó confianza y respeto.
Hoy tiene 87 años. El tiempo ha dejado su marca tremenda en aquella atlética figura. Pero tiene una lucidez extraordinaria. Le relaté estas cosas, platicamos de compañeros, repasó nombres, recordó sucesos.
-Xavier, -me dijo-, ¿Te acuerdas de “El Coyote”?
-¡Claro maestro, por supuesto…!
Fue un periódico estudiantil que hacíamos en la secundaria, bajo la guía, cuidado y dirección de él.
-Maestro, le dije, esa semillita periodística que usted sembró en mí, fue la que me ayudó a encontrar esta vocación y oficio que desde entonces le da sentido a mi vida.
Para su edad posee una mente ágil, tiene presente muchas vivencias. Fue maestro también en Celaya, Guanajuato, y aquí fundo una gran escuela secundaria que lleva el nombre de Francisco Villa.
El maestro Bernardino logró el aprecio y reconocimiento de todos. Gozaba por todos los poros su profesión como docente. Sus clases eran inolvidables. Eran tiempos del gis y pizarrón, nada de televisión y computadoras.
Y esa elemental herramienta precisamente, los gises de colores y el pizarrón, eran el recurso fundamental de sus clases de biología. Con manos mágicas, pintaba en el pizarrón una célula, con todos sus detalle; las partes de una planta; los huesos y tejidos del cuerpo humano, formas de las hojas y variedades de árboles. Tenía una creatividad que nos seducía.
El maestro Bernardino, estoy cierto, dejó una hermosa huella en centenares o millares de alumnos que cursamos con él sus clases de biología.
Aprendimos, más allá de los conocimientos propios de la materia, un estilo de vida, un modelo del ejercicio de la docencia, ese tipo de enseñanzas que se impregnan en uno y que, en la condición de alumno, dejan una marca que convierte a ciertos personajes en inolvidables.
Así fue mi querido maestro Bernardino.
Hoy lo recuerdo con cariño y gratitud. Ahí está, un soldado de la educación, de esos que han ayudado a forjar este gran país.