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OPINIÓN

Adiós, Adrián

Hay que regresar a una apariencia de vida con el poder de un arma y de quitar la vida

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Sábado, Diciembre 19, 2020

El 13 de diciembre, Adrián, fuiste apuñalado hasta la muerte. Hadamay resultó gravemente herida. Fuiste, con Hadamay, amigo, compañero y alumno de filosofía en la BUAP. Tomaste clases conmigo en licenciatura y en maestría. Estuve en tus exámenes profesionales. Conversamos innumerables veces. Bebimos café. Entrenamos.  

 

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[Silencio]

 

Fuiste lector de Hanna Arendt, filósofa que acuñó el término de “banalidad del mal”. Eso te interesaba: entender el mal y su modo de operar en la sociedad contemporánea. Muy lejos de la torpe celebración actual de una existencia “más allá del bien y del mal”, de ese nietzscheanismo para adolescentes. Hablamos sobre ello: la ligereza con que se quitaba la vida en la Alemania nazi, que el asesinato sistemático de población judía, gitana y con padecimientos de muchas clases se hiciera como el trámite de una solicitud. Pero hay otro mal que no se debe a la bestia estatal. Tampoco al mercado. Pero que se hace sitio en el intersticio de ambos. Del Estado toma complicidad e impotencia respecto al delito. Del mercado, una lógica del vida. Así, el asesino mata con impunidad y sueña con acumular billetes hasta que la muerte lo libere de su miseria. ¿Era algo de eso, Adrián, sobre lo que te preguntabas? 

 

¿Quién fue el culpable? Esos dos… ¿y nosotros, también, impotentes cómplices pasivos? Banalidad del mal. Banalidad de la vida. De la robada y de quien la roba. Hay que odiar la vida para odiarla en los demás. Y también hay que ser indiferente a la existencia propia para dar el paso fatal. Extraña mezcla de odio acérrimo e indiferencia radical. Despreciarse hasta el agotamiento, hasta no sentir nada. Y regresar a una apariencia de vida con el poder de un arma y de quitar la vida. Quitar la vida. Poder inmenso y a la vez minúsculo. No hay que hacer mucho, es relativamente fácil. Pero la vez significa haberlo hecho todo, punto de no retorno. Hecho banal e infame. Todavía nos confunde la vileza: queremos explicarla con el sufrimiento de otras violencias, con el dolor y la desesperación, como un acto de venganza. Y siempre nos sorprende, porque la vileza es vileza en cuanto no tiene justificación ni explicación. Si nos entregamos a esta gratuidad del mal le otorgamos la victoria, lo sacamos de toda racionalización y todo acto posible de no repetición. Si la explicamos y la justificamos, le quitamos esa cualidad absoluta que la hace abominable. Socialmente imperdonable. Explicaciones, explicaciones, hasta desintegrar al actor. Actos, actos, hasta desintegrar los condicionamientos.    

 

Hablamos también sobre la positividad del mal. Que éste no mera ausencia de bien. ¿Recuerdas? Lo dice Schelling. No es un proceso histórico. No es un hecho que pertenezca a una evolución humana posible. El mal es un hecho que tiene ser. Pero me pregunto, Adrián, si quizás no es que el mal sea banal, sino que la banalidad es el mal cuando se convierte en monarca. Donde todo está nivelado, en una paradójica selva de diferencias indiferentes, ¿quién podría apreciar la vida? Una hipótesis, Adrián, para que nosotros continuemos obligadamente las preguntas que te hiciste como filósofo y que nos dejaste doblemente como tarea: el mal se sigue hoy de la ocupación del poder por parte de lo vano. ¿Y qué eso vano? El anzuelo mordido todos los días de que hay que ser listo, sagaz, más rápido. Lógica de vida: una lógica del triunfador a toda costa. Terreno donde toda otra existencia es la vez una amenaza contra mi victoria, un obstáculo contra mi conquista (efímera) del mundo (que yo alucino) y menos que una basura en el camino. 

 

Dolor insoportable y anestesia absoluta. Impotencia inaceptable frente a la vida y potencia sin freno para quitarla. No, no basta decir que esto surge del uso de todos por todos, de tratar al prójimo como medio y no como fin. Quien considera ya su vida una basura no es fin. Él mismo es medio. Medios sin fines, uso instrumental de sí y de otros. Eso es la violencia. Pero no, tampoco eso basta. No es que todo sea medio, que todo se vuelva descartable. Es que esa actitud de desprecio ante la vida sigue siendo una venganza. Como cuando decimos: Dios está muerto, pero hacemos como si Él lo escuchara. Resentimiento con Dios por no haber nunca existido. Resentimiento contra el bien por no haberlo experimentado nunca. O no sé.

 

Me obligo a seguir preguntando, a perseguir el cumplimiento de la la justicia contigo, con Hadamay y con todos y todas los que siguen a la espera de ésta. 

Adiós, amigo. 

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