Echar de menos

Domingo, Noviembre 22, 2020 - 08:24

Para extrañar a los extraños se requiere ya de una dosis mayor de solidaridad

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Decano UPAEP

Para la “querida maestra” (doctora) Teresita Sevilla Zapata (1961-2020)

 

“Echar de menos también es amar.

Amo mucho últimamente”.

José Ma. Rodríguez Olaizola S.J.

https://twitter.com/jmolaizola/status/1329913819779444736?s=21

 

            Echar de menos también es amar y llevamos ya ocho meses y fracción amando mucho, echando mucho de menos, echando de menos a muchos que se han ido por la pandemia o durante la pandemia dejándonos un poco o un mucho más solos.

            Echar de menos, extrañar a los que se nos han adelantado en el camino durante este año terrible de 2020 que será siempre recordado aunque la mayoría, tal vez todos, quisiéramos desde ya empezar a olvidar.

            Echar de menos, extrañar a los cercanos es algo casi natural. Cuando un amigo se va como decía aquella vieja canción de Alberto Cortéz –de las pocas de su autoría que en mi gusto han resistido la prueba del tiempo- queda un espacio vacío que no se llena nunca por más que tengamos otros amigos, viejos camaradas de toda la vida, amigos cercanos recientes o nuevos amigos de esos que van llegando en cada etapa de la vida.

            Pero también es bueno, es necesario, es de bien nacidos echar de menos, extrañar a los que no eran tan cercanos o incluso a los que para nosotros eran desconocidos pero que formaban parte de nuestro México, de nuestro planeta, de nuestra común existencia como seres humanos.

            Para extrañar a los extraños se requiere ya de una dosis mayor de solidaridad, de una conciencia desarrollada en una educación que busca la solidaridad y la conciencia social, la fraternidad universal a la que convoca el Papa Francisco en su nueva encíclica y que tanta falta nos hace en estos tiempos ególatras en los que primero estoy yo, después estoy yo y al final estoy yo que “tengo derecho a cumplir mis sueños y a seguir lo que me apasiona” sin importar que para lograrlo necesite olvidarme del otro, ignorar al otro, sacrificar al otro o hasta pasar por encima del otro.

            Echar de menos a los extraños es una cuestión de sensibilidad humana basica, de empatía fundamental. Echar de menos por ejemplo a esos más de cien mil compatriotas que han perdido la vida por la pandemia según las cifras oficiales de casos confirmados de COVID-19 o a esos más de doscientos sesenta mil fallecidos según cálculos también basados en cifras oficiales contando el excedente de defunciones que ha traído este tiempo obscuro respecto a los años anteriores previos a la pesadilla de este virus microscópico que hasta el día de hoy, nos tiene encerrados y temerosos esperando la milagrosa vacuna que no llega o el esperado milagro que tampoco tiene visos de realizarse.

            Extrañar a los extraños también es amar y creo que muchos de nosotros, personas bien nacidas a las que les importa lo que pasa a su alrededor sentimos el dolor de todas las familias –más de cien mil o más de un cuarto de millón según la cifra que queramos adoptar- que han perdido a un ser querido en este año aciago de 2020.

            Pero así como se aprende a amar porque no se nace sabiendo, también se aprende esa forma rara y misteriosa de amar que es echar de menos. Porque así como un buen número de nosotros se conmueve ante estas pérdidas humanas y las siente como una tragedia, las vive en carne propia como algo inaceptable, como esa parte injusta y despiadada de la vida que de pronto no alcanzamos a entender, también hay otros, como el responsable del manejo de la pandemia desde la Secretaría de Salud que minimiza estas cifras porque las mira sólo como números y busca cuidar su chamba y proteger a su jefe y al proyecto político en el poder antes que aceptar esta derrota y abrirse a escuchar, a analizar, a revisar la estrategia y a reconocer los errores cometidos, a solidarizarse con las víctimas y tratar de cambiar el rumbo que ya mostró no estar dando los resultados esperados.

            Sesenta mil muertos eran el escenario catastrófico. Hoy rebasamos los cien mil y la culpa es de los medios de comunicación que publican los números que la misma autoridad proporciona. Hemos rebasado el peor escenario previsto y sin embargo el presidente se burla en su espectáculo de comedia mañanera de los encabezados de los diarios nacionales que dan cuenta de esta enorme tragedia que estamos viviendo. Estamos totalmente desprotegidos frente a la amenaza creciente –de una curva que nunca se aplanó y sigue subiendo- porque el máximo responsable de hacer frente a la pandemia y de proporcionar salud pública a todos los mexicanos mira siempre la realidad con ojos electoreros y se ríe de la tragedia que vivimos, empeñado en no mandar ni siquiera la mínima señal de precaución poniéndose un simple cubrebocas.

            Escribo indignado porque soy de los que echan de menos a los cercanos y de los que extrañan también a los extraños y me enoja, me indigna, me resulta imposible creer que la máxima autoridad de este país en vez de llorar, ría burlonamente de esta catástrofe que seguimos viviendo y que hasta hoy no tiene un final visible, una probabilidad de salvación.

            Desde esta indignación recuerdo, hago presente mi condición de educador, de profesional de la esperanza y me viene a la mente la frase de Hölderin citada por Edgar Morin al plantear el principio de salvataje, uno de sus principios de esperanza en la desesperanza: “Allí donde crece el peligro crece también lo que salva”.

            Desde mi vocación de educador y mi talante de pesimista esperanzado pienso que necesitamos seguir empeñados en este contexto donde el peligro no cesa de crecer en construir lo que salva. Pero me pregunto con realismo y sinceridad: ¿Cómo hacerlo? ¿Qué es lo que puede salvarnos hoy de esta catástrofe?

            No soy biólogo, ni químico, ni médico infectólogo, no hago investigación sobre virus ni puedo aportar esa vacuna que nos saque de esta vida en el miedo. Soy un simple educador que sin embargo puede aportar algo a la salvación de esta humanidad sumida en la desmoralización y la tristeza. Aportar un pequeño grano de arena, un miligramo de esperanza.

            Desde esta muy humilde condición creo que movido por este tuit puedo promover en mis estudiantes la capacidad de amar en su modalidad de echar de menos. Puedo enseñar a echar de menos a los cercanos y a honrar su memoria y su legado. Puedo enseñar también a extrañar a los extraños, que es otra forma de amar a la humanidad concreta en estos tiempos tremendamente dolorosos. Enseñar a  mis estudiantes a no ver sólo números en donde hay vidas humanas que se perdieron. Enseñarles que cada vida vale y que no hay consideración política o económica que pueda hacer a un lado este valor. Enseñarles a echar de menos, que es otra forma de amar.

Porque últimamente creo que he amado mucho.


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