Desde la infancia se nos enseña a ver a ciertos personajes como héroes fantásticos y luego, ya en la secundaria o en la preparatoria, nadie nos dice que no eran de bronce, sino hombres de carne y hueso.
Entonces, se nos queda la imagen de hombres perfectos, inmaculados, y los vemos allá arriba en las alturas, muy distantes del ser terreno.
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Los imaginamos con el rostro adusto, severo, arriba de un caballo y empuñando una espada.
A otros los llevamos en la memoria con el imponente traje negro, leyendo un libro, levantando la mano o pronunciando una arenga.
Pero siempre hace falta que nos digan, o que leyendo aprendamos, que los héroes fueron hombres de carne y hueso como nosotros.
Paco Ignacio Taibo II, ese hombre de hablar florido y a veces procaz, pero buen narrador de la historia, en uno de sus libros hace referencia a nuestros héroes pero sin ropaje de héroes. Eso nos permite imaginarlos mucho mejor, más cerca de nosotros.
Dice, por ejemplo, que Zaragoza fue además del comandante en jefe de la histórica batalla del 5 de Mayo, sastre y empleado de comercio.
Ignacio Comonfort, poblano y presidente de la república (una placa nos recordaba hasta hace algunos años la casa que habitó en la 2 poniente, junto a una famosa armería), fue un oscuro empleado de aduanas.
Santos Degollado, el destacadísimo general juarista, fue empleado y contador de la catedral de la catedral de Morelia. Pero también se dedicó a la geografía, filosofía, física, gramática, matemáticas, jurisprudencia, historia y teología.
Es el mismo que siendo general, cosía los botones y remendaba la ropa de sus oficiales del ejército.
Don Guillermo Prieto, aquél que salvó la vida de Juárez en el palacio de gobierno de Jalisco, con el grito “¡levanten las armas, los valientes no asesinan! ¡Si quieren sangre bébanse la mía..!”, fue en una etapa de su vida panadero fracasado y poeta populachero.
Jesús González Ortega, el gran héroe de la resistencia en el sitio de Puebla en 1863, fue tinterillo, como se le llamaba antes a los oficinistas modestos.
Melchor Ocampo fue heredero agrario y un erudito notable.
Ignacio Ramírez, El Nigromante, hasta se disfrazó de vendedor de pájaros.
Aquiles y Máximo Serdán, eran zapateros.
Carmen Serdán pintaba para violinista, pero tuvo que interrumpir sus estudios.
El general Miguel Cástulo Alatriste se dedicó a la sastrería.
Y, me acuerdo haber leído por ahí que hasta el expresidente Adolfo de la Huerta, al dejar la presidencia viajó a Estados Unidos y puso allá su academia en la que daba lecciones de canto.
Hoy en día estamos muy lejos de la contextura que tuvieron esos personajes de la vida pública en un momento en la historia de nuestro país.
Los motores que impulsan al hombre público hoy, en la gran mayoría, hablando de asuntos de Estado, son otros. Es triste decirlo, pero su visión y objetivos son totalmente crematísticos. Y ahí se quedan.
El compromiso con la sociedad casi no aparece en el horizonte; lejos, muy lejos, los ideales.
De principios mejor ni hablamos. Lo común es en ese ámbito encontrarnos con personajes que no tienen principios, sino…finales.
Su horizonte es muy personalista, egoísta inclusive. Su formación bien distante de un vínculo con las raíces y necesidades de la sociedad.
Los casos más deplorables, en ejemplos extremos, nos llevan a encontrarnos sujetos de la vida pública que, al ser comparados con un jumento, el humilde asno resulta mejor calificado. No exageramos, porque el modesto cuadrúpedo trabaja pero no delinque.
Este tema me llegó al participar en un magnífico programa de radio de mi amigo Ricardo Menéndez.
Después de la emisión y al revisar los medios, corroboré que el panorama que vemos en nuestro derredor es un muestrario vivo de todo esto: las elites de los partidos saltando de uno a otro, haciendo convenios y alianzas que nada tienen que ver con principios, programas de acción, ideales.
Son sociedades de corte rufianesco para lucrar, para llegar al poder y servirse del mismo.
Lo tienen que hacer utilizando el instrumento de los partidos porque son las aduanas que la ley obliga para tales fines.
Si no existieran esos caminos, es muy probable que lo hicieran sin escrúpulos como en los tiempos de la barbarie: a jalones y a tiros para llevarse trozos del botín. A rastras la pierna o el lomo de un elefante.
Quizá ni siquiera tendrían que utilizar antifaz. Hoy, para su fortuna, el cubrebocas es parte de la indumentaria contemporánea que responde muy bien a sus fines.
Si usted piensa que hay exageraciones en esto revise cuidadosamente los medios, vea a los protagonistas y sus estrategias, ubíquelos con nombre y apellido.