Juan Luis Hernández*
Aunque este 4 de noviembre amanecimos sin un ganador en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, no hay duda de que ya hay un claro ganador: Trump y su estilo kakistocrático de gobernar. La kakistocracia es el gobierno de los peores, y desde la década de los noventa con el tres veces primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, gobernar con ignorancia, mentiras, falsas noticias, narrativas violentas y cinismo profesional, se ha perfeccionado hasta lo que hemos visto en los últimos cuatro años con el nacimiento del trumpismo.
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Una pregunta que se hacen desde el lado demócrata es ¿cómo es posible que el 42% de los estadounidenses aún apoye al peor presidente de su historia? La respuesta que logra esbozarse desde la costa este o la costa oeste pro demócrata es que los seguidores de Trump viven en una burbuja de información sellada herméticamente, impermeable a la realidad. Y sólo así es posible que estén convencidos, como lo afirmó Stephen King en el Washington Post, que “las vacunas causan daño cerebral, el calentamiento global es un engaño, los demócratas violan niños y luego se los comen”. Parece difícil comprender que en la democracia más consolidada del mundo se hayan borrado los mínimos racionales con los que se lucha por el poder y hoy se gane esparciendo narrativas que sólo la ignorancia puede aceptar.
El hecho factual es que el gobierno de Trump ha perdido el mayor número de empleos desde la segunda guerra mundial, que ha tenido una de las peores gestiones de la pandemia a nivel mundial y que su liderazgo hace apología de la violencia. Que la aprobación de su gobierno nunca rebasó el 45% a lo largo de los últimos cuatro años y que una y otra vez tanto medios de comunicación como evaluadores profesionales de su estilo de gobernar han medido que de cada diez afirmaciones que hace todos los días, ocho son falsas o son afirmaciones sin pruebas.
Pero eso no ha importado a quienes le han votado masivamente tanto por correo como el día de ayer. Parece que la motivación de sus seguidores está en creer que Biden está tramando un complot para convertir a EU en una versión “a gran escala de Venezuela” (pensé que eso sólo funcionaba a la derecha de América Latina), que el candidato demócrata sufre “demencia”, que es un “títere” de la extrema izquierda, entre otras afirmaciones de un segmento de la población que prefiere afianzarse a sus prejuicios y que Trump ha sabido estimular electoralmente.
Uno de los politólogos más prestigiados en EU (Adam Przeworski) ha dicho estos días que la democracia norteamericana ya está rota, que el caos y la violencia se asoman a la vida política como antes sólo veíamos en los países en vías de desarrollo. Arguyó que si Trump no aceptaba los resultados probablemente acudiría a maniobras político-judiciales para ganar a como dé lugar, como lo vemos el día de hoy, arengando al fraude electoral. Así pues, Trump ha logrado erosionar la democracia estadounidense no sólo abusando de su poder, sino socavando las bases sociales que permitían, aún en polarización, dirimir pacíficamente la lucha por el poder. Hoy son cada vez más los espacios serios en la opinión pública en Estados Unidos que hablan con preocupación de que el clima de odio que ha alentado Trump los lleve a un escenario de guerra civil.
La reafirmación kakistocrática por parte de los electores tiene a Trump peleando la presidencia como si se tratara de un héroe nacional. Sus seguidores están empoderados con el uso de la violencia y la provocación. Los rumores y prejuicios sobresalen más en una hegemonía conjunta de apatía a la realidad y triunfo indiscutible de la posverdad. Así se está jugando al poder en nuestro vecino del norte. Si en los próximos días se confirma el triunfo de Trump, no cabe duda, estaremos inaugurando una nueva era en la que se profundizará la decadencia del imperio norteamericano y se alentarán por todo el mundo los populismos kakistocráticos.
*Politólogo, Director General del Medio Universitario de la Ibero Puebla.