Nuestra realidad se compone de pensamientos, creencias, valores, emociones, sentimientos y a fin de cuenta de percepciones que obtenemos del mundo. Durante muchos años y como efecto colateral del pensamiento científico que se ha proclamado en los últimos años como garante e incluso hacedor de la verdad, nos hemos convencido de que la naturaleza y los fenómenos que ocurren en ella son medibles, verificables y ajenos a nosotros mismos (suceden fuera de mí). El ser humano en el intento de las ciencias modernas para estudiarlo, también se ha convertido en un objeto de estudio que debe seguir la misma lógica: medible, cuantificable, verificable. Esto ha hecho que el mundo psíquico, mental y espiritual quede relacionado a los tiempos del pensamiento religioso y por lo tanto pierda interés en el nuevo paradigma pues los procesos internos no se pueden medir y mucho menos cuantificar.
Adicionalmente esto nos ha dividido entre “modernos” y “religiosos” por ponerle algún nombre pues se ha presentado erróneamente a la ciencia como una opción a la religión. Y no solo esto ha sido perjudicial para los que eligen la ciencia como fuente de la verdad y desprecian la religión y la espiritualidad, sino que al revés pasa lo mismo y se refuerza un pensamiento fundamentalista en nuestras sociedades.
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La psicología, la economía, la sociología e incluso la filosofía (exceptuando la metafísica) han buscado su lugar en este nuevo paradigma y han querido demostrar que también son “ciencia”. En un esfuerzo por jugar con las reglas de las ciencias “exactas” han desacreditado los avances que muchas veces constituyeron su propio fundamento y por lo tanto se han puesto en segundo lugar también en la búsqueda de la verdad. No completamente, sería injusto decir que las ciencias se han hecho esto a sí mismas; han sido algunos personajes que en el afán de ser “científicos” han decidido dar rumbos nuevos (desde principios del siglo XX y de manera muy explícita en este siglo XXI) que las alejan de su función original. Esto ha sido percibido por los jóvenes que acostumbrados a la inmediatez y la practicidad de los conocimientos que desde pequeños han recibido como una promesa de mejora económica y aumento de estatus, los ha alejado de la búsqueda de la verdad y por lo tanto de las ciencias que no parecen tan “científicas” en este nuevo contexto y se puede verificar en la oferta académica de las universidades en nuestro país.
El problema a corto plazo es que los seres humanos somos un objeto y eso lo tiene claro el sistema político y económico. Cada vez más, somos un lugar de experimento y de explotación en nuestros cuerpos y nuestras mentes. La psiquiatría busca que sigamos siendo funcionales en una sociedad que nos desequilibra, la sociología opina sobre distintos sistemas de organización, pero no encuentra eco y casi ya nadie la estudia. La filosofía intenta entrarle al juego de las neurociencias buscando la conexión con los porqués digeridos para una generación a la que ya no le interesa leer pues lo considera una pérdida de tiempo. La misma política que tenía como vocación mejorar nuestras vidas desde el uso del poder se ha aliado con los actores económicos perdiendo su imparcialidad en la toma de decisiones, corrompiéndose y dejando vacíos que han ocupado otros actores para gobernarnos desde la sombra y buscar sus propios fines. Del arte mejor ni hablamos…
En un escenario como este ¿qué podemos hacer? En primer lugar, darnos cuenta de que la realidad depende de mí proceder. No es una cuestión de ser buenos o malos, o de lograr poco o mucho. Es una cuestión de construcción de realidad a través de ideas, creencias y comportamientos en donde retomamos el control de nuestras vidas y todo lo que hacemos o no hacemos tiene consecuencias que no podemos calcular. Nos han engañado minimizando las acciones y haciéndonos creer que no podemos cambiar nada. Esto es falso. Podemos cambiar el mundo a través de decisiones cotidianas y a corto plazo. El ser humano no es una máquina para utilizar, es un ser completo que vive interrelacionado con otros seres humanos y el planeta que no tiene fronteras –esas nos las inventamos nosotros- y por lo tanto no puede obtener felicidad duradera y profunda si no toma en cuenta que su participación es importante dentro del todo.
El arte, la psicología, la filosofía, la sociología, la antropología y las ciencias humanas no han olvidado su vocación de recordarnos esto. No caigamos en la trampa de creer que vinimos a este mundo a producir y a consumir. Vinimos a crear y a compartir la experiencia humana. Entre tanto miedo y apocalipsis hoy recibe una buena noticia: la vida tiene sentido y el sentido no viene de afuera; viene de dentro de ti y lo que tu hagas es importante. Lo que tu hagas es importante.
El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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