A PHP Error was encountered

Severity: Warning

Message: strip_tags() expects parameter 1 to be string, array given

Filename: views/seo_nota_opinion.php

Line Number: 45

Backtrace:

File: /mnt/volume_nyc3_01/html/api/application/views/seo_nota_opinion.php
Line: 45
Function: strip_tags

File: /mnt/volume_nyc3_01/html/api/application/controllers/Welcome.php
Line: 1246
Function: view

File: /mnt/volume_nyc3_01/html/api/index.php
Line: 315
Function: require_once

Regresa, regresa, para no volver más | Arturo Romero Contreras

Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Regresa, regresa, para no volver más

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Domingo, Agosto 16, 2020

Yo no soy Hamlet. No represento a nadie. Mis palabras no dicen nada. Mis pensamientos lamen la sangre de las imágenes. Mi obra ya no se representa. El escenario detrás de mí fue construido por gente a quien no le importa mi drama, para gente a quien no le interesa. A mí tampoco me importa. No voy a actuar ya.

Heiner Müller. Máquina Hamlet

Más artículos del autor

 

¡Usted interpreta esta ópera por 84ª vez! Debe conocer verdaderamente el espantoso desenlace que encierra. / Lo conozco, pero no en el primer acto. / ¿Entonces por qué actúa usted con una esperanza en el rostro? / Porque no puedo conocer el quinto acto en el primero. / ¿Quiere decir que la ópera podría tener otro desenlace? / Absolutamente.

Diálogo de la película “El poder de los sentimientos”, de Alexander Kluge.

 

Lo que no tiene sustancia no existe sino por la repetición. Un tema musical no existe sino porque que se repite. Lo mismo un ritmo. Lo mismo un patrón. En la cultura no hay producción sin reproducción. También como animales nos reproducimos para persistir en el ser. Repetimos porque vivimos en un mundo discreto. Compases, palabras, cuerpos mortales. La discreción es un modo de la finitud. Nada dice que el universo sea, globalmente, continuo o discontinuo. Solamente podemos afirmar esto: que nosotros no lo somos. Este mundo discreto significa que la vida tiene que pasarse como una llama de antorcha en antorcha. Que la palabra tiene que decirse y escucharse para no esfumarse. Que yo no soy nada sin los otros. Que un compás necesariamente muere para dar nacimiento a otro, que puede albergar en su seno nuevas notas. Si la música para. Para todo. Por eso se expone un tema. Se desarrolla. Por eso existen las codas y los dos puntos al final del compás, y los ritornelos y todo eso: formas de repetir. Existir no es una presencia continuada, sino reiterar. Al repetir se crea el carácter y el estilo. Por ello decimos: su estilo es irrepetible, porque solamente una persona puede hacerlo y poner su signatura.

Vivir es crearse un ritmo, que vulgarmente se llama rutina. Es crearse un patrón, que vulgarmente se llama personalidad. Pero en la repetición el tiempo se da un espacio, se hace espacio, para que la vida, precisamente tenga lugar. Lo que existe es lo que tiene lugar. Pero tiene el lugar que se hace, precisamente en la repetición. Pero ¿cómo podemos hablar de espacio en el hecho puramente temporal del repetir? Mira un pentagrama. La repetición de notas crea un patrón visible. Mira una fuga: comienza la primera voz, que es un trazo. Sigue la segunda, que repite el trazo desfasado. La tercera. La cuarta. Cuando todas suenan al unísono para hacer vibrar la armonía la figura se puede ver. Se ve en la partitura no menos que en la música, aunque no se posea el don de la cinestesia. Los científicos que estudian los sistemas dinámicos, es decir, organizaciones del mundo natural sensibles de manera particular al tiempo, reconocen patrones. Periodicidad, no-periodicidad, es decir, su carácter rítmico regular o irregular; si hay uno o dos o más atractores, es decir, ese “centro” o “centros” en torno del cual los valores de las variables “orbitan”; si el movimiento tiende al desorden (como en la disipación), etc. Los sistemas dinámicos estudian la música de la materia. No hay que ser un pitagórico. Las partículas tienen ondas asociadas. Los materiales vibran a ciertas frecuencias. Las notas producen naturalmente vibración de sus armónicos. Esos patrones son figuras: ondas, círculos, torbellinos, espacios n-dimensionales. Y el trazo de estas figuras sucede en un espacio. No en un espacio genérico y homogéneo. Cada espacio es un escenario que admite sus propias representaciones. Tantos espacios como grupos de fenómenos.

¿Qué distingue de manera destacada a un espacio de otro? El número y tipo de caminos posibles. Ahí están los espacios triviales, donde no hay nada, ninguna diferencia. Son los desiertos, donde se seca la vida. No hay norte, ni sur, ni este, ni oeste para orientarse. Pero podemos vivimos en una esfera, o dar vueltas en torno de una dona (un toro, como lo llaman los matemáticos). El espacio comienza por una marca, a veces solamente por la arbitrariedad del punto que se corona como la coordenada 0,0, en el caso de dos dimensiones. Pero la mayoría de las veces los espacios son más interesantes, un conjunto de marcas y diferencias. Los espacios pueden ser, así, homogéneos o curvos (positivos o negativos), pueden ser reales o complejos (incluir los números imaginarios), pueden ser topológicos (donde no interesa la medida) o realmente abstractos (como los haces o los topoi). Y de ahí, incluso lo inimaginable. En todo caso lo cuenta en los espacios es cómo podemos movernos en ellos. Caminos de bosque, caminos de carretera, caminos neuronales, caminos de la piel, caminos de la pintura extendidos a lo largo de una arruga. Pasos a desnivel. Túneles. Puentes. Dobles y triples pisos. Circulación: de mercancías, de cuerpos, de deseos, de capital. Universo dentro del universo. Un bolsillo con sus propias leyes dentro de un trozo desmesuradamente extendido de tela.

Nosotros somos discretos, es decir, mortales, pero los espacios que habitamos pueden ser continuos o discontinuos, viscosos o líquidos, con o sin textura, con o sin medida. Lo que cuenta, nuevamente, es cómo se puede uno mover en ellos y cómo se expone a sus otros habitantes. Hay espacios que se recorren como archipiélagos. Otros son continuos, chiclosos, deformables. Algunos no tienen borde, pero son finitos (como una esfera, cuyo límite nunca encontramos al desplazarnos sobre su superficie, aunque sepamos que es finita porque después de una vuelta llegamos al mismo lugar). Otros son ilimitados (no compactos, sin borde, que se extienden sin fin), mientras que otros, compactos, nos ofrecen una topología global (como la esfera, el toro, la banda de Möbius, la botella de Klein).

Para preguntarse por los caminos hay que saber ciertas cosas para ubicarse, como la dimensión, la escala, la topología, el tipo de números (naturales, reales, imaginarios), la globalidad o localidad, el número de agujeros. Pero todo esto, el espacio mismo, en tanto que no depende de ninguna sustancia, se crea en el tiempo, por la repetición. Tiempo y espacio surgen en simultáneo. ¿Y qué es lo que se repite? Llamémoslo materia, en su sentido más amplio: átomos, piedras, palabras, cada uno con sus propias reglas, sus propios espacios y tiempos, es decir sus cronotopos. Y todos los cronotopos entrelazados entre sí. Pero sin hacer uno. En continuidad no-simple, pero sin totalidad. Multiplicidad anudada.  

Repetimos para ser. Sin repetición no existen los seres radicalmente temporales, pues carecemos de sustancia durable. Atamos nudos de tiempo en el aire. Y sí, claro, necesitamos una cierta materialidad para escribir, para asentar unos cuantos trazos, para llevar la bitácora de la memoria. Pero esa tablilla es viscosa, húmeda, maleable. No hay recuerdo que permanezca intacto, como un sello, sino que él mismo se mueve, circula, se enlaza con otros, cobra forma, se transforma o se difumina. Así también el deseo, que se extiende como un conjunto de trazos en torno de personas, lugares, acciones. Nos complacemos en hacer esos recorridos en torno de los hitos de la vida.

No hay interiores y exteriores, sino trayectos. Trayectos rectos. Trayectos que se desvían. Multitud de caminos. Caminos equivalentes. Muchos caminos con una misma meta. Caminos divergentes. Caminos que se cruzan. Caminos en paralelo. Caminos trenzados. Es que llamamos hogar: nuestro planeta, nuestra cultura, nuestra casa o nuestro cuerpo no son territorios, sino pliegues. O torsiones. O nudos. A fin de cuentas, espacios que admiten tales o cuales caminos y que poseen tales y cuales fronteras. Fronteras porosas, fronteras difuminadas, fronteras sinuosas como una curva de Koch. Y hay pliegues, torsiones y nudos como respuestas espaciales a los límites, a los obstáculos. Lo intransitable es lo imposible, pero lo imposible, la limitación, es siempre la condición positiva de lo que existe de forma determinada y concreta.

Todo condicionamiento es posibilitante. Decimos, la gravedad de la tierra es un límite, constituye una fuerza que nos hace llevar a cuestas nuestro cuerpo. Quisiéramos no pesar para flotar por el mundo. Pero al abolir la fricción no podríamos oponer resistencia a los aires del momento. No podríamos apurar o alentar el paso. No podríamos acariciarnos lentamente. Los globos de helio sufren por no poder controlar su destino con sus manos de látex. Las obstrucciones en el camino son lo que lo hacen rico. Sin obstáculos habría solamente líneas rectas. Y llegaríamos rápido, incluso, quizá instantáneamente, a la meta. El inicio y el final serían lo mismo y entonces no habría duración, trayecto, ni vida. La vida es un desvío alrededor de todos sus obstáculos. Y su forma son los pliegues y repliegues, las torsiones y contorsiones del espacio de vida, los cuales nacen de cada encuentro con un obstáculo, con un imposible. La imposibilidad es lo que único que posibilita de manera concreta. Estas manos, estos pies, esta espalda, tan así o asa, mis rodillas tan limitadas, dolidas y maltrechas, son eso mismo que puede.

Repetimos. Repetimos para ser porque carecemos de persistencia sustancial. Lo que no se repite es como si no hubiera sido dicho nuca. Todo el lenguaje no es sino la estructura al servicio de la posibilidad de reiteración. Las palabras sólo existen porque se les repite incesantemente. Todos los días las mismas, el mismo conjunto finito (que se amplía, seguro, pero a velocidad de Baobab). Somos finitos porque estamos separados y porque morimos. Eso significa que lo que decimos no existe hasta que es escuchado y escuchar es repetir, o dejar que una palabra mía se repita en otro. No hay nada sin la repetición, que es confirmación, pero no sin un precio, el de la interpretación, que es lo que signa la condición de todo repetir: no poder repetirse íntegramente, estar a la deriva. Al final, no pervive nuestro mensaje, sino el lenguaje mismo. También por ello repetimos nosotros, para no ser meramente repetidos por el lenguaje, usados por él. Repetir significa entonces la posibilidad de repetir a otros para adherirnos al destino que les suponemos (lo que fantaseamos que es la vida de los otros) o repetirlos con la torsión del estilo de cada uno (con nuestra signatura) una y otra vez, todo el tiempo, hasta que se deja ver eso: un estilo, un modo, incluso solamente un modillo propio. Lo singular es la repetición más un milímetro de distancia.   

Pero porque repetimos nos queda reservada la más asombrosa de las posibilidades, que es el recomienzo. Comenzamos en un punto del círculo y lo recorremos casi por entero. Pero en el instante justo del retorno completo, del ciclo, tenemos la oportunidad de decir sí, una vez más, y afirmar ese espacio de existencia. O no. Detenerse. Decir: no más. No hay nada heroico en aceptar las cosas como son en sus ciclos, naturales o antinaturales, ligeros o pesados. Hay tanto heroísmo en volver a soportar un nuevo ciclo de dolor como en decir: basta. Repetimos y por ello tenemos siempre la opción de reafirmarnos, de volver a recomenzar, o de introducir la pequeña desviación que cambia la ruta, los caminos y los ciclos venideros. Todo parte y regresa, es verdad, pero sucede que en cada retorno se nos plantea la misma pregunta ¿continuarás igual? Pregunta ética por excelencia, pero silenciosa. Cuando avanzamos por la circunferencia no sabemos dónde estamos, todo parece nuevo, diferente. Es sólo cuando se cumple la sentencia circular, el destino del ciclo, que nos reconocemos en nuestra compulsión a repetir. Y casi siempre se nos va ese punto, ese instante de certeza donde vemos que hemos hecho lo mismo de siempre, para bien o para mal, que no cambiamos para nada el libreto. Para insistir hay que repetir, pero la repetición es la eterna oportunidad para dejar de hacerlo, el cumplimiento de una vuelta que se hace visible y por ello da la oportunidad de una bifurcación. Por la repetición es que incluso la compulsión a repetir recibe la oportunidad de parar. Pero cuando se hace otra cosa por primera vez, cuando se toma otro camino, hay que repetirlo para no perderlo, para no extraviar lo encontrado.  

Pero aceptemos esto: que la repetición se traza sobre un esquema siempre doble, por una doble vía que siempre está presente. Hay algo que siempre retorna y algo que siempre se pierde. La oportunidad que tenemos es tomar la vía del camino sin retorno y luego crear otros ciclos. Para explicarlo en términos de lenguaje. No hay palabra que no parta, que no se separe, que no se haya separado desde siempre de lo que intenta decir. Pero no hay palabra que no vuelva, que no haya estado volviendo ininterrumpidamente, pues de otro modo no habría comprender. Todo conocer es reconocer. Repetir. Pero se conoce porque las cosas no se repiten. No idénticamente. Se trata siempre de la suma de un círculo y una línea. Ésta se pierde en el infinito como peregrinación sin fin, que viene desde el infinito mismo y que marca el doble drama: de lo irreversible, pero a la vez de lo libre. Sólo fuera del círculo, en lo que se pierde para siempre, nace el tiempo y sólo ahí germina lo libre. El círculo, en cambio, representa el regreso, sin el cual no se atestigua la pérdida, ni nada en absoluto. En el círculo se engendra el espacio de los ciclos de la renovación y de la confirmación. Línea y círculo son tangentes: se tocan en un punto, casi en el cero. Línea y círculo brotan juntos. Es preciso, para que lo nuevo pueda nacer bajo el signo de la extrañeza y lo extraño resguardar lo inédito.

Vistas: 849
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs