Las redes sociales, (Twitter y Facebook) son un ejemplo de la vorágine viviente que transmite los deseos y opiniones generales de la humanidad.
De todas las cosas que pasan en la actualidad, nadie advirtió ni en dimensión ni en profundidad, que la sociedad a través de sus redes “se desnuda” para abrirse de una forma distinta al mundo de la información, esto no necesariamente tiene un adjetivo positivo ni negativo, sólo es algo que en la vida fáctica, sucede.
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Abrir los canales y conductos de la información ha permitido que la humanidad no sólo se informe sino que incluso tenga la oportunidad y posibilidad de comunicarse y expresar su sentir sobre los temas que le resultan relevantes o importantes.
En los últimos 10 años, el crecimiento de las empresas dedicadas a la comunicación digital, se han multiplicado de manera exponencial, dejando entrever que la mayoría de las personas buscan no sólo ser espectadores, sino verdaderos participantes.
Sin embargo, existe un riesgo.
Todos creen saber (-aunque no tengan la menor idea-) de política, salud, energía, educación, medio ambiente, economía, fiscalización, religión, derechos humanos, etc, etc, etc… Cada día “aparecen nuevos expertos” que más que informar, desinforman, que más que orientar, desorientan, que más que dar datos duros, inventan.
Esta actitud de creer ser, sin ser, ha derivado en una serie de posiciones que a la larga pueden ser muy graves para la convivencia democrática.
El asunto de la opinión pública ha reabierto la discusión sobre el efecto que produce en los individuos la participación proactiva.
Sabemos que la democracia ha generado, (como afirma el pensador italiano Michelangelo Bovero) una gramática propia, pues los conceptos que la constituyen suelen expresar sentidos polisemánticos, equívocos y, por momentos, equivocados.
Algunos, por ejemplo, confunden la libertad de expresión o la libre manifestación de ideas con la opinión pública.
La primera es un derecho constitucional que tienen todos los ciudadanos con las reservas que la propia ley advierte, mientras que la segunda está circunscrita a un pequeño grupo, según las nociones ilustradas de ciudadanos bien informados. Los rasgos que comparten son el sentido ético y de responsabilidad social e individual que deben conservar como principios.
Hoy todos podemos participar y opinar sobre todos los asuntos, sean éstos públicos o privados, (incluso sobre aquellos temas que nos son ajenos).
Dicha acción (que puede dependiendo de su grado, en algún momento transgredir la ley) se vuelve relevante, cuando son hombres públicos y no ciudadanos de a pie, quienes participan en la expresión de dichas opiniones.
Cuando las personas públicas (debido a su nivel económico, político o social) emiten opiniones irresponsables, falsas, cuestionables o de imposible comprobación, indirectamente promueven la divulgación de información falsa, que necesariamente impacta en la población.
Son los comentarios tendenciosos, infundados o desafortunados, los que generan confusiones graves.
Si a eso le sumamos, la calidad pública, de quienes los ejercen, se produce un choque pues no se tiene certeza de si los mismos se emiten a la luz de la opinión pública o si bien, son un punto de vista personal respecto de algún tópico.
Si son de opinión pública ¿cuál es el objetivo? ¿es que acaso, existe, algún fin obscuro en ellos? ¿son realmente, comentarios hechos al azar? O más bien, ¿son comentarios específicos, canalizados, enfocados y bien estructurados que pretenden alcanzar alguna meta?
¿Usted estimado lector que opina ?
Continuara…