Žižek, el filósofo (farsante) más sobrevalorado

Martes, Abril 21, 2020 - 06:11

Y la farsa es el género más auténtico de nuestra época.

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Recientemente circuló entre los círculos filosóficos de Facebook una pequeña encuesta que incluía preguntas como: ¿a qué filósofo odias?, ¿qué filósofo te inspiró?, ¿cuál consideras el más sobrevalorado? Etc. Se trataba de un ejercicio voyeurista-exhibicionista, la presentación de tarjetas de los integrantes del gremio. Pero lo llamativo es que esta última pregunta recibía frecuentemente la misma respuesta: Žižek. Žižek el sobrevalorado. Y por la misma razón, aparecía también como respuesta favorita de otra pregunta ¿cuál es tu placer culposo en filosofía? Žižek: placer inconfesable, declaradamente deleznable. A Byung-Chul han se le declara a veces sobrevalorado, pero no demasiado. ¿Por qué? Veamos la pregunta: ¿cuál consideras el filósofo más sobrevalorado? Žižek es un filósofo sobrevalorado. Byung Chul-Han, parece, no alcanza a entrar en la categoría. 

Los resultados de la encuesta no son evidencia, son ejemplo, de una recepción muy extendida. Žižek es despreciablemente interesante, decepcionante placer culposo. No se le puede leer. Y no se le puede dejar de leer. Žižek es un farsante profesional. Lo digo como un cumplido. Es un maestro de la farsa. Y la farsa es el género más auténtico de nuestra época. Sí, es el género que, en su falta de aspiración a la autenticidad, aspira a lo auténtico con lo prosaico. El último gran filósofo fue, probablemente, Heidegger. No juzgamos aquí su obra, sino su influencia, su manera de marcar una época, de dejar su impronta en tantos pensadores y pensadores. Su estilo es sombrío, oscuro y poético. En sus textos y conferencias pesan la seriedad y la bruma, un espíritu milenarista y con aires redentores. El sustituto perfecto de un Marx fracasado en la praxis, también redentor, pero más irónico, más incrédulo de la filosofía. Toda la filosofía “continental” imitó o se conmovió con su estilo de leer la historia como totalidad fatal, como un problema de los inicios y los finales. Asunto del destino. Incluso el más reciente autoproclamado filósofo y salvador del gremio, Badiou, reclama como suya la tarea de Heidegger: pensar el ser en cuanto tal bajo la guía de la diferencia ontológica. Es un asunto de géneros de escritura. Heidegger viene la Alemania más triste, la trágica, que no sabe pensar si no es de la mano de Sófocles y Esquilo. Todo lo que se aleje de este espíritu de la pesadez le resulta necesariamente sospechoso. Badiou hace teatro. Teatro que emerge desde el absurdo de la existencia y que busca una salvación heroica a manos de un sujeto temeroso. Žižek es un farsante. Hace farsa, pues. Y si leemos la historia de los géneros, la tragedia, de los griegos a Calderón de la Barca y Hamlet, es la expresión del desgarramiento puro. El teatro del absurdo se sacude la tragedia en tanto renuncia a la gran trama, a las grandes figuras, a la grandilocuencia del condenado por el destino. Pero espera a Godott. Es un absurdo doloroso, sudoroso. Es un absurdo de Sísifo. Žižek es un farsante. Y es que la tragedia no nos convence y el existencialismo nos aburre. La farsa es el género más legítimo cuando ya no se puede hablar en serio. Pero, quien abraza seriamente la farsa, termina ganando una peculiar legitimidad. Con el respeto que le guardo a Badiou, debo decir que su estilo elevado resulta exagerado, fuera de época, un poco falso. Asido a una época perdida. Žižek, en cambio, abraza la farsa. Pero no como quien dice: mira, yo quisiera ser un trágico, quisiera ser un loco, quisiera reventarme el cerebro con un revólver, quisiera ser un revolucionario que se inmola, pero no puedo, así que: ecce homo, una broma. Žižek es un farsante profesional porque toma la farsa en serio. Badiou es a Bruce Lee lo que Žižek a Jackie Chan. Nadie puede ser ya Bruce Lee. No lo creeríamos. Las películas de artes marciales deben ser ya fantásticas para convencer: belleza de la cámara lenta, de los vuelos imposibles, de los colores irreales. Un sueño. Lo más auténtico es la comedia ácida, el sitcom, el late show. No es Elvis, sino el Jackie Chan de la cultura popular. Pero nadie niega el talento de estos últimos. Jacke Chan hace Kung Fu, como Žižek filosofía.

Con la farsa, hace regresar a la filosofía, le da el sitio para hablar. Sí: es asistemático, ocurrente, escribe más rápido de lo que piensa, se contradice, es banal. Pero nadie le escatima que, entre chiste y provocación, emergen siempre comentarios luminosos con los que no sabemos realmente qué hacer. Sabemos que los chistes son pedagógicos. Son utilizados en una buena doctrina brechtiana. Hay que despertar. Pero no del sueño, sino en el sueño mismo. Sueño lúcido, diríamos. Brecht, recordemos, no vende indulgencias, ni pases de salida de la enajenación (Entfremdung). Brecht propone enajenarse de la enajenación, anteponer una distancia a otra distancia, en vez de anular la distancia en el sueño soporífero de la reconciliación y la unidad. Extrañamiento (Verfremdung) de la enajenación (Entfremdung), procedimiento que se repite en Lacan en su distinción entre enajenación (cuando yo me identifico falsamente con el otro) y separación (cuando tomo distancia de mi propio enajenamiento, de mi propia realidad imaginaria). No salgo del sueño. Pero porque se le tuerce la mano a Calderón de la Barca para que confiese que no: que los sueños no son solamente sueños. Así que, lejos de buscar la realidad detrás de lo imaginario, hay que buscar lo real de lo imaginario.

¿Cómo se puede escribir hoy filosofía? De muchos modos, sin duda. Pero cada elección del género es una elección de la filosofía misma que se representa. La filosofía se ha hecho en diálogos, en tratados, en aforismos, en conferencias. Los géneros no son “productos” de la época. Son, al contrario, respuestas a ella. Hoy mismo podríamos sentarnos a escribir una Summa Theologiae. Nadie lo impediría. Pero sería mentiroso. Sin importar el contenido. Hoy no podemos ser trágicos, ni existencialistas sin sonar forzados. El acierto de Žižek consiste en haber mostrado nuestra alma desbordada de farsa. Es por ello que se convierte en placer culposo, porque la farsa no se toma en serio. Es divertimento, pérdida de los grandes géneros y del alto vuelo, se dice. Pero sucede todo lo contrario. La farsa de Žižek es precisamente lo más serio que se ha podido hacer. Y es por ello que se le considera como sobrevalorado, pero, ante todo, como filósofo.

¿Foucault o Chomsky? ¿Derrida o Gadamer? ¿Lyotard o Habermas? ¿Nominalismo o universalismo? ¿Rawls o Nozick? ¿Psicoanálisis o filosofía? ¿Keynes o Hayek? ¿Filosofía continental o analítica? Estas son las decisiones de nuestra época, los polos que parten y reparten a los intelectuales en bandos, las pandillas que los enfrentan en lucha a muerte, como si todo se decidiera ahí. Por el contrario, Žižek aquí se muestra como un espantoso conservador hegeliano. Su respuesta las “grandes” disyuntivas de la época es la farsa. ¿El uno o el otro? ¡Sí por favor! Atiéndase al método profundamente hegeliano de leer en las oposiciones que tensan una época motivos invertidos que provienen de una misma matriz. Foucault es más radical que Chomsky porque cuestiona, implacablemente, que exista una esencia humana y que podamos crear un plan de lo que debería ser la humanidad. Nuestra actividad debe ser crítica e hipercrítica, demoler todo … pero en el pensamiento. Al final, Foucault, al pedir demasiado, en realidad no exige nada. Chomsky, que exige algo tan estrecho y concreto, en realidad pide más. Pero no tanto, porque su estrechez de inicio no se conjura con su concreción. Hay que pasar por en medio de ambos sin encontrar un “término medio”. Hegel nunca lo hizo. Entre el deseo de comunicación límpida de un Habermas y la sospecha de todo postestructuralista que pide, ante todo, respeto a la alteridad radical, existe un acuerdo de base: la sacralidad del lenguaje. El deseo de encuentro y el rechazo de encuentro provienen de una misma cancelación del encuentro mismo, que es traumático y decepcionante a la vez, imposible y teniendo lugar todo el tiempo. La filosofía habla solamente cuando tiene algo que decir. Y dice algo cuando no toma partido. No porque no tome nunca partido, ni porque no deba acercarse nunca a ningún partido. Es que se aproxima o se aleja de los caminos solamente después de haber renunciado a tomar cualquiera de ellos en su inmediatez. La dialéctica se hace entonces con falsete para alcanzar las notas que la voz natural no da.

Para San Agustín es siempre más grave confundir la verdad que desconocerla. Es más grave un maniqueísta, que un ateo, porque confunde la verdadera comprensión de Jesucristo. Žižek, en cuanto ortodoxo declarado, opera de la misma manera. Es más grave la izquierda descarriada, que la derecha parloteando. La derecha no se oculta. Es escandalosa. Ominosa. Es descarrío de la izquierda es grave porque, si ella falla, entonces, todo lo hace. Suena exagerado. Y lo es. Pero resulta correcto para todo aquel que se declare en un linaje crítico. De ahí su proceder rabioso contra la socialdemocracia de la filosofía, es decir, contra todo lo que se queda a medio camino y, por lo tanto, termina pareciéndose a lo que combate. Es así que resulta falso el debate posmodernidad-neomodernidad, irracionalidad vs razón y otros tantos. Por eso puede escribir algo como: Un yuppie leyendo a Deleuze, para mostrar que aquel puede deleitarse en este último. En efecto, el mundo de la información, de las identidades evancescentes, de la realidad virtual, de deslizamiento constante de lo real, tal y como lo prescribe Deleuze resulta, para el yuppie, una descripción fiel de su mundo. La fascinación intelectual de Foucault por el neoliberalismo puede dar el paso al neoliberalismo. Foucault sospecha del estado de bienestar porque está en manos estatales, porque significa que el Leviatán se inmiscuya en la vida privada. Foucault es Hayek. No en todo, claro, sino solamente en puntos específicos. Boris Groys no se separa de este tipo de razonamientos: la filosofía del lenguaje derridiana, que afirma un juego de significantes abierto y eterno, donde no hay perdedores, sino solamente desequilibrios temporales que tienden a la justicia al final de los tiempos no es muy distinta que la doctrina neoliberal, en la que el juego de los valores se decide de manera autónoma en el mercado, (sin ese significante trascendental que sería el Estado), a partir de las leyes de oferta y demanda que, a largo plazo, no dejan ganadores, ni perdedores sistemáticos, pues todo tiende a un anhelado y metafísico equilibrio. Pero todo esto no es para salir huyendo a la filosofía analítica o a la tradición anglosajona: más seria, metódica y clara. Cuando Rawls hace su experimento mental del velo de la ignorancia y nos pide hacer “epojé” (suspender todo lo que sabemos y creemos, todo lo que tomamos por válido) de nuestra condición para juzgar si el sistema que vivimos es justo, todo funciona muy bien. “Me hago” el que no sabe nada y miro desde los ojos de la divina ignorancia, como un extraterrestre, el régimen político para juzgarlo sin desviación. Pero luego, cuando avanza en dirección positiva, hacia lo que hace un régimen político justo, mágicamente aterriza en el terreno de los liberales moderados que solicitan al Estado ciertas garantías, entre ellas, el derecho de la propiedad privada. El problema del experimento no es la epojé, sino el retorno desde ella hacia el mundo. Porque el mundo no se deja juzgar desde la neutralidad.

De la falta de neutralidad no se sigue el cinismo. Avancemos una tesis: lo que cuenta no es tal o cual filosofía, sino la relaciones entre las filosofías. Es esto lo que hace a un filósofo o filósofa: no la toma de posición, sino la producción de una posición a partir de una constelación existente. Aplaudir y denostar filosofías es un deporte poco filosófico. Demostrar que filosofías opuestas se contradicen o que filosofías “amistosas” son en realidad irreconciliables (como la de Žižek y Badiou, a la postre) es el trabajo propio del pensar. Por tanto, una intervención filosófica no se limita a la invención de conceptos, o a la introducción de ideas. Una intervención filosófica significa mover los puntos de una constelación usual, dada por un conjunto de filosofías. Ese conjunto de filosofías es un haz de problemas, conceptos, posiciones (afirmaciones) y suposiciones (supuestos) en una disposición particular, de tal modo que nos ofrece una suerte de carta (mapa) del presente, sus caminos y posibilidades. La tarea consiste en hacer algunos puentes y en dinamitar otros. Y en eso consiste la particular dialéctica farsante de Žižek.

Cinco ideas me parecen fundamentales en Žižek: 1) lo que debe pensar la revolución es el día después de su triunfo y no el tiempo de su militancia; 2) debemos pensar el acontecimiento no como algo por venir, sino como algo ya pasado; 3) el capitalismo es revolucionario y prosaico, pero forja sus propios fantasmas e ideología de manera nueva; 4) solamente vale la pena pensar en las causas perdidas; 5) el absoluto es lo más frágil. El primer punto significa que lo más difícil no es militar, sino gobernar. Aunemos esto a un comentario de Freud, el cual ha adquirido valor, aunque el contexto de su expresión no haya sido muy relevante. Pero, en fin, se trata de éste: hay tres tareas imposibles, a saber, gobernar, educar y psicoanalizar. Todas ellas son tareas institucionales, se quiera o no. Pensar el acontecimiento como pasado significa que hay que perderse en una espera mesiánica, sino considerar que lo improbable ya ha pasado y que debemos hacernos cargo de ello. La referencia explícita es el fracaso del comunismo. En vez de soñar con una democracia por venir (Derrida) hay que encargarse del fracaso comunista y asumirlo para repetirlo y fallar mejor. No estamos en la derrota definitiva, sino tan sólo en la peor de las derrotas. Esto se sigue del Marx del Manifiesto: el capitalismo es revolucionario, antipatriarcal, secularizado, profano, prosaico. Lo que hoy vemos no es el mismo y viejo capitalismo, ni el mismo y viejo patriarcado, ni el mismo y viejo colonialismo. El comunismo triunfó como movimiento, lo mismo que la toma de poder por los jóvenes del 68, lo mismo que la liberación sexual y femenina, lo mismo que las luchas de independencia. Pero, como reconoce Žižek, el capitalismo trae, junto con este espíritu desacralizante, sus nuevos espectros y fantasías, es decir, su ideología. Eso significa que tenemos un nuevo capitalismo, un nuevo patriarcado, un nuevo colonialismo, que no debe entenderse bajo las viejas coordenadas … pero sí, también. Es esta dimensión del deseo, los fantasmas, la imaginación, el inconsciente, lo que justifica la intervención del psicoanálisis en la filosofía política. La ambición de Žižek no es poca: pensar y actuar desde lo “imposible”, como dice Lacan. Eso no significa aspirar a algo imposible, sino aceptar lo imposible para lograr lo que parece imposible. Sin tantos rodeos, hay que aceptar, por un lado, la imposibilidad de un triunfo último, pero esta aceptación debe hacernos implacables en los hechos. Todavía, en otros términos: siempre se hace menos de lo que se quiere, pero cuando se quiere poco, no se hace nada, lo mismo que cuando se quiere todo. La izquierda es aquella posición que dice: a) el capitalismo es bueno, si se le controla, pero de hecho no lo controla, o bien, b) dice que TODO depende del capitalismo y que éste es tan poderoso, cambiante y autónomo, que solamente una revolución material, espiritual, social y lingüística podría salvarnos. Los primeros dicen que podrían hacerse ALGO, pero no hace nada. Otros dicen que debe hacerse TODO, pero no pueden hacer nada. La síntesis disyuntiva de Žižek es la siguiente: debe intentarse TODO, para lograr solamente ALGO. O Mejor, solamente se puede tenerlo TODO, renunciando a ALGO. Esa renuncia se llama castración. La castración es la institución. Todo el objetivo consiste en desear el obstáculo (ese ALGO) que nos hace posible regularlo TODO. Esto es, evidentemente, una causa perdida y su horizonte es el absoluto. Se comprende entonces que el absoluto es la delicada posición en la cual puede aparecer el enredado escenario en que se cruzan economía política y deseo.

No se puede seguir a Žižek en todo. De hecho, siempre es un poco difícil seguirle, en todos los sentidos del término. Pero estas son las dificultades de la farsa dialéctica y su virtud, si tiene alguna, consistirá en haber agitado la constelación filosófica que heredamos. Un agitador filosófico efectivo no es poca cosa.


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