Juan Luis Hernández*
La aldea planetaria o casa común no suele responder al unísono ante desafíos globales. Por lo regular ha primado el capitalismo salvaje, el darwinismo social y la radicalización del individualismo. Ni el cambio climático, ni la pobreza, ni la desigualdad, ni los feminicidios, ni la violencia doméstica, ni el crimen organizado global, ni las migraciones, han logrado mover al mundo de manera convergente para responder salvando vidas.
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Paradógicamente ha tenido que ser un nuevo virus el que, con menor letalidad que los flagelos anteriores, hayan mandado a su casa a tres cuartas partes de los 7500 millones de personas que habitamos la tierra. Este fenómeno social de aislamiento casero ha revolucionado ya varios habitus sociales, personales y familiares que se agregarán novedosamente a nuevas formas de ser y hacer para lo que resta del siglo XXI.
La primacía del habitus estatal. El Estado, muchas veces despreciado por el neoliberalismo, está siendo protagonista de las principales decisiones que nos tienen en confinamiento casero. Más de 5 mil millones de personas han obedecido encerrarse a solas o con sus familas. ¿A quién le han obedecido? A un regulador contestado, con baja credibilidad y con cada vez más fallas, al Estado. Pero a pesar de todo, esos estados han logrado meter en sus casas a buena parte de la humanidad simple y sencillamente para que el virus pueda ser gobernado esencialmente por las instituciones de salud.
Hemos asistido también a que millones de personas en el mundo no siguieron las instrucciones de sus gobiernos y estados y aún muchas personas, por necesidad o por incredulidad, no hacen caso a la distancia social. El estado en el siglo XXI se juega su utilidad. La pandemia mundial ha puesto en claro que el Estado debe ser visto como la única salvación civilizatoria en términos estructurales. Si no hubiera estados, sufriríamos la pérdida de miles de millones de personas, como sucedió proporcionalmente en la edad media con la peste. Los reguladores políticos de millones de personas para buscar el interés común y generar bienes públicos, sigue siendo necesario en una proyección en la que llegaremos al meridiano de este siglo con 9 mil millones de personas.
Pero el Estado no lo es todo. Es un regulador imprescindible para sostener mínimos humanizadores. Pero hoy asistimos también a un nuevo habitus: la autoregulación social y personal. Ante las fallas del estado o su ausencia, en las últimas décadas las sociedades y los sectores organizados de ésta han aprendido a autoregularse. El deseo de los anarquistas, vivir sin estado, se ha podido hacer en varias partes del planeta. Estas autoregulaciones recuperan sentidos identitarios y reglas del juego comunitarios y poseen fuertes cimientos para la convivencia razonablemente sana y de sobrevivencia social.
Pero el habitus que más se ha puesto en el centro de la vida humana es el habitus familiar. Obligadas por las circunstancias, las familias han tenido que volver sobre sí mismas para conocerse y reconocerse. Muchas de ellas vienen de serias rupturas y el distanciamiento social ha encontrado a los hijos con sólo uno de los padres y las decisiones para transcurrir la cuarentena se tornan aún más difíciles. En otras familias se incrementaron los deberes domésticos. Los padres se desdoblaron en profesores de sus hijos. Trabajar en casa ha resultado el doble de tiempo que en las oficinas. La educación presencial se traslada a la educación en línea para reafirmar la perenne revolución tecnológica.
Los habitus familiares han puesto a más de media humanidad en aprietos, desafíos o peligros. Algunas mujeres han tenido que irse a encerrar con su agresor, un sector de la infancia ha ido a afianzar a su casa que la vida es violenta. Por otro lado, otros habitus familiares han logrado rearticular sus vínculos, trabajar la paciencia y la tolerancia como mediadores de sobrevivencia en el encierro. Las familias son tan heterogéneas y tan diversas tanto en composición como en vivencia de valores y normas que hay tantos habitus como maneras de comprender que este tiempo de encierro casero implica una enorme capacidad de adaptación y resiliencia. Las familias también están descubriendo sus recursos internos para enfrentar este tiempo, recursos espirituales, éticos o religiosos. Una parte de la humanidad ha volteado a valorar la sencillez y la austeridad y constatar que no se necesita mucho para estar bien.
Y finalmente valgan estas letras para hacer un homenaje a quienes se juegan la vida en los hospitales, médicos y enfermeras, quienes contrajeron el virus y están luchando para deshacerse de él. La vida y la muerte se juega todos los días. Pero ya veníamos en el mundo con miles de muertos todos los días por otras muchas razones, y la humanidad parecía indiferente a ello. Al regresar de la cuarentena si fortalecemos la regulación política como regulación del bien público y aprendemos a autoregularnos para vivir y estar bien, algo habrá valido la pena de este tiempo inédito.
*Politólogo, Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Ibero Puebla.