Veamos las cosas en su justa dimensión, ni histeria ni desdén.
En 2018 murieron más de 100 mil mexicanos por diabetes y obesidad.
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Además, 23 mil más por hipertensión y causas colaterales.
¡En sólo un año..!
Es decir: 336 muertos cada día.
Hasta la noche del domingo último había: 79 personas fallecidas, mil 890 confirmadas, 5 mil 800 sospechosos. Todo por el coronavirus.
Una vida es una vida. Un ser humano vale tanto como cien mil.
¿Qué sucede ahora? El riesgo de una enfermedad es mundial, es de todos. La amenaza es potencial. La muerte agazapada está en todos lados. Si se aflojan las previsiones, el enemigo ataca implacable. Provoca mortandad en cuestión de horas.
¿Qué más hay? Los más de cien mil muertos en un año se ha vuelto parte de la vida, es lo cotidiano, con lo que tenemos que vivir cada día. No es una noticia escandalosa cada día para los medios. No tiene el drama de la emergencia, el dolor masivo, el desbordamiento de los servicios de hospitales, equipos y personal humano.
El impacto del virus en muchos casos es mortal, en unos cuantos días. No es el organismo que se muere lentamente, con ceguera, amputaciones y una dolorosa agonía.
No, esto es el asalto como tajo de guadaña, hoy estás, en tres días no estás.
Esta es la característica del virus, es mortífero, nefasto, exterminador.
Me parece que el país está afrontando el problema de modo adecuado .En esto, como en todo, siempre habrá puntos de vista diversos, contrapuestos. Que si se decidió tarde el aislamiento social, que si debió ser enérgico por la fuerza, que si se deben cerrar fronteras, que si se está atacando a la economía, etc.
Los médicos, los científicos de la medicina han llevado la batuta y marcado los tiempos.
Es lo correcto en todos los casos: si ignoras algo, pregunta a quien sabe, déjalo actuar.
Cada país ha tenido su fórmula de acuerdo a las condiciones peculiares, socioeconómicas, geopolíticas. Cada gobierno responde según su ángulo de visión y conocimiento de su espacio y tiempo. No hay fórmulas generales ni recetas mágicas.
Precisamente habría que retomar eso que suelen decir con autoridad los médicos: no hay enfermedades, hay enfermos.
Así es en las naciones. El axioma de los profesionales de la medicina creo que en este caso se puede aplicar, parafrasear, en los países.
Frente a esto, abundan los expertos de café, los teóricos de televisión, que con las untadas de un programa de televisión y cien memes, opinan y pontifican como si fueran eminencias médicas. Qué daño hace esta plaga que desinforma, confunde y contamina con su pesimismo, sus fobias y prejuicios obsesivos, ignorantes e infantiles.
Una buena proporción de quienes siguen este comportamiento acaso esconden ese nefasto virus que han portado y añoran: papá gobierno lo es todo.
Dicen: la culpa de todo es de papá gobierno, él lo debe resolver todo, él es el causante de todo.
Si las cosas estallan, es el gobierno, “es el estado”…
¿Y tú…?
Y bajo este argumento falaz, ignorante, comodino y simplón, disimulan hipócritamente los deberes que en la casa, en la familia y en la vida nos corresponden a todos y a cada uno en lo particular:
¿Qué vida has llevado…administras responsablemente necesidades, gustos y placeres…cumples tus deberes diario y en todos los ámbitos…has respetado ayer y ahora las recomendaciones médicas y familiares….recurres siempre a la previsión y prevención o al mexicanísimo “remedio” (el ai se va, que lo hagan otros, mañana empiezo la dieta, qué mal me pueden hacer cuatro chelas, unos taquitos en la esquina, unas botanitas y frituras ahí en el Oxxo, un bonche de golosinas cargadísimas de azúcar en la tiendita escolar, la coca nuestra de cada día…y mil etcéteras parte de nuestra terrible idiosincrasia).
Todo esto, precisamente todo esto, está detrás ¡y dentro! de las personas más vulnerables en caso de ser infectadas por el virus: la diabetes, obesidad e hipertensión.
Desde luego estamos en la segunda fase de la pandemia. Pero hasta hoy, parece que los resultados negativos no tienen en el país las dimensiones de un apocalípsis, como nos anticipan, auguran y casi desean muchos. Restan etapas más difíciles, días duros, tiempos en los que a cada quien nos toca un gran trozo de responsabilidad: la propia personal y las de los familiares que están atrás o junto.
Y en este ambiente, es muy justo destacar el papel que juega ese ejército anónimo que en su momento deberá recibir el reconocimiento de todo el pueblo de México: los médicos, enfermeras y personal de los hospitales.
Ellos están en la primera línea de fuego, en la trinchera, exponiendo salud, vida y familias. Y no cejan, mañana y noche cumplen su nobilísima tarea, no siempre en óptimas condiciones. He sabido de casos muy duros en la vida de algunos médicos o enfermeras.
Por eso hoy, desde la modestia de una hoja de papel y unas cuantas letras, envío mi cariño, mi admiración y un abrazo a esos nuestros super héroes contemporáneos, los estelares anónimos de este momento, ese ejército blanco o azul que expone su vida por la de todos.
A todos ellos, ¡muchas gracias!