Jueves, 21 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El futuro se llama incertidumbre

Hoy más que nunca se hace necesario reflexionar.

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Domingo, Marzo 22, 2020

“Una nueva conciencia empieza a surgir: el hombre, enfrentado a las incertidumbres por todos los lados, es arrastrado hacia una nueva aventura. Hay que aprender a enfrentar la incertidumbre puesto que vivimos una época cambiante donde los valores son ambivalentes, donde todo está ligado…”

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, p. 42.

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Todos los que nos dedicamos a la labor educativa en sus distintas dimensiones –docencia, investigación, orientación, gestión, etc.- sabemos que una cosa es enseñar un tema o hablar de cierta teoría y otra muy distinta es asimilarla, aprehenderla, hacerla parte de nuestra vida.

No solamente aplica para los estudiantes que muchas veces memorizan y repiten conceptos sin haber realmente hecho suyo el conocimiento, sin experimentar un verdadero aprendizaje significativo sobre los contenidos tratados en clases, sino también para los docentes, investigadores o divulgadores del conocimiento pedagógico que también hablamos de muchos temas que a veces no hemos asimilado o comprendido a cabalidad.

Esto es aún más real para quienes como yo, se dedican al tema de la educación en valores o de la formación ética de los estudiantes, profesores y futuros investigadores. Porque una cosa es hablar de ética y otra cosa muy distinta es hacer vida la ética, porque por tratarse de un área que tiene que ver fundamentalmente con el buen vivir como seres humanos, la aplicación de la teoría implica un camino lleno de obstáculos, conflictos y dilemas.

Lo anterior viene a cuento porque muchas veces he hablado en estas páginas de E-Consulta y en otras publicaciones o en mis clases, ponencias y conferencias sobre la ética del género humano y la necesidad, desde este enfoque, de cambiar la visión de lo ético de un campo de certezas inamovibles –a lo que podríamos llamar moralina o indoctrinación- a un océano de incertidumbre donde hay apenas pequeños archipiélagos de certeza como dice el padre del pensamiento complejo.

Pero una cosa es predicar que necesitamos enseñar a las futuras generaciones a vivir en la incertidumbre y otra muy distinta haber aprendido a hacerlo en la propia existencia y en el mismo ejercicio de la profesión.

Hay momentos críticos en la vida personal y social que hacen que esta dificultad de enfrentar la incertidumbre se haga aún más evidente y nos ponga frente a un enorme desafío en términos intelectuales, emocionales, morales y ciudadanos.Es el caso de la primera gran pandemia del siglo XXI de la que hablé la semana pasada en este espacio relacionándola con el pensamiento mitológico: el llamado coronavirus o COVID-19, la nueva peste de los tiempos (pos) modernos.

La rápida y exponencial expansión del nuevo padecimiento que en muy pocas semanas pasó de una ciudad –Wuhan en China- a una enorme extensión en todo el orbe generando una enorme cantidad de casos y a pesar de su bajo porcentaje de mortalidad, a varios miles de personas fallecidas en muchos países del mundo, está generando una ola creciente y muy amenazante de incertidumbre en prácticamente toda la humanidad.

En el momento en que escribo este artículo, el número de muertos en Italia ha superado ya al de China y el sistema de salud de ese país se encuentra colapsado. Alemania, España, los Estados Unidos y otros países han empezado a declarar estado de emergencia y tomado medidas que restringen el contacto social y paralizan gran parte de la actividad cotidiana en prácticamente todos los rubros.

Nuestro país no es la excepción y a pesar de que ha habido polémica respecto a la velocidad de respuesta de las autoridades y la creación de un plan eficiente de respuesta a la contingencia, se han empezado a restringir las reuniones públicas y las universidades han migrado sus clases presenciales para el esquema de docencia en línea y trabajo en casa para el personal académico y administrativo, ejemplo que han empezado a seguir algunas organizaciones y empresas.

Este lunes 23 de marzo inicia oficialmente el período de suspensión adelantada de clases en todos los niveles, que se extenderá en principio por cuatro semanas terminando el 20 de abril. Sin embargo existe una gran incertidumbre respecto a cuáles serán las condiciones para esa fecha y qué tanto se habrá extendido el contagio de esta enfermedad en el territorio nacional.

El subsecretario de Salud, Hugo López Gatell quien está al frente de la estrategia oficial ha declarado que el período mínimo de cuidados y restricciones de la interacción social durará mínimo doce semanas, lo cual implica dos meses más de lo que la suspensión de la SEP ha decretado y otros medios hablan de que el período de crisis durará –con distintos niveles de intensidad- hasta dieciocho meses.

Estamos pues ante un escenario de gran incertidumbre respecto a cómo será nuestra vida en las próximas semanas y meses y cuándo podremos ir recuperando paulatinamente la normalidad. Esta incertidumbre abarca por supuesto el temor a quedar contagiados y ser parte de las estadísticas de enfermos leves o graves e incluso de los fallecimientos que generará esta pandemia.

Por otra parte, el llamado a quedarse en casa no puede ser adoptado por un gran porcentaje de la población que vive al día ni puede ser sostenible para muchos otros de los que en principio podremos seguir esta indicación porque tenemos un trabajo estable y un sueldo fijo, lo cual es otra fuente de incertidumbre.

Las consecuencias económicas se prevé que serán muy grandes y en un país que sin emergencia tuvo el año pasado un decrecimiento aunque sea mínimo del -0.1%, las implicaciones sociales que pude generar la caída económica que se dice será de alrededor del 4% este año pueden ser desastrosas y agravar aún más la pobreza y la desigualdad.

Hoy más que nunca se hace necesario reflexionar con nuestros hijos y nuestros educandos acerca de la incertidumbre de la vida humana y social que es parte y continuidad de la incertidumbre del cosmos que habitamos. Es el momento de aprehender y hacer vida esa visión teórica que plantea que el futuro se llama incertidumbre y que uno de los saberes fundamentales en la educación de este siglo es el de enfrentarla y aprender a vivir humanamente en ella.  

 

 

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