El 8 de marzo México gritó, una lluvia morada impregnó el imaginario colectivo de nuestro país y como en décadas no pasaba, esta nación se cimbró con un movimiento social. 80 mil almas púrpura en la Ciudad de México (según datos oficiales del gobierno de esa entidad) y cientos de miles en todo el territorio nacional, clamaron freno a la violencia hacia las mujeres, y equidad entre ellas y los hombres.
La ciudad de Puebla volvió a ser referente de que la violencia no se combate con más violencia, se combate alzando la voz, evidenciando lo que no está bien, organizándose, movilizándose, pintando las almas de todos, las conciencias de todos con leyendas, cantos, creatividad y fuerza, una inmensa fuerza femenina. La misma fuerza que da vida (“Se llamará Lucha y es niña”, se leyó en una de las cartulinas sostenida por una joven) que alimenta y que lucha.
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Y, al día siguiente de esta lluvia morada de lucha, nuestro país escampó con una lucha que continuó, con una movilización silenciosa colmada de significado.
La mitad de este planeta enmudeció, el mundo se detuvo por un día, el 9 de marzo ninguna se movió, el 9 de marzo nadie se movió. No, no es el mundo pero es México, un país que ocupa la octava tasa de feminicidios más alta del continente, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
Oficinas, comercios, calles, instituciones educativas, todos sintieron la ausencia de las mujeres, todo se detuvo menos las conciencias de los mexicanos que entendieron o por lo menos miraron su ausencia.
Con una resignificación en la forma y en el fondo de los movimientos sociales en nuestro país, estas movilizaciones, la de la marcha 8M y la del paro nacional del 9M, unieron una colectividad sin precedentes en México. Una minoría activa presidida por mujeres feministas, logró que una inmensa mayoría despertáse.
La resignificación de los movimientos, de la manera en que inciden estos en, por lo menos, la vox populi de nuestro país. La manera en cómo están incidiendo en un nuevo concepto de hacer política (entiéndase por política “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos”) es y está latente en México y aquél político que no lo quiera ver, estará condenado al rechazo.
Las marchas del #8M y el paro nacional del # 9M, aportaron, entre otras cosas, la resignificación de los movimientos sociales en México. Y, esperemos que la causa de esta nueva forma de hacer política se convierta pronto en una política social.
Twitter: @AlesandraMartin