El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, este año vuelve a tomar un tinte de denuncia y rebeldía en México y el mundo, además apuntalar la huelga por parte de las mujeres, el lunes 9, para exigir al Estado mexicano que reconozca la magnitud de la violencia de género en el país. Las condiciones de invisibilización, violencia (física, psicológica, emocional, moral, simbólica, económica, entre todas las que pueden existir), agresión, tortura y feminicidio que enfrentan todos los días las mujeres, en todos los ámbitos de sus vidas han provocado que volvamos a escuchar consignas y no felicitaciones en este día.
La rebeldía con la que está emergiendo a la luz pública el feminismo, en esta nueva ola, es notoria y notable. Las demandas por seguridad de una vida digna, por condiciones justas en todas las esferas de sus vidas y por la protección que el Estado debe dar a las mujeres. Para muchos hombres y unas tantas mujeres, las formas en que estás demandas se han hecho no son las más adecuadas, pero cabe preguntarse, ¿la vida de una mujer vale menos que un monumento, los cristales de un transporte o cualquier cosa? La respuesta parece obvia: no. Pero tal obviedad sólo es discursiva, porque la resistencia y la violencia del patriarcado se ha potenciado.
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Basta recordar el número de mujeres asesinadas diariamente por el sólo hecho de ser mujeres; la violencia infringida a niñas, adolescentes, mujeres adultas, adultas mayores, enfermas, discapacitadas, desempleadas, trabajadoras del hogar, empleadas, trabajadoras sexuales, estudiantes, presas, religiosas, entre muchas otras, que día a día deben padecer el acoso, hostigamiento, maltrato, agresión, violación o tortura por parte de hombres y de una masculinidad hegemónica que lacera la vida por completo.
El feminismo sale a las calles con las justas acciones y estrategias para evidenciar la violencia estructural e histórica que han sufrido las mujeres por siglos y que se ha recrudecido en las últimas décadas en el mundo, pero sobre todo en los países más pobres, donde las más pobres son mujeres.
Lejos de juicios simples y vulgares contra las manifestaciones feministas de este 8 de marzo o el paro de 24 horas del día 9 de este mes, la posición de toda persona sensible y racional es sumarse a garantizar todos los derechos y todas las libertades fundamentales a las mujeres. No nos puede ser ajena esta situación. Los hombres no sólo debemos asumir a regañadientes realizar las múltiples actividades que hace una mujer en un día, para sostener no sólo a una familia sino a la nación conjunta, sino que debemos sumarnos a sus demandas y acompañar todo movimiento que permita la autodefinición de las mujeres. Por ejemplo, en México el 23.2% del Producto Interno Bruto es aportado por el trabajo invisibilizado de las amas de casa, es decir, casi una cuarta parte de economía de este país es sostenida por mujeres que no reciben un solo peso por sus labores.
Aun cuando este tipo de violencia es hiriente, como el salir al mercado, ir al trabajo y la escuela todos los días y sufrir acoso y hostigamiento, la ira es mayor cuando una madre, hija, compañera laboral o escolar, profesora, vecina no llega, porque fue secuestrada, violada o asesinada. De igual manera es ver las primeras planas de periódicos con notas de ocho columnas de mujeres asesinadas, evidentemente por violencia de género y que sus encabezados sigan refiriéndose a crímenes pasionales.
Pero esta situación no es un asunto aislado, ya que según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), en México 10 mujeres son asesinadas diariamente. Asimismo, la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), menciona que 1 de cada 10 feminicidios se comete contra niñas y adolescentes.
De igual forma, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) señala que las mujeres mayores de 15 años, 66% han sufrido agresión física; 49% emocional; 29% económica y; 41% sexual. Estos actos de agresión han sido en espacios privados y públicos. Esto en todas las clases sociales, entidades y espacios.
Estos datos significan que el hogar, las calles, las escuelas, los centros laborales o cualquier otro espacio no son seguros para las mujeres y que el Estado no sólo ha omitido acciones que salvaguarden la seguridad de las mujeres, sino que muchas de sus acciones ponen en peligro a las mismas. Basta recordar la militarización que comenzó el gobierno de Felipe Calderón y que se legalizó con Andrés Manuel López Obrador y su guardia nacional. Más que opacar la rifa del avión presidencial, El Estado debe reconocer la magnitud de la violencia contra las mujeres y establecer las medidas necesarias para que no quede impune ningún acto que viole la vida, dignidad, derechos y libertades de las mujeres.
Ningún monumento histórico, puerta presidencial o cualquier cosa vale la vida de una mujer. A pintar las calles, los centros laborales, las universidades, las iglesias, las plazas de morado. Hombres a acompañar la lucha justa de las mujeres, estos días y los restantes de este año y de todos los que vivamos. Menos felicitaciones y más acciones de denuncia y rebeldía.
Picaporte
No hubo fraude en Bolivia, como no lo ha habido en ningún país latinoamericano del nuevo socialismo y, donde lo hay, los apoya Estados Unidos. A ver qué dice ahora la Organización de Estados Americanos (OEA), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la bazofia del gobierno norteamericano.