Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Construir una nueva civilidad

La impunidad es el motor que regenera continuamente la violencia.

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 2, 2020

Para Ximena, José Antonio, Francisco, Josué Emmanuel

 y todas las víctimas de la violencia.

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En solidaridad con E-Consulta frente al asedio gubernamental.

 

“¿En qué país se tolera la violencia como la que aqueja a la sociedad mexicana sin que pase nada? ¿En qué país es posible que lo que es intolerable se haya tornado cotidiano sin que nadie diga, o pueda decir, nada? ¿En qué país el gobierno se siente agraviado porque la sociedad proteste por los feminicidios y los infanticidios, es decir, por la impunidad? ¿En qué país se desacredita a quien llama la atención sobre crímenes que no deberían existir? ¿En qué país el partido gobernante y sus acólitos acusan a las víctimas de su propia desidia? ¿En qué clase de país se niega un derecho por demás elemental, el de la indignación? Esto sólo puede ocurrir en un país que ha perdido todo vector de civilidad y civilización”.

Luis Rubio. Pandemia.

 

Desde hace al menos dos décadas y sobre todo en estos últimos años nos ha tocado vivir -o lo hemos construido por acción u omisión- en un país marcado por la violencia y la muerte. Las víctimas de la violencia criminal, ya sea por la llamada “guerra contra el narco”, por la delincuencia común, por el machismo exacerbado o por los excesos del poder que se ve amenazado por activistas que defienden causas justas o periodistas cuyo único pecado es intentar informar lo que pasa en realidad en el país.

Esta violencia se ha venido reproduciendo de una manera exponencial porque el tejido social está resquebrajado pero sobre todo porque como dice la cita que sirve de epígrafe al artículo de hoy: los asesinatos, los feminicidios, las desapariciones y las ejecuciones ocurren y se olvidan, puesto que a nivel de justicia estamos en un país en el que nunca pasa nada.

En efecto, la impunidad es el motor que regenera continuamente la violencia, que la estimula porque no hay un estado de derecho, un sistema de justicia que cancele los incentivos de cualquiera que decida secuestrar, torturar, violar o matar a alguien. La verdadera pandemia en nuestra sociedad no es –al menos hasta hoy- el Coronavirus sino la impunidad rampante.

Porque vivimos en un país en el que lo intolerable se ha vuelto cotidiano y se ha venido normalizando como si fuese natural vivir así, como si salir de la casa por la mañana sin saber si se va a regresar fuera el modo humano y civilizado de convivir.

Estamos en una realidad en la que se nos niega el derecho más elemental que es el de la indignación o tal vez sea que esta normalización de la violencia y esta cultura de la muerte en la que estamos inmersos ha ido adormeciendo los reflejos sociales, anestesiando o matando la civilidad de todos, la empatía y la sensibilidad, el sentido de responsabilidad comunitaria que debería hacernos reaccionar cada vez que una vida se pierde.

Sin embargo ellos lo están haciendo. Me refiero a los jóvenes. Sí, a esos “millennials” o para ser más precisos “centennials”, integrantes de la generación Z a los que los adultos solemos descalificar con adjetivos como indolentes, indiferentes, insensibles a los problemas sociales y carentes de intereses significativos más allá de lo que pasa en las pantallas de sus teléfonos celulares y lo que se hace viral en las redes sociales.

El terrible –como todos los demás- asesinato de Ximena y José Antonio, estudiantes colombianos de Medicina de la UPAEP; de Francisco, estudiante de Medicina de la BUAP y de Josué Emmanuel, conductor de Uber; ocurrido el fin de semana del 23 de febrero hizo despertar de pronto esa indignación y levantar la voz de miles de universitarios que cerraron las aulas y salieron a las calles para decir: ¡Ya basta!

El martes 25 alrededor de seis mil estudiantes de la BUAP y la UPAEP se manifestaron en las calles de Puebla y acudieron a las oficinas del gobernador del estado para exigir justicia, para expresar el hartazgo de una generación que vive con miedo pero no quiere, no está dispuesta a seguir así y quiere que su voz se escuche, que sus protestas con propuesta se tomen en cuenta para resolver esta situación límite en la que se encuentra nuestra sociedad herida.

El miércoles 26 inició un paro indefinido en la Facultad de Medicina de la BUAP al que se unieron otra unidades académicas y se realizó también un paro de un día en la UPAEP que realizó el día jueves 27 varias actividades para recordar a los jóvenes asesinados y exigir institucionalmente que se haga justicia. El mismo miércoles los rectores de ambas universidades acudieron acompañando a representantes estudiantiles a una reunión con el gobernador en la que se comprometió a recibir las peticiones y propuestas de los estudiantes.

Las manifestaciones han sido ejemplares en su organización, orden y respeto manteniendo siempre un tono de protesta pacífico y propositivo, algo de lo cual debemos estar orgullosos quienes pertenecemos a las universidades de las que proceden estos grupos y todos los poblanos.

A partir de ahí, empezaron a unirse grupos de estudiantes de otras instituciones de educación superior del estado en un movimiento que ha llegado incluso a recibir la solidaridad de los estudiantes de la UNAM y otras universidades a nivel nacional.

Para esta semana se está convocando a una mega marcha el día 5 de abril para continuar alzando la voz en contra de las muertes violentas que se suceden una tras otra en nuestra entidad y en el país y ejercer el derecho a la indignación social.

¿Hasta dónde va a llegar este movimiento estudiantil, el más grande en nuestro estado desde hace sesenta años? ¿Podrán sostener esa ejemplar organización y dar continuidad a la protesta más allá de este momento de justo enojo? ¿Habrá algunas consecuencias positivas que se deriven de este movimiento en términos de atención de las autoridades y de acciones que realmente contribuyan a frenar esta ola de violencia que parece imparable?

Resulta imposible hoy responder a estas preguntas. Sin embargo, desde mi punto de vista,  en estos días pasados los jóvenes nos han dado unas clases extraordinarias de formación ciudadana que deberíamos tomar con seriedad si queremos hacer algo para que esta situación de deterioro se pueda revertir.

El movimiento estudiantil contra la violencia es una bocanada de aire fresco, una inyección de esperanza en medio de la desmoralización generalizada, una muestra de que no todo está perdido y de que es posible construir una nueva civilidad y una nueva forma de civilización en nuestra sociedad a partir de esta crisis profunda.

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