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Opinión



La comunicación, la forma y el fondo

Lunes, Febrero 24, 2020 - 09:31
 
 
   

El combustible que los mueve suele ser el de siempre: una ventaja económica.

Un alto porcentaje de los fracasos, tropiezos , vulnerabilidades, puntos oscuros, imagen negativa, críticas y errores de los gobernantes se encuentran en la comunicación.

Es decir en la mala comunicación.

Pero en ese punto confluyen muchas cosas.

Un gobierno o un gobernante podrá tener magnífica imagen y constantes aciertos, pero si no le  dedica la atención que merece al tema de la comunicación, corre el riesgo de que todo lo demás se vaya por la borda.

Y es de lo más común que no le presten atención alguna. O que le asignen un valor secundario. Le destinan  un espacio, tiempo y recursos como algo complementario, cuando en realidad  tiene una importancia capital.

Para empezar, en todo gobierno o gabinete que se respete, surgen los “expertos” en comunicación que le endulzan  el oído al hombre que toma las decisiones. Todo el tiempo opinan sobre esa materia, que no es la suya.

El hombre fuerte por sí mismo se asume como un comunicador nato, conocedor experimentado e infalible. Esto último, sobre todo.

Y el funcionario encargado de la comunicación, si lo hay, resulta anulado, de entrada.

Su lugar lo suelen ocupar locutores, columnistas, politólogos, grillos, reporteros, y casi todos tienen detrás su propio interés o grupos de interés. Y el combustible que los mueve suele ser el de siempre: una ventaja económica.

 Naturalmente eso se oculta. Actúan a espaldas del gobernante y no es infrecuente que terminen, al cabo de la manipulación, defenestrándolo.

En los laberintos del poder, al desentrañar la naturaleza de un conflicto aparecen los verdugos, oportunistas, negociantes u “homicidas” emboscados del poderoso.

Y han estado ahí mismo, dentro del poder, junto al que manda.

Arrinconada la comunicación y él o los responsables de su manejo, es natural y común que broten los focos de conflicto a la hora de gobernar. Y entonces los problemas son enfrentados con decisiones autoritarias, parchadas, torpes y contradictorias.

Y  sucede que lo que en un principio era un pequeño problema, se convierte  en un grave problema, en un serio conflicto. Una chispa da lugar a un preocupante incendio. Y a veces a una conflagración.

En ese y en otros casos se vale rectificar, procede. Pero siempre y cuando sea con inteligencia y prontitud. Y sobre todo: escuchando y confiando en su área de comunicación.

Esto no tiene ciencia, es la lógica. Si se trata de emprender una obra pública el experto es un ingeniero; si el tema es educativo, el asunto es de un especialista en la materia; si el punto es en el renglón de la salud, un médico debe ser llamado.

Cada quien en su oficio es rey.

Pero cuando la crisis, o las crisis estallan, llaman como apagafuegos al responsable de la comunicación. Hasta entonces, cuando, por lo común, es muy difícil reparar un escenario plagado de graves errores, torpezas por doquier y tiempo y dinero perdidos miserablemente.

La fórmula, por sencilla, se pasa por alto.

El gobernante debiera tener la humildad de aprender el proceso de la comunicación. Y sumar conocimientos de esta disciplina a su experiencia, destreza o preparación política.

Humildad para aprender y disciplina para para poner en práctica las enseñanzas de esta apasionante actividad.

Y algo que marcha en paralelo: si tiene entre su equipo a un comunicador o equipo profesional, otorgarle toda la confianza. Si no se da ese binomio desde un principio, estaremos indudablemente ante una mesa coja.

Si desde la cúspide del poder no se tiene noción respecto de la comunicación, los problemas aparecerán más temprano que tarde.

Lo vemos todos los días, ha ocurrido todo el tiempo, en todos los niveles.

Si la soberbia, la ignorancia, la ocurrencia, la superficialidad o la improvisación ocupan el sitio que debiera corresponder a la comunicación, la nave se dirige a la deriva.

Y eso sucede lo mismo en la esfera pública que en la privada, en un gobierno o en un organismo empresarial, en una universidad o en un sindicato, en un partido o en una agrupación civil no gubernamental.

Los medios de comunicación, por cierto, no están exentos de todo esto.

 Revise con sentido crítico a  todos los entes que tengan un espacio de acción en la sociedad.

Todo órgano de poder tiene adversarios. Nunca se consigue la unanimidad, ni es deseable.

El reto es administrar de una manera inteligente, hábil, ética, transparente y ejecutiva esa responsabilidad pública.

Hacerlo, además, con sentido práctico y sencillo y con una narrativa creíble.

En esto debe existir un hilo conductor de la cabeza a los pies. Si el cerebro dice una cosa y los pies hacen otra, el abismo es el destino seguro.

No es fácil desde luego, pero con disciplina y pasión tampoco es cosa del otro mundo.

La clave es el factor  ético. La gente, la sociedad, intuye y huele lo que no se nutre en la verdad, lo que no resiste el análisis o el debate público.

La mentira, la manipulación, el arreglo, la fachada, el artificio, la incongruencia, aparecen invariablemente cuando se raspa la primera capa de barniz.

Así que, mire en su derredor y con sentido analítico contraste por dónde van las palabras y por dónde los hechos.

xgt49@yahoo.com.mx


Semblanza

Xavier Gutiérrez

Es periodista desde 1967. Ha sido reportero y director de medios impresos y conductor de programas de radio y televisión. En su trayectoria periodística ha sido articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Es autor del libro “Ideas Para la Vida” y ha desempeñado cargos públicos en áreas de comunicación. Desde hace diez años conduce el programa de televisión “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

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