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OPINIÓN

Entre vidas y muertes

La experiencia humana de ambas. Hegel y la paradoja.

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Martes, Octubre 2, 2018

El hombre es un animal que debe morir más de una vez para poder vivir como hombre. El hombre siempre sobre-vive (en el sentido de sobrevivir a la vida y de vivir por encima de ella). Es más que su vida biológica. Por eso todo vitalismo degrada su dignidad. Pero, a la vez, esa sobrevida, que toma cuerpo en el lenguaje (o más bien, que cobra vida apoderándose del cuerpo por vía del lenguaje), suele volverse contra la vida, cortando su propia base. ¿Cuántas veces el pensamiento no gira obsesivamente en torno de un vacío que termina por horadar el estómago o un riñón? O al menos, esta sobrevida del lenguaje ¿cuántas veces no se vuelve vacía (palabras vacías, lenguaje gastado, lugares comunes)? El lenguaje es la vida después de la vida (sobrevive al tiempo de las cosas, que por naturaleza perecen) y es también un testimonio de muerte (mis palabras me sobrevivirán, aunque sean unos cuantos días, en el murmurar de los que me conocieron). Pero ¿qué hay entre el cuerpo, lo real y las palabras? Existe una secreta alianza entre el lenguaje y las cosas, la lengua y el deseo, de modo que se puede decir lo que no es el caso, se pueden decir cosas sin sentido, se pueden mentar palabras vacías o se puede hablar mentirosamente. Sin este margen la lengua no nos daría un espacio para el complejo juego entre la fidelidad y la traición.

La palabra no expresa al cuerpo, lo habita, lo penetra, lo corta o lo recorta. Pero no puede atravesar cierto umbral sin que el cuerpo, a su vez, enferme y termine por cortar el suministro de vida. Al final, no es el lenguaje el que desea, sino algo que llamamos un sujeto: en, desde, para, contra el lenguaje. El deseo no es la necesidad del cuerpo, sino su transustanciación por el lenguaje. Lo único que cuenta aquí es el juego de transmutaciones. Ni reconciliación, ni guerra, solamente malentendidos entre el cuerpo y el lenguaje, que no tienen el mismo origen (raíz común), pero tampoco son ajenos (no implican un dualismo), pues ¿cómo podrían tocarse si fuesen dos sustancias? Se tocan sin tocarse. Cosa rara. No podemos decirlo de otra manera. Aunque quizá quepa un matiz: hay muchos tipos de encuentros y desencuentros. Al mirar el cuerpo y el lenguaje, habrá que afirmar entonces lo siguiente: hay más de un hilo y más de un hiato: es decir, hay un conjunto de fibras, unas rotas, otras retorcidas, pero nunca una sola que van del uno al otro. Pequeña imagen: la especulación económica es posible porque el mundo del dinero no se refiere solo a cosas presentes (mercancías), sino a cosas ausentes también, lo que incluye el pasado y las expectativas. Se puede especular con el valor de las cosas porque éste no brota de ellas como savia, sino que se forja en juego con otras mercancías, pero también con estados ausentes (pasados y futuros, probables o improbables). Se puede jugar, se puede estirar el presente más allá del presente y lo actual. Pero lo real, que no es sino un mero límite (un imposible), actúa reventando las burbujas. No hay un precio real de las cosas, un precio absolutamente objetivo si se quiere, sino un juego de precios posible, que lo real puede soportar, hasta que, un día, estalla, al rebasar un umbral invisible. Así también la palabra puede jugar con la ausencia y la presencia, vivir del crédito, hasta que, tras cierto umbral, un buen día, se vacía. No hay palabras plenas que puedan nombrar “la cosa misma”, pero sí hay palabras que se pueden alejar hasta el punto de no decir ya nada. El cuerpo da también su extraño crédito a la palabra.     

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Muchas personas que reciben la noticia de que van a morir pronto sienten un enorme alivio. Intentan hacer en los pocos días que les restan todo lo que hubieran querido, pero para lo cual no tuvieron valor o tiempo. Es como si la vida fuera demasiado larga como para hacer lo que vale la pena. La sombra de la muerte puede aligerar la vida. Pero ¿por qué? La vida está hecha de carnadas y señuelos, de fantasías que nos permiten funcionar en ella (habría que preguntarse, por cierto, cómo es posible que nosotros, soñantes, podemos saber que soñamos). Sin fantasías, la vida se vuelve mecánica, gris y apática. Toda filosofía de la vida debería tener esto en mente. Valen la pena: la vida digna, la vida justa o la vida alegre; y si defendemos la vida en abstracto, es por lo que ella puede ser: porque ella da crédito. Pero la fantasía y la ficción son también venenosas tras cierto umbral. El alivio que siente el condenado proviene de la liberación de la pesada carga que la fantasía puede imponer a la vida, volviéndola, paradójicamente, mecánica, gris y apática. A quien se le otorgan pocos días de vida, la vida brilla con una intensidad sin precedentes. Pero sólo porque el tiempo está contraído, concentrado. Un diagnóstico que invalide la sentencia de muerte pronto convocará nuevamente la maquinaria cotidiana. Los automatismos de la vida nos ayudan a funcionar: ¿quién podría cargar la totalidad de la vida con sus propias fuerzas? ¿Qué titán podría decidir cada paso dado, cada inhalación, cara respiración, cada parpadeo, cada buenos días? Pero, nuevamente, dichos automatismos corren siempre el riesgo de hacer de la vida su propia parodia. Los pequeños sueños, las obligaciones y la prisa que comporta la cotidianeidad, puede precipitarse hasta la obscena trivialidad, o bien, brillar como el acontecer mismo que hace a la vida, vida. La muerte despierta u obnubila. La muerte despierta de la fantasía, pero la fantasía protege de la muerte. Entonces, ¿se trata de salir de una trampa?, ¿de aceptar la contradicción? ¿De cogerse de la pura vida o de la pura muerte? Diremos esto: la vida no está ni de un lado, ni de otro, ni tampoco es una síntesis armónica, ella es solamente el grafo, en el trazo que cada quien logra respecto a esta movediza frontera entre vida y muerte, excepcionalidad y cotidianeidad.  

Hegel fue el maestro del “double bind” (o doble atadura: se elige un camino, pero también, y al mismo tiempo, sin saberlo, su contrario), quien mostró de forma ejemplar que la nada y el ser, la vida y la muerte, la soberanía y la servidumbre, la obediencia y la transgresión no son opuestos, sino caminos entrelazados, y que más bien transitamos del uno al otro. No hay aquí pureza del ser o de la nada, sino contaminación recíproca. La ley la obedecemos y la transgredimos todo el tiempo, así como la ley supone siempre un punto de excepción (desde donde ella se impone: ¿qué ley regula la invención y aplicación de la ley misma?). Frente a esta situación constitutiva del hombre (estar permanentemente contra la espada y la pared) Hegel “inventa” la dialéctica: pide la muerte y ofrece la resurrección. Hegel es por ello el filósofo cristiano por excelencia. La dialéctica no es una historia de reconciliación y “unión de los opuestos”, como relatan los manuales de filosofía. Es la historia de la muerte de todo lo inmediato y del esfuerzo del recuerdo por darle una segunda vida en la palabra. La vida segunda ha perdido la vida primera, con todos sus colores, pero la retiene y la revive en otro nivel, con la esperanza de repoblar con fantasmas (Geister, recordando que la palabra alemana significa espíritu, tanto los fantasmas, como el del espíritu santo) el desierto del lenguaje. Es así que la dialéctica dice: la vida y la muerte: ambas, pero sobre el campo del lenguaje conceptual. Y sin embargo, ¿no que hay que afirmar la inmediatez silenciosa de la vida y su deseo con igual dignidad que la existencia conceptual? La palabra nos arranca de la vida inmediata y muda. Pero la letra mata. Hace vivir matando y al matar, revive. Entonces esa doble atadura del sobre-vivir, vivir por encima de la vida y debajo de ella, ¿no conoce alternativa?, ¿no ofrece un tercero? Se puede leer el hegelianismo de forma optimista: frente a las disyunciones la vida respondería: quiero tanto lo uno como otro, tanto el sí como el no. Tal es el poder de la contradicción asumida (la totalidad contradictoria). La filosofía de la diferencia (o del acontecimiento), en cambio, toma la otra alternativa lógica y dice: “¡ni uno, ni otro!” Pero entre el sí, el no, el sí y el no; y el ni el sí, ni el no, no queda, en verdad, otra cosa que ese grafo que serpentea entre las posibilidades e imposibilidades ¡una suerte de dialéctica aleatoria y estratégica si algo así es posible!

La muerte es una singularidad. No sabemos nunca cómo reaccionaremos ante ella. De forma más precisa, es una bifurcación, cuyos ramales no pueden anticiparse. A algunos los arroja a la desesperación. A otros los libera. Para vivir hay que estar dispuesto a morir varias veces. Quien vive solamente, vive en la muerte. Pero quien abraza la muerte, en realidad es que no puede morir. No poder morir es también no poder vivir. Así pues, nos preguntamos, ¿hay alguien que pueda transitar por ese borde (¡o esos múltiples bordes!) entre la vida y la muerte, sin quedar atrapado en la vida (no poder morir), ni en la muerte (no poder vivir)? ¿Hay quien posea ese pasaporte? ¿Hay quien sobreviva sin perecer en el intento?  

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