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OPINIÓN

La urgencia de formar ciudadanía

Porfirio Díaz y el positivosmo de hace 111 años. La oportunidad presente.

José Guadalupe Sánchez Aviña

Doctor en Educación, Sistema Universitario Jesuita ademas de ser maestro en Investigación Educativa por la Ibero Puebla realizó su licenciatura en Sociología por la UNAM . Actualmente es Académico de Ibero Puebla

Jueves, Septiembre 27, 2018

En plena “transición” presidencial en nuestro país 2018, ronda por mi cabeza el espíritu manifiesto por Porfirio Díaz hace poco más de 110 años, sí, hace más de un siglo… en entrevista realizada por James Creelman en noviembre de 1907 y publicada en marzo de 1908; uno de los aspectos que sobresale es el total convencimiento de Díaz de haber realizado una buena obra al permanecer tanto tiempo en el poder. En su lógica, los “fundamentos” fueron las ocupaciones de los ricos, la ineptitud de la naciente clase media o bien la ignorancia e ingenuidad del pueblo; por separado o integrado, hacían evidente la necesidad de que alguien asumiera la tarea de conducir, hasta estar socialmente listos para hacerlo de propia cuenta.

 

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Una imagen que se puede asociar al pensamiento positivista reinante (en y no solo en ese momento) y claramente expuesto en la postura de Augusto Comte con sus tres estadios: infancia (conocido como teocéntrico por encontrar explicación del mundo en un ser superior) adolescencia (el identificado como metafísico, en donde aún se continua pretendiendo encontrar explicaciones y comprensión del mundo en entidades fuera de la realidad evidente) y adultez (Estado positivo en donde la razón humana reina y explica sobre la base científica todo acontecer).

 

111 años más tarde, en un contexto diferente, esta situación se presenta de maneras diversas y diferentes, una de ellas es este mismo planteamiento desde diferentes actores; muestra de ello, es la resistencia a la idea de consultar a la población sobre ciertos tópicos. Situación que se manifiesta, tanto en afirmaciones como la expresada por una añeja militante del PRI cuando se refiere a que el gobernar es decidir (sin consideración de la sociedad), hasta las actitudes “convencidas” de algunos individuos que cuestionan que se le pregunte cuando se reconocen como “ignorantes” para expresarse. ¿Será que Díaz se equivocó cuando llegó a pensar que ya podía abandonar el poder por considerar que la sociedad mexicana estaba llegando a un estado de capacidad de decisión? ¿Será que sigamos necesitando a la dictadura que nos libere de nuestro derecho y obligación de decidir? ¿Será que seremos infantes eternos?

 

Más allá del conocimiento o desconocimiento técnico o general que se tenga de una situación consultada, lo que debemos recuperar de esta idea, es la posibilidad de participar en lo que en este país sucede, es decir, en el ejercicio completo de la democracia; no solo elegir a los gobernantes (quienes decidirán por nosotros) sino en participar tanto en las decisiones del rumbo que habremos de seguir como nación, así como el ser vigilantes de que se realice lo que se decida socialmente. Si estamos desinformados, pues habrá que informarse.

 

El Estado lo integramos todos, y para que prevalezca, se requiere de la existencia efectiva del ciudadano; si hoy no es práctica común el ser escuchados o consultados, nunca es tarde para hacerlo parte de nuestra cultura, asumiendo la responsabilidad derivada del derecho a participar. Esto debe ser fraguado en todos los espacios sociales, pero muy especialmente en las instituciones formalizadas para promover la educación de los miembros de la sociedad; valdría la pena revisar lo que se hace en este sentido en nuestros espacios que dicen dedicarse a la educación.

 

Más allá de las reacciones ante las situaciones caóticas que la naturaleza impone, la evidencia, hace pensar en la falta de participación ciudadana en asuntos públicos; no obstante, y aun cuando pudieran decirme que el hartazgo social manifiesto en la última elección presidencial en México, es equivalente al caos natural arriba referido, podríamos estar ante una magnífica oportunidad para cuestionarnos desde las instituciones educativas, y como ciudadanía en general, qué es lo que se hace para formar a esa ciudadanía que hará funcionar a un sistema de estado que efectivamente sea garante de su bienestar y no de un gobierno que simplemente represente intereses del grupo reinante en el momento.

 

[El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Sus comentarios son bienvenidos].

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