Invito al lector a que recuerden las imágenes más violentas que a través de los medios de comunicación y redes sociales haya visto en las últimas semanas. Le recuerdo tres recurrentes; el caso de las personas que fueron linchadas y quemadas en el municipio de Acatlán de Osorio en el Estado de Puebla, posteriormente una pareja atacó salvajemente a un ex trabajador de su micro empresa, esto en Ciudad Satélite. Y la tercera, se da con las fuertes imágenes del ataque brutal entre dos porras de equipos de futbol en Monterrey.
¿Qué tienen en común estas tres imágenes? Por un lado, denotan la irracionalidad en que vive el ser humano, en donde ante la menor alerta, ante la mínima provocación o ante una minúscula agresión, el individuo básicamente reacciona de manera violenta contra su vecino, contra un desconocido y ataca a quien sea con tal de defender su territorio o presa de un miedo irracional.
Esto, por desgracia, nos habla de la parte más deprimente del ser humano, de la más triste, que, a pesar de los años de evolución, crecimiento y desarrollo cultural practicante seguimos viviendo como en cavernas. ¿Qué diferencia hay entre los casos ejemplificados y los neandertales que se peleaban por el alimento hace miles de años?
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Pero curiosamente, a la par existe una semejanza en las tres escenas descritas anteriormente y es que éstas se han difundido a través de las redes sociales, lo cual es posible gracias al avance tecnológico y que es, de igual forma, resultado de la evolución del ser humano que ha permitido tener al alcance capturar tanto lo sublime como lo más violento o degradante, hasta hermosos ejemplos de caridad y solidaridad. Esta grave contradicción, entre el gran avance tecnológico y el persistente instinto violento del ser humano, nos hace reflexionar en la complejidad del mundo en que vivimos, ya que nos permiten estar informados de los acontecimientos suscitados al otro lado del mundo, pero al mismo tiempo son catalizadores y detonantes de sentimientos por los cuales no podemos confiar en nuestro vecino o compatriota y que por un pequeño incidente, éste se puede convertir en el peor enemigo. Lo anterior nos habla de aquello a que los sociólogos denominan “ruptura del tejido social”, llevando a la desintegración a una sociedad y que, como consecuencia produciría su aniquilación; esto es lo grave: la tecnología se vuelve contra el ser humano, para activar lo negativo de nuestra esencia.
Esto pareciera lo más evidente, aunque también hay un elemento subyacente que viene a completar este círculo vicioso que en el fondo es lo que une verdaderamente a todas estas escenas, un “debilitamiento institucional”, es decir, cuando el Estado se ve rebasado a nivel de los tres órdenes de gobierno y el marco jurídico no es suficiente por lo que las instituciones no responden de forma inmediata ante las necesidades urgentes de la sociedad, perdiéndose la credibilidad en todo lo que representan.
Y éste es el verdadero reto que tendrán que enfrentar los gobiernos que asuman el poder en los meses por venir. Desde el presidente municipal de la comunidad más pequeña, hasta la próxima Presidencia de la República, deberán trabajar arduamente para una refundación de las instituciones nacionales, un fortalecimiento que va más allá de lo ideológico o lo partidista, un fortalecimiento convencido que el proyecto de nación que se llama México -y que ha ido aprendiendo de su errores-, el primero de Julio pasó por su prueba democrática más difícil y fue superada con éxito, para venir a convertirse en un cambio sistémico; dicho cambio debe partir de una revisión profunda, sí, de lo ya existente, para no caer en el gatopardismo de la invención sexenal de un país. Por eso, insisto, no habrá avances ni económicos o de tipo tecnológicos que sean suficientes, hasta que los mexicanos revaloremos el concepto universal de paz y la unidad que permita reconstituir el tejido social, basándose para esto, en un Estado fuerte y garante de los derechos humanos. En otras palabras, YA NO más tráileres llenos de cadáveres.