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OPINIÓN

La UNAM y el triángulo de la violencia

Necesario salir de las olas violentas. Las posibles hipótesis de los eventos.

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Septiembre 10, 2018

“Es necesario rechazar el malentendido popular que asegura que »la violencia es propia de la naturaleza humana«. El potencial para la violencia, así como para el amor, son propios de la naturaleza humana; pero las circunstancias condicionan la realización de dicho potencial. La violencia no es como la alimentación o el sexo, comunes en todo el mundo con pequeñas variaciones. Las grandes variantes de la violencia pueden explicarse fácilmente en función de la cultura y estructura: violencia cultural y estructural causan violencia directa, y emplean como instrumentos actores violentos que se rebelan contra las estructuras y esgrimen la cultura para legitimar su uso de la violencia. Obviamente, la paz también debe construirse desde la cultura y la estructura, y no sólo en la »mente humana”.

Johan Galtung. Violencia, guerra y su impacto. Sobre los efectos visibles e invisibles de la violencia, p. 3 (ver aquí el documento). 

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Los acontecimientos ocurridos la semana pasada en la explanada de rectoría de Ciudad universitaria de la UNAM en los que un grupo de porros agredió salvajemente a un grupo de estudiantes del CCH Azcapotzalco que se manifestaban pacíficamente resultan muy preocupantes porque son una de las manifestaciones más visibles de una situación de violencia que según han publicado muchos analistas y es sabido por toda la sociedad, lleva décadas instalada y operando con total impunidad en toda la universidad y en muchas otras instituciones educativas del país.

 

Los llamados “porros” surgieron precisamente de los grupos de animación de la UNAM y el Politécnico en el marco de los equipos representativos de Fútbol americano y fueron poco a poco volviéndose grupos de choque tolerados y aún financiados por diversas autoridades de la institución que los han usado históricamente para mantener a raya a cualquier grupo que intente protestar o manifestar alguna crítica a la forma en que se gestionan las diversas instancias y facultades de la universidad.

 

A este uso institucional se fue también añadiendo un uso político de los grupos porriles que fueron originalmente formados y apoyados por sectores de poder del partido oficial (el PRI) y luego también por otros partidos que buscaban tener influencia en los jóvenes universitarios.

 

De manera que la violencia directa que vimos en las imágenes grabadas por los mismos estudiantes es solamente un efecto, una expresión de una situación que se vive cotidianamente y que no solamente no ha sido atendida y extinguida por las autoridades universitarias y las autoridades civiles sino que ha sido tolerada e incluso incentivada por ellas.

 

Si analizamos este hecho de violencia directa desde la perspectiva del triángulo de Galtung, podemos claramente ver que esta manifestación tiene su origen en una situación de violencia estructural y también en una dimensión de violencia cultural que se ha ido apoderando de la organización y del horizonte de los diversos actores que participan en la vida institucional de la UNAM y de muchas otras instituciones de educación superior pública en el país.

 

Como dice Galtung en la cita que sirve de epígrafe al artículo de hoy: “…violencia cultural y estructural causan violencia directa, y emplean como instrumentos actores violentos que se rebelan contra las estructuras y esgrimen la cultura para legitimar su uso de la violencia…” o bien, añadiría yo, que forman parte ya de las estructuras y esgrimen ciertos valores o significados de la cultura universitaria para legitimar el uso de la violencia.

 

Sobre el tema de la dimensión estructural y cultural de esta violencia he leído dos hipótesis que me parecen igualmente posibles. La primera asevera que detrás de este hecho violento y de las reacciones que han ido escalando hasta pedir la renuncia del rector Graue se encuentran los grupos afines al gobierno electo que buscan poner en la rectoría de la máxima casa de estudios del país a alguien ligado al nuevo presidente. La segunda afirma que por el contrario, se trata de grupos de poder de otros partidos –presumiblemente el PRI- que quieren dejarle como herencia una bomba de tiempo como bienvenida al presidente López Obrador.

 

Creo que el tiempo dirá si alguna de estas hipótesis se verifica, pero lo que me interesa destacar en este espacio es la reacción en cadena que se ha generado para manifestar el repudio total a la violencia en la universidad.

 

En efecto, el lema: “Fuera porros de la UNAM” ha generado el paro de un gran número de escuelas y facultades de la universidad y convocado a una manifestación multitudinaria que ha llamado la atención de todo el país. Este lema ha trascendido ya las fronteras de la UNAM y generado el apoyo de grupos estudiantiles de otras universidades, además de muchos desplegados y declaraciones de apoyo de carácter institucional en muchas instituciones de educación superior del país y en grupos de la sociedad civil organizada que gritan un “Ya basta” a esta situación de violencia en la universidad.

 

Estas manifestaciones generan esperanza en un contexto en el que todo el país, sumido en una ola de violencia generalizada debería unirse y decir: “Ya basta” a la violencia de cualquier tipo, dentro y fuera de las universidades, en las calles y las casas, en los municipios y estados de todo el territorio nacional.

 

Porque como dice Galtung: “Es necesario rechazar el malentendido popular que asegura que »la violencia es propia de la naturaleza humana«. El potencial para la violencia, así como para el amor, son propios de la naturaleza humana; pero las circunstancias condicionan la realización de dicho potencial”. En México resulta cada vez más urgente cambiar las circunstancias que condicionan la violencia y construir nuevas circunstancias que generen la paz.

 

El sistema educativo debe jugar un papel fundamental en esta regeneración estructural y cultural del país que rechace este malentendido. La construcción de nuevos modelos de convivencia escolar que rechacen la violencia y potencien el diálogo y la resolución pacífica de conflictos es fundamental para poder reconstruir el tejido social y pensar en otras estructuras y en una nueva cultura.

Porque siguiendo a Galtung: “Obviamente, la paz también debe construirse desde la cultura y la estructura, y no sólo en la »mente humana”.

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