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OPINIÓN

Estados de ánimo de una época

Conceptualmente estamos ofrecidos a la condición de la multiplicidad y la diferencia

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Viernes, Agosto 31, 2018

Ninguna época puede captarse únicamente en conceptos. Lo que singulariza una condición histórica, pero también personal, es el nudo entre los conceptos y los estados de ánimo (el “pathos”). Conceptualmente estamos ofrecidos a la condición de la multiplicidad y la diferencia. Multiplicación de interpretaciones, de contextos, de visiones y nuestra atención desciende hasta lo mínimo, a cada identidad, a cada singularización de la experiencia. Pero frente a todo esto, ¿cuál es la cruz del ánimo, la rosa de los vientos del timo, el paisaje de nuestro pathos?

La enfermedad mental es siempre un excelente punto de partida para leer los ánimos de una época. De lo que la gente enferma (e incluso ya los signos, síntomas o condiciones) revela la situación no confesa de las sociedades. Deprimidos, procastinadores, bipolares, insomnes con déficit de atención: éste es el ejército con que el que avanzamos en las estepas del presente. La depresión es el espacio que ha dejado el fracaso de un siglo revolucionario. ¿Quién tiene hoy las fuerzas para creer en algo? El modo privilegiado de la intelligentsia es la ironía, el sarcasmo. Una creencia es signo inequívoco de engaño y sobre todo, debilidad. Creemos muchas cosas, claro está, somos mórbidamente crédulos (basta ver el poco criterio que hay ya de cara a los medios de comunicación), pero no creemos en algo, algo en nombre de lo cual la vida sea algo más que mera vida. Lo que se llama “biopolítica” no es sino un efecto más de la transformación que ha hecho del hombre un mero animal. Que la máxima humana sea hoy la salud, que el centro de la reflexión sea el cuerpo, que toda decisión deba medirse por sus efectos en el bienestar (incluso cuando se habla de emociones no se dice otra cosa que equilibrio de neurotransmisores) es ya signo de un empobrecimiento que no podría explicarse sino por una debilidad para creer.

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La procastinación tiene su nombre elegante en el mundo culto: se llama work in progress, o democracia por venir, o juego de la diferencia o incluso apertura. La pesada metafísica clásica convocó a los pensadores del siglo XX a revocarla con el mito de la apertura: no dejar llegar, no poner puntos, que nada concluya porque entonces se agota, se muere, se marchita; que viva el juego, sin causa, ni final. Pero ¡qué fastidio jugar a nada! ¡Qué agonía no poder poner un punto! ¡Qué tortura no poder morir!

La bipolaridad es solamente la impronta que deja en la mente la máquina productiva. On/off, máximo rendimiento y estado de hibernación, lo que le exigimos a una computadora. Que trabaje al máximo, pero que no se queme. Y luego que descanse para poder enfriarse. Las dos drogas que regulan la vida son los estimulantes y los relajantes. Café para todos los días, cocaína para los casos extremos. Y más tarde, un poco de alcohol para relajarse, unas gotas que ayuden a dormir. Estrés, actividad, vigorismo, euforia y luego cansancio, depresión, burn out. Salto sin pasar por gradaciones, interruptor neuronal: encendido/apagado.

¿Por qué no duermes? Porque no puedes parar. Porque algo en la cabeza sigue dando vueltas: una entrega, una decisión, un pendiente, una deuda. La licuadora continúa encendida, el motor quemando gasolina, el agua saliendo del grifo. Para dormir hay que renunciar. Hay que deponer el pensamiento. Una plegaria en inglés para niños reza en su traducción: ahora me acuesto a dormir/ruego al señor que cuide mi alma/si muriera antes de despertar/ruego que tome mi alma. Para nosotros nadie viene a recoger el alma, pero la entrega es la misma: darse a los brazos de una pequeña, a veces breve, muerte.

La impronta más visible del siglo XX es su condición de multiplicidad. Para sus pioneros esta consistió en la afirmación de un juego de máscaras sin fin, una constante diseminación de palabras, una dispersión sin límites de interpretaciones: la intención era clara, hacer reventar todo sitio de reclusión, material y conceptual. Décadas después lo que parecía una decisión mostró su carácter de sino inevitable: dilución de las potencias a través de una diferencia indiferente. La versión más mundana se descubre en la ominosa incapacidad de concentrarse. No sólo el lenguaje se procesa como embutidos: porciones pequeñas, con colorantes y saborizantes, un snack para el camino (como dicen los alemanes, Zwischendurch: lo que se come sobre la marcha, entre momento y momento). La producción artística pertenece ya, en el mercado, al género del entretenimiento que, literalmente, significa, mantenerse de buen humor entre momento y momento (que por lo general significan un despreciable trabajo), pasar el rato. El viernes por la tarde se va al cine para dispersarse un poco, se ve la tele para distraerse, pero el trabajo mismo es ya un modo de estar disperso en tareas mecánicas, burocráticas o inútiles, en medio de la dispersión de una música de fondo (hecha para entretener) y mientras se consulta, con un ojo al gato y otro al garabato, la última actividad en Facebook. El síndrome de déficit de atención (y la hiperactividad) no puede sorprender a nadie: es un cerebro en ciernes excitado despiadadamente y distraído por los estímulos más dispares. No hay ni siquiera tiempo de aburrirse.       

¡Pero cómo! ¿Y las histéricas impugnadoras de la autoridad? ¿Y los psicóticos revolucionarios? ¿Y los esquizofrénicos anarquistas? Hölderlin, Nietzsche, ¿no fungieron de profetas? ¿No descubrió Freud la verdad del sujeto en la figura del enfermo mental? ¿No había que hacer que los locos hablaran, fuera de los psiquiátricos, para que la civilización ajustara cuentas con la razón? ¿No era la locura el emblema del heroísmo, santo y seña de la valentía de quien se aventura a vivir sin certezas? Este tiempo ha finalizado. La locura está hoy en bancarrota. Dice y muestra, sin duda, habla, pero no promete. Alguna vez lo hizo. El loco fue el visionario, el único en haber comido del pan de los misterios eleusinos y en haber comulgado en la eucaristía de Dionisos. Loco: mirada desde la exterioridad, punto excéntrico para marcar los obtusos límites de la razón. Hubo locos, grandes locos, locos geniales. Aun, los hay y los habrá, pero ya no conforman el personaje con rostro de redentor. El loco-genio ha entrado en su crepúsculo. La locura hoy es de color pálido. Dos personajes opuestos, el ortodoxo y el heterodoxo, Chesterton y Bukowski acaban por coincidir en ello.

El primero diagnostica en su libro Ortodoxia:

Si discutes con un loco [madman], es extremadamente probable que obtengas lo peor; puesto que en muchos sentidos su mente se mueve más rápido por no detenerse en las cosas que van con el buen juicio. No es obstruido por un sentido del humor o por la claridad, o por las tontas certezas de la experiencia. Es lo más lógico por perder ciertas afecciones saludables. En efecto, el nombre común de locura [insanity] es en este sentido equívoco [misleading]. El loco [madman] es el hombre que ha perdido todo excepto su razón.

El loco ya no roza los linderos de lo sagrado, ni logra entrever en su alucinación los rasgos de la aurora por venir. Es preso de su inteligencia monotónica. Es racional hasta la terquedad. Lacan recordaba el viejo poema de Chuang Tzu: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu” y advertía: el cuerdo duda. Se despega de su personaje, yerra, lucha. El loco está pegado a su mente como a su piel, a su mente simplificada, reducida a un único espacio. El loco visionario, si hay alguno, es aquel que se encuentra aún en tránsito a la sinrazón y que puede, pese a todo, ir y regresar. Es Orfeo engañando, por un tiempo, al Hades. Pero vivir la locura propia desde un islote de cordura, cruzando el Letheo con la memoria intacta es un privilegio de pocos y que dura muy poco.

Bukoswki no es menos amargo en cuanto a las fuentes de la locura:

Una mujer, una/llanta ponchada, una/enfermedad, un/deseo: miedos frente a ti,/miedos que se aferran tan fuerte/que los puedes estudiar/como piezas en un/tablero de ajedrez.../no son las grandes cosas las que/envían a un hombre al/manicomio [madhouse]. muerte está listo para ti, o/asesinato, incesto, robo, incendio, inundación.../no, es la serie continua de/pequeñas tragedias/las que envían a un hombre al/manicomio [...]/no la muerte de su amada/sino una agujeta [shoelace] que se rompe/sin tiempo restante…/El temor de la vida

es ese cúmulo de trivialidades/que puede matar más rápido que el cáncer/y que siempre están aquí/[…] con cada agujeta rota/una de cada cien agujetas rotas,/un hombre, una mujer, una/cosa/entra a un/manicomio./Así que ten cuidado/cuando/te inclines.

Hoy somos más racionales que nunca. Pésele a quien le pese. El egoísmo es un ejemplo impecable de ello. Pero no se confunda racionalidad con justicia. La racionalidad justa requiere un sistema de ecuaciones, el egoísmo sólo una. Es dolorosamente simple. Y también dolorosamente terco. Tan terco, que hace enfermar, pero, como hemos dicho, no para llevarnos a la mesa de Shiva o de Dionisos, sino al pequeño manicomio de la vida diaria, oscilando entre los días y las horas, hasta que un buen día, revienta la agujeta.

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