Impactado aún por las “apariciones” del día de ayer 20 de agosto, intento reponerme para vencer los fantasmas que me amagan con el desaliento y de ahí a la inmovilidad; después de casi veinte años de compartir espacios de diferente índole con profesores de todos los niveles y subsistemas educativos, en buena parte de este mi País, no puedo sino sacar fuerza de ellos y continuar manifestando mi sentir y pensar.
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Este día no me referiré exclusivamente al profesorado como una profesión, sino como una pasión encarnada en personas, que lejos de ser ángeles o demonios, son simplemente personas de carne y hueso, con las responsabilidades y compromisos que eso conlleva.
Puntualizo, una vez más, ni con los que aplauden ni con los que chiflan a la ligera. Reitero mi profundo rechazo a quienes ven en el profesor, por lo menos de discurso, como aquellos que han de ser los conductores únicos de la sociedad, dadores de luz, dadores de consciencia, creadores de individuos a su imagen y semejanza, mártires del sistema, casi inválidos a quienes hay que defender y representar, indicándoles el camino a seguir; pero también mi rechazo para quienes en automático los ubican como los enemigos púbicos número uno, los causantes de toda desgracia presente y futura de un País ya bastante maltrecho.
El reconocimiento del contexto y la reflexión, son elementos fundamentales que debemos reconocer y ejercitar antes de cualquier afirmación a la ligera; no podemos olvidar que nos encontramos en un sistema político con la gran capacidad de realizar cambios para que nada cambie.
La historia nos muestra los orígenes del sindicalismo en el magisterio, revisémosla para no caer en un tomar partido, así nomás; considero que los tiempos actuales muestran un impulso sindical muy distinto al que le dio origen, hoy los intereses de grupo marcan distancias grotescas entre ellos, dentro y fuera de las organizaciones. Conociendo situaciones nada agradables que algunos de los profesores viven para ingresar y mantenerse en el servicio, me cuesta trabajo aceptar que deben estar supeditados a dirigencias (toda una gama) que los toma como su botín político.
Si fuera posible reencontrarme con cada uno de los profesores con los que he tenido la oportunidad de intercambiar puntos de vista a lo largo de mi vida profesional y no profesional, les reiteraría mi reclamo-súplica, de asumir su responsabilidad que como seres humanos tenemos de ser libres; desde luego, aludiendo a su derecho a tomar decisiones y actuar en consecuencia.
Las personas que se desempeñan como profesores, además de la alta responsabilidad que tienen para con aquellos con quienes conviven en el aula, tienen una responsabilidad igual de grave para con ellos mismos, se deben a su propio bienestar, entendiendo que ni la escuela ni el profesor son condiciones imprescindibles para que el mundo continúe girando. Su dignidad es como la de cualquier ser humano, debe ser ejercida de manera permanente; ello requiere reconocerse en un mundo complejo en donde la mayor parte de las cosas, no son como se presentan, sino que siempre vienen aparejadas de asegunes que en ocasiones no reconocemos y que por tanto exigen una postura atenta y crítica que haga posible la toma de decisiones y derive en actuación consciente. Deben sacudirse estigmas que los proclaman como ángeles o demonios y en ocasiones como ángeles y demonios al mismo tiempo.
[El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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