Aunque los discursos hablan año tras año de los grandes logros y desafíos de nuestro sistema educativo y de la enorme “voluntad política” del gobierno en turno para llevar a la educación a los más altos niveles de calidad, buscando que la niñez se forme para construir un futuro luminoso para nuestro país, en el fondo cada retorno a la escuela parece para la sociedad y para muchos de los actores educativos un simple regreso a la rutina y en muchos sentidos lo es.
Año tras año los alumnos y profesores retoman un horario cotidiano, regresan al mismo espacio escolar que tiene muy pocas modificaciones, a enseñar y aprender asignaturas cuyo plan de estudios es también relativamente estable –aunque este ciclo escolar inicie la aplicación del nuevo modelo educativo, que debería implicar cambios profundos-, a participar en ceremonias, concursos, actividades, juntas y cursos que también de alguna manera se van repitiendo sin muchas novedades. En fin, que ciertamente el inicio de un nuevo año escolar es un regreso a la rutina, a esa rutina que como enemigo silencioso puede ir alienando lentamente a los educadores hasta llevarlos a vivir en carne propia lo que dramáticamente expresa el poeta:
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“Soy profesor en un liceo obscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
Que envejecieron sin arte ni parte…
…En materia de ojos, a tres metros
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases…
...Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales”.
Nicanor Parra. Autorretrato.
(http://www.letras.s5.com/nicanor0017.htm )
Un buen consejo para todos los que nos dedicamos a la educación sería imprimir este poema completo y tenerlo a la vista cada mañana antes de salir a trabajar, como un antídoto o amuleto contra este amargo destino, como un elemento de reflexión y autocrítica para tratar de transformarnos día a día y no dejar que esta rutina nos envuelva y nos haga despertar un día mirándonos en este espejo triste.
Porque esta vuelta a la rutina, si se mira con los ojos de profesionales de la esperanza como llamaba Xabier Gorostiaga S.J. a los educadores, puede ser una emocionante y retadora aventura, un regreso renovado que renueve las acciones cotidianas, una experiencia renovadora, transformada y transformadora que haga crecer a nuestros estudiantes y nos haga seguir realizándonos en lo profesional y lo personal.
En una conferencia impartida hace unos años en Guadalajara, el Dr. Bernardo Toro, gran pedagogo colombiano preguntaba al auditorio compuesto por medio millar de educadores: “¿Cuántos millones de niños y adolescentes están en este momento en las aulas en todo el país?” y planteaba una utopía que implica un desafío cotidiano que nos puede ayudar a transformar la rutina: “Si todos estos niños y adolescentes estuvieran en este momento aprendiendo lo que tienen que aprender, en la forma en que lo tienen que aprender y aprendiéndolo de verdad y con felicidad, este país se transformaría”.
Si todos los educadores volvieran a la rutina de un nuevo año escolar con los ojos, la mente y el corazón bien abiertos para mirar el milagroso potencial de desarrollo y transformación que es cada alumno, el signo concreto de esperanza que es cada estudiante, la semilla cargada de futuro que es cada persona que tienen enfrente, vivirían de pronto la experiencia de comprender estas palabras de Bernardo Toro y se comprometerían sin duda a trabajar para que todos esos niños o adolescentes aprendieran todo lo que tienen que aprender –preparando a fondo el programa de estudios, actualizando sus conocimientos de las asignaturas-, de la forma en que lo tienen que aprender –trabajando en los métodos, técnicas, materiales y herramientas más adecuadas para facilitar el aprendizaje, actualizándose pedagógicamente- y lo aprendieran de verdad y con felicidad –preparando sus clases con la suficiente visión crítica y con la alegría y entusiasmo que genera el placer del conocimiento y su comunicación a otros- para contribuir de manera efectiva a la transformación de este país en crisis.
Esta apertura intelectual y existencial de los docentes para volver a la rutina con la pasión de quien enfrenta algo distinto y la curiosidad de quien espera lo inesperado sin duda contagiaría a los alumnos de este deseo de aprender y de formarse que muchas veces vemos que han perdido en “el sonsonete de las quinientas horas semanales”.
Tenemos en nuestro país muchos ejemplos de docentes que cultivan su vocación y viven intensamente cada regreso a clases, con el nerviosismo y el entusiasmo de quien espera grandes cosas de la interacción con sus educandos. La mayoría de ellos no tienen la difusión ni la fama que su trabajo merece, seguramente vuelven cada año escolar a la misma rutina de clases, con las mismas condiciones laborales insuficientes, con los mismos recursos e infraestructura limitada y con el mismo sistema educativo que plantea en ocasiones más obstáculos que apoyos para una buena educación y sin embargo son capaces de convertir cada regreso a clases en el inicio de una aventura y de vivir cada día en las aulas como algo único e irrepetible. Sin negar la urgente necesidad de transformación del sistema educativo en su parte organizacional, normativa, de gestión y políticas públicas, es necesario reconocer, documentar y difundir el trabajo de este tipo de docentes.
Su testimonio y vocación pueden sin duda ser la mejor invitación para que todos los que nos dedicamos a educar, dejando de lado los pretextos, vivamos cada agosto la apasionante novedad de volver a la rutina.
[Este artículo es una versión modificada del original publicado en Lado B en 2012 y 2013. Sirva para dar la bienvenida a los educadores que reinician sus labores el día de hoy].