El pensamiento político, y la postura que se deriva en consecuencia, existe fuera y a pesar, de los partidos políticos; la superficial interpretación que reduce toda manifestación de inconformidad por lo que viene sucediendo en nuestro estado y que encontró escaparate en la jornada del pasado 1 de julio, a una mecánica inclinación por alguno de los partidos políticos, es verdaderamente indignante y sumamente preocupante.
Más artículos del autor
Es bien sabido mi cuestionamiento a la “representatividad” de los partidos políticos; no es posible seguir creyendo que representan a la sociedad y que están a su servicio, es más que evidente que los intereses de grupo que los identifican, les aporta el aglutinante para perseguir en límites enfermizos el poder, ese poder que a su entender les perpetua el goce de la desgracia generalizada.
Desde los saltos entre partidos políticos y el ejercicio insultante del nepotismo hasta la promoción y práctica de la violencia, nos arrojan a la cara, que lo que se vive en Puebla, que nada tienen que ver con la pretendida civilidad de una sociedad educada, dígase desarrollada.
Hasta podía concederse razón a la defensa a ultranza que hacen los miembros de los grupos en el poder, por mantenerlo, sin embargo, lo que es inadmisible es que este impulso enfermo los lleve al uso de la violencia en contra de la población. Una cosa es la ofensiva forma en la que se conducen y otra muy distinta es atentar contra la tranquilidad y la seguridad de la población.
Los efectos entre la población son evidentes, desde el encono que divide, promovido por las diferentes posturas “políticas” hasta el miedo creciente que confina a nuestros hogares e inhibe la participación solidaria con sentido comunitario, ambas muy convenientes para el ejercicio del poder autoritario. ¿Son auténticas las defensas y ataques que realizan los seguidores de las diferentes fuerzas políticas? En verdad esperaría que sí, que sus posturas fueran auténticas como fruto de un proceso informado de discernimiento y deliberación, si no fuera así… pues estamos en un muy serio problema. Sin ciudadanos no existe Estado.
Como me he declarado un esperanzado rabioso, lo que podría señalar ante un panorama tan complicado como el delineado, es que éste es un momento propicio para promover la formación política ciudadana; independientemente de la acción que pudieran tomar diferentes actores sociales, las Universidades tendremos mucho que decir y hacer. El reto nos compromete y exige actuar en consecuencia, de no movernos, estaremos incumpliendo esa función social que nos responsabiliza.
[El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Sus comentarios son bienvenidos]