Este es un triunfo histórico. Pero, como sucede siempre en la historia, lo decisivo comienza el día después del triunfo. Es fácil gobernar mal. Es difícil oponerse al mal gobierno. Pero más difícil es llegar a ser un buen gobierno.
A veces sucede lo inaudito. Por más que las encuestas hubieran dado a AMLO el triunfo durante meses, en la conciencia mexicana se arraigó la clara convicción de lo que era posible y lo que era imposible en la arena política. En ésta, la izquierda siempre perdía. Debía perder. Era su destino manifiesto. La guerra sucia, el fraude y la coacción fueron parte del escenario en el cual toda persona de izquierda tuvo que actuar y pensar. Con razón y sin razón se cuestionará el izquierdismo de Obrador: si basta o no basta, si es radical o superficial. Pero la guerra llevada contra él y su movimiento durante décadas puede darnos la medida de la potencia que su proyecto tuvo siempre. Pero aclaremos algo: el peor enemigo del actuar concreto es el idealista, porque lo pide todo, condiciones ideales, actores ideales. Es idealista el que demanda que los políticos deban ser santos, el que espera las condiciones perfectas de actuación para no tener que mancharse.
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Se le ha acusado a López Obrador de juntarse con personajes cuestionables. No debemos tratar de limpiarlo de esas acusaciones. López Obrador es pragmático y esa es una virtud para la izquierda. Porque la izquierda que se dice radical quiere más bien actuar desde la inmaculada pureza de su corazón. La política no es sitio para santos. Y López Obrador no camina sobre las aguas. Esta conciencia es la protección que tenemos contra la exaltación del líder. Este argumento es paradójico, claro está: López Obrador tiene la virtud de ser pragmático, lo que le permitirá llevar reformas adelante (aquí no cabe la abstracta oposición entre reforma y revolución: a veces las revoluciones más promisorias acarrean retrocesos sociales inauditos; a veces quererlo todo es la forma para no hacer nada concreto; a veces, una pequeña reforma clave puede producir una revolución). Pero, por otro lado, el pragmatismo obradorista se mueve siempre en el borde peligroso donde en nombre del efecto se pueden sacrificar los principios. López Obrador es un político, hay que saberlo y hay que aplaudirlo: el gobierno no es una pastorela.
¿Pero quién decidirá esa línea entre el pragmatismo y el cinismo? La sociedad. Muchos votaron por López Obrador con dudas. La duda debe persistir. No la duda estúpida, desconfiada y llena de resentimiento. La duda razonable y metódica debe prevalecer. Es el primer prerrequisito para su gobierno. En las redes sociales ha aparecido un “optimismo dudante”, es decir, una alegría política que no se ciega por su triunfo. Han aparecido los llamados, desde la simpatía por López Obrador, a la vigilancia, a la exigencia, a la observación. Este es un triunfo social y no de Obrador: un optimismo vigilante, un recomienzo lúcido. Esta lucidez puede confundirse con una falta de entrega, pero es todo lo contrario: es el llamado a una organización social duradera que deberá funcionar de manera estratégica frente al gobierno. Ni la torpe y automática condena de toda acción de gobierno por ser de gobierno, ni la peligrosa candidez del creyente que da carta en blanco.
¿Pero no es momento de festejar este triunfo histórico? ¿No se pone fin a una era? ¿No debe cantarse y pregonarse un tiempo nuevo que ya adviene? Sí y no. Si tomamos el escenario mundial del siglo XX diremos: no es la primera vez que ganamos, ni la primera que perdemos. Hablo en conjunto. Ha gobernado la derecha y ha gobernado la izquierda, han gobernado los idealistas y los pragmáticos, los liberales, los neoliberales, los nacionalistas y los globalifílicos. Todos han pasado ya por el poder. Es de aquí que surge cierto estado de ánimo pesimista, con talante rebosante de sospecha. Pues bien: es ahí donde hay que permanecer. En la esperanza sin esperanza, es decir, esperando sin esperar, festejando sin infantilismo. Se trata de un triunfo: triunfo inaudito. Una gran transformación puede haber ya comenzado. Pero permaneceremos sobrios. No lo podemos evitar. El escepticismo ha calado demasiado hondo, la derrota social no ha vivido tregua en décadas.
Este es un triunfo histórico. Pero, como sucede siempre en la historia, lo decisivo comienza el día después del triunfo. Es fácil gobernar mal. Es difícil combatir un mal gobierno. Pero más difícil es llegar a ser un buen gobierno. ¿Qué es un buen gobierno? No hay fórmula que conteste esta pregunta, pero no carecemos de algunos pensamientos que nos ayuden a orientarnos en la práctica. Lo primero es no perder de vista la siguiente distinción: el gobierno no es lo mismo que el Estado, y gobierno y Estado no agotan la política. Habrá gobierno y habrá estructuras Estatales y habrá mercado (grande, pequeño y mediano) y habrá sociedad civil organizada (ONG de derecha y de izquierda, grupos encargados de hacer Lobby y movimientos sociales). Esta “y” debe considerarse siempre en la política: no hay nunca un único terreno de juego que pueda capturarse y desde el cual pueda decidirse el curso de un país. La “y” es un índice de lo político: multitud de actores, pero también multitud de escenarios. El poder no se puede tomar. Se capturan posiciones estratégicas, se ganan aliados, se avanzan leyes. Pero el campo está abierto. No hay política originaria y política derivada, política revolucionaria y política reformista, política “verdadera” y política “superficial”. La política es este campo de campos donde conviven formalidad e informalidad, el congreso y los movimientos sociales, el presidente y los poderes fácticos. El ciudadano es a veces gobierno, a veces Estado (como burocracia, por ejemplo), a veces mercado, a veces movimiento social. Esto debe servir para disipar la moda superficial de la “política ciudadana”, supuestamente en contra de los partidos y los políticos “profesionales”. Los candidatos independientes no son a priori mejores que los políticos profesionales: ver a Margarita Zavala y al Bronco.
No hay que engañarse. Esta es la máxima que nos queda para el siglo en materia de política (pero también de ciencia o incluso de relaciones amorosas). Es un imperativo. Porque somos fundamentalmente proclives a lo contrario. Para Aristóteles, a quien tanto se invoca para reflexionar sobre la política, el hombre quiere saber por naturaleza. Es su tendencia. Para nosotros, hijos bastardos del psicoanálisis y la desilusión mundial vale lo opuesto. De lo importante, no queremos saber realmente nada. Saltamos de una ilusión a otra, o sea, de una desilusión a otra. El cansancio escéptico cernido sobre la política (o el nihilismo, como dirían otros con tenor más teatral) proviene de la constante exposición a la decepción. “Sabemos” que nada nos puede colmar. Somos la insaciable insatisfacción encarnada. Aun así, salimos a votar. Aun así, un candidato gana con el 50% de los votos. ¿Se trata de un engaño? En absoluto. Lo que vemos es una voluntad en conflicto: entre la “certeza” del siglo XX (toda empresa está condenada a fracasar) que se ha convertido en nuestro “saber” (y del cual derivamos una amarga pero inteligente distancia respecto a todo lo que deseamos) y la necia convicción sin nombre de que “esto” no puede serlo todo, de que algo debe parar (como cuando oímos a los Zapatistas decir ¡ya basta!), de que las potencias activas y creativas de la gente son capaces de otro modo de producir la vida común. No queremos engañarnos. O quisiéramos querer no engañarnos. Porque otro fracaso vendría a resonar en el abismo de una larga cadena de antecesores, en un foso sin fondo que no nos devolvería ni siquiera el eco infantil de un ¡te lo dije! No podemos dejar que suceda. Incluso si el gobierno de López Obrador se queda lejos de las promesas debe ponerse el énfasis en lo que ya se ha dicho y en lo que ya se ha desatado.
Como ha resaltado Sabina Morales Rosas en diversas intervenciones, neoliberalismo se deja leer en tres frentes: la economía (libre mercado, rescates bancarios, disminución de las funciones sociales del Estado), la política (democracia representativa) y la burocracia (nueva administración pública, gobernanza). Las tres reformas anunciaban la retirada parcial del Estado que, supuestamente, buscaba el control social (totalitarismo: o control de la sociedad por el control de la economía, presidencialismo o concentración del poder en órganos políticos privilegiados), era ineficiente (estorbando el libre flujo de precios, creando burocracias lentas, complicadas y clientelares) y estaba carcomido por la corrupción (sindicatos funcionando bajo lógica corporativa, abuso de poder, producción de y colaboración entre élites políticas y económicas). Pero quedó claro que el libre mercado no es libre y que, al generar monopolios, concentra el poder económico, que se traduce en poder político, que se traduce en nuevas y retorcidas formas de poder absoluto. Quedó también al descubierto que la iniciativa privada no es más eficiente que el Estado: los mecanismos de evaluación y certificación devoran el tiempo efectivo de producción y han promovido una peste evaluativa inútil. Finalmente, ante los episodios de las grandes burbujas económicas o en general la especulación de las empresas con capital de ciudadanos (fondos de pensiones) y la evasión de impuestos de las grandes transnacionales, se ha desmentido la certeza de rectitud de la empresa en comparación con el Estado. Para la izquierda moderna resulta obvio que sólo el juego entre economía, política y administración, por un lado, y entre Estado, mercado y sociedad civil organizada, puede constituir un verdadero sistema de contrapesos. Hoy, por primera vez puede decirse esto, sin ser acusado de antediluviano. Lo ha desencadenado Obrador, sin ser obra suya, sino de la sociedad. Es ella la que da y quita, aunque no lo sepa. Es la sociedad la que se ha querido dar un López Obrador y debe hacerlo en la medida que lo requiera. Es decir, ha votado mayoritariamente por López Obrador porque dijo alto al engaño institucionalizado de un mal gobierno. Pero no cometerá el error de cambiar una creencia por otra, porque de lo que se trata aquí es de cambiar la estructura misma de la creencia en la política. No se trata de si se le cree o no a un político, sino más bien de preguntarse ¿qué significa creer en la política? Y ¿qué creemos cuando hacemos política? Hay que aprender a vivir en la distancia. Esta es la dura condición de nuestros tiempos.
La revolución y la transgresión son siempre poéticas. Y la poesía es un gesto adolescente por excelencia. Lo dice extraordinariamente Roberto Bolaño, sin malicia. La adolescencia es el camino intermedio entre la infancia y la adultez. Es el mediodía de la acción. Los románticos se acuerdan de la edad de oro, cuando éramos niños, cuando todo era nuevo bajo el sol. Los racionalistas son los adultos de la casa del pensamiento, los que advierten: ya no podemos seguir jugando, es tiempo de poner las cosas en su sitio. El adolescente, en cambio, posee la frescura del niño con la fuerza del adulto, sin a la anodina conciencia del deber de este último. Marx osciló entre el adolescente revolucionario y el adulto, entre el Manifiesto de Partido Comunista y El Capital, entre la urgencia porque una praxis radical irrumpiera en el mundo distorsionado del pensamiento burgués y la pesada conciencia de los condicionamientos conceptuales que incluso la praxis más simple implica. Hoy la revolución es una fantasía. Lo digo en sentido técnico: un fantasma, pero también una bella imagen. No, la revolución no la sueñan los adolescentes de hoy, sino pedazos de adolescencia que habitan aquí y allá en la sociedad. Este trozo adolescente pelea contra el trozo viejo y derrotado, pero mesurado, que comanda nuestro pesimismo. Por eso leemos a Nietzsche con Chesterton tan bien, como si secretamente se entendieran en nosotros.
Siguiendo con toda maña los dichos de Bolaño, recordamos a Rimbaud, el poeta adolescente por excelencia: un genio que llega demasiado temprano a su verdad y que se consume en el fuego de lo que su palabra convoca: “En mi espíritu vino a evaporarse toda la esperanza humana” (Una temporada en el infierno). Brecht fue poeta. Y dejó de serlo. En realidad, siempre hubo un Brecht viejo, más interesado en despertar a su público del sueño ideológico, que a intoxicarlo con alguna lírica o que a prometerle la revolución espiritual por medio del arte. Brecht vacunó su poesía con un espíritu prosaico. ¿Podemos ser más prosaicos que la política, que no deja de vendernos ídolos y espejitos? ¿Podemos vivir en ella, con ella, distanciados de ella? Brecht hizo un teatro-despertador. La vida cotidiana está cegada por condicionamientos de clase (pero no sólo), por ello estamos “enajenados” (entfremdet). Estar enajenado significa estar separado. ¿Pero separado de qué? De las causas concretas que gobiernan la vida, buscando como resultado donde ellas no están. Pero despertar no significa ver la obra de teatro correcta. Todas las obras son igual de incorrectas. Hay que saber que estamos en una obra. Para ello hay que darse cuenta, en la obra, de que estamos en una obra. Este despertar exige una separación (Verfremdung) de la enajenación (Entfremdung). No se puede vivir sin gobierno. Éste supone siempre un teatro del poder. Conclusión: no podemos salir del teatro hacia la existencia pura, anárquica. La claridad de estar actuando, sin embargo, proviene de la distancia. Esta distancia es discernimiento.
Me-Ti (Personaje de: El libro de las mutaciones, de Bertolt Brecht) dijo: “Pueden ser dañinos quienes se lamentan de determinados males sin mencionar sus causas, que podrían suprimirse” y también: “No siempre es fácil reconocer la vejación”. Son dañinos los que hablan de los problemas: pobreza, desempleo, desigualdad económica, sin ponerlos en conexión con otras palabras, que llamamos sus causas: explotación, propiedad privada. Pero también son muy dañinos los que no hacen conexiones todavía más amplias. Hoy la conexión central que se ha puesto de manifiesto es aquella entre mercado y Estado. La “cuarta transformación” debería separar a uno del otro en el mismo “espíritu” que la iglesia se separa del Estado. La primera separación, que en México tiene lugar en la Reforma, es el primer paso hacia la sociedad laica. La segunda, si tiene lugar, irá también contra la sacralidad del mercado. Pero hay que escuchar a Me-Ti. Esta conexión no puede ser la única. Difícil es reconocer la vejación: que a veces se dirige contra un pobre, otras contra un extranjero, otras contra alguien transgénero. La vejación siempre es posible donde hay poder. ¿Y qué esfera humana está libre de él? El campo de la vejación no tiene límites a priori. Carlos Pereyra hizo un llamado a liberar la izquierda de su fijación obrera. El obrero debe entrar en la composición de un campo de poder mucho más complejo que la mera lucha de clases lo permitía. Habremos de discernir, en la lucha contra todas las clases de vejaciones, qué corresponde al Estado, qué a la sociedad civil, qué a la votación de una consulta, qué al legislador, qué al juez. Pero eso no será tarea de AMLO, sino de los ciudadanos. Así que habrá que hacerse estas preguntas: ¿cómo se organizará la sociedad para hacer posibles las promesas de AMLO y exigirle su parte? ¿Cómo ejercerá presión para corregir malos rumbos? ¿Qué estructuras organizativas de largo plazo construirá para ejercer la política durante y después de AMLO? ¿Qué lecciones ha dejado el legado PRI-PAN? Todo esto se resume en esta duda: ¿se puede aprender algo en política?